lunes, 24 de diciembre de 2007

Navidad


Además de desearles a todos una muy feliz Navidad, les presento a continuación un texto con la etimología de la palabra Navidad del sitio web elcastellano.org, que se puede ver aquí.


Cuando compramos los regalos de Navidad, decoramos el árbol o nos reunimos con la familia alrededor de la cena navideña, raramente nos detenemos a pensar cómo se fueron formando esas tradiciones milenarias, algunas de ellas mucho más antiguas que el propio cristianismo.


La conmemoración del nacimiento de Jesús, la fiesta más universal de Occidente, se celebró por primera vez el 25 de diciembre de 336 en Roma, pero hasta el siglo v, la Iglesia de Oriente siguió conmemorando el nacimiento y el bautismo del ‘niño Dios’ de los cristianos el 6 de enero. El nombre de la fiesta Navidad, proviene del latín nativitas, nativitatis (nacimiento, generación).


En siglos posteriores, las diócesis orientales fueron adoptando el 25 de diciembre, y dejando el 6 de enero para recordar el bautismo de Cristo, con excepción de la Iglesia armenia, que hasta hoy conmemora la Navidad en esa fecha de enero.


No se conoce con certeza la razón por la cual se eligió el 25 de diciembre para celebrar la fiesta navideña, pero los estudiosos consideran probable que los cristianos de aquella época se hubieran propuesto reemplazar con la Navidad la fiesta pagana conocida como natalis solis invicti (festival del nacimiento del sol invicto), que correspondía al solsticio de invierno en el hemisferio norte, a partir del cual empieza a aumentar la duración de los días y el sol sube cada día más alto por encima del horizonte.


Una vez que la Iglesia oriental instituyó el 25 de diciembre para la Navidad, el bautismo de Jesús empezó a festejarse en Oriente el 6 de enero, pero en Roma esa fecha fue escogida para celebrar la llegada a Belén de los Reyes Magos, con sus regalos de oro, incienso y mirra.
A lo largo de los siglos, las costumbres tradicionales vinculadas a la Navidad se desarrollaron a partir de múltiples fuentes. En esas tradiciones, tuvo considerable influencia el hecho de que la celebración coincidiera con las fechas de antiquísimos ritos paganos de origen agrícola, que tenían lugar al comienzo del invierno.


Así, la Navidad acogió elementos de la tradición latina de la Saturnalia, una fiesta de regocijo e intercambio de regalos, que los romanos celebraban el 17 de diciembre en homenaje a Saturno.
Y no hay que olvidar que el 25 de diciembre era también la fiesta del dios persa de la luz, Mitra, respetado por Diocleciano, y que había inspirado a griegos y romanos a adorar a Febo y a Apolo.
En el Año Nuevo, los romanos decoraban sus casas con luces y hojas de vegetales y daban regalos a los niños y a los pobres, en un clima que hoy llamaríamos ‘navideño’ y, a pesar de que el año romano comenzaba en marzo, estas costumbres también fueron incorporadas a la festividad cristiana.


Por otra parte, con la llegada de los invasores teutónicos a la Galia, a Inglaterra y a Europa Central, ritos germánicos se mezclaron con las costumbres celtas y fueron adoptados en parte por los cristianos, con lo que la Navidad se tornó desde muy temprano una fiesta de comida y bebida abundante, con fuegos, luces y árboles decorados.


La Navidad que celebramos hoy es, pues, el producto de un milenario crisol en el que antiguas tradiciones griegas y romanas se conjugaron con rituales célticos, germánicos y con liturgias ignotas de misteriosas religiones orientales.


viernes, 21 de diciembre de 2007

Relaciones comerciales entre Buenos Aires y España en el siglo XVIII


En el transcurso del siglo XVIII se produjeron en el Río de la Plata transformaciones políticas y económicas que condicionaron el desarrollo de lo que posteriormente sería el territorio argentino. Entre estas transformaciones una de las de mayor relevancia está relacionada con el aspecto económico que, según C. Assadourian y otros constituye el factor que determinó “el predominio definitivo de la zona del Litoral por sobre el resto del país”.

El crecimiento del mercado externo para los productos coloniales, enmarcado en un alza generalizada de precios en Europa y las fuertes actividades capitalistas, movió a ingleses y franceses a buscar, ejerciendo cada vez mayor presión, los productos coloniales necesarios para sus manufacturas, amén de nuevos mercados para sus producciones.

El crecimiento de la población europea, junto con el gran desarrollo del comercio colonial y la reactivación del flujo de metales preciosos hacia Europa fueron los causantes del aumento general de precios antes mencionado.

La gran acumulación de capitales, impulsada principalmente por el comercio colonial, el perfeccionamiento de las instituciones comerciales y financieras, y el avance de los métodos y técnicas de producción que culminarían en las innovaciones técnicas de la Revolución Industrial, caracterizaron los años de mediados del siglo en Europa y condicionaron el tipo de evolución económica de América. Bajo estas nuevas condiciones económicas, las colonias verán romperse el equilibrio interregional alcanzado y sostenido tanto tiempo con sus sistemas económicos arcáicos. El desarrollo de zonas de monocultivos produjo asimismo la debilitación de los lazos interregionales, en tanto se acentúa la relación con los mercados europeos, a los que sirven de fuente de materias primas o alimentos, y de mercado para sus producciones.

La caña de azúcar, el caco, el añil, el tabaco, los cueros, el café -además por supuesto de los metales preciosos- siguen creciendo, desalojando viejas producciones, ganando nuevas tierras de cultivo y, en definitiva, absorbiendo la vida económica de las colonias.

En el desarrollo de esta nueva relación con Europa, el Río de la Plata atravesará la llamada “época del cuero”, por la casi absoluta preeminencia de esa producción en su economía, especialmente en la zona del litoral, que comienza a imponerse sobre el interior gracias a este proceso.

Los intereses de las casas comerciales europeas y el afán de lucro de los colonos, que veían en su producción la única posibilidad de subsistencia, y que estaba dada justamente por su riqueza natural, el ganado; eran polos en permanente atracción mutua, pero imposibilitados de encontrarse por el monopolio comercial español.

En 1767 Buenos Aires pasó a verse beneficiada con el sistema del correos marítimos implantado en 1764, con navíos que llegaban directamente al Río de la Plata cuatro veces al año trayendo determinadas mercancías desde España, y que podían retornar cargados de cueros. En 1776 se extienden a esta ciudad los beneficios de la Real Cédula de 1774 de libre comercio entre las colonias; mientras que en 1778 aparece el Reglamento de comercio libre, complementado en 1795 con la reglamentación del comercio con colonias extranjeras y en 1797 con la reglamentación del comercio con potencias neutrales.

Al promediar el siglo, para los autores antes mencionados ya estaban dadas las condiciones que conducirían al cambio de papeles entre el interior y el Litoral, región beneficiada tanto por la reanimación económica coyuntural como por el cambio de la política económica aplicada desde la metrópoli. El ganado, y el cuero que de éste se obtenía, tenía en Europa un mercado en expansión con precios sostenidos.

En el interior del Río de la Plata, en cambio, la situación era completamente diferente. España estimulaba a aquellos sectores de la economía de Indias capaces de contribuir al fortalecimiento del comercio y las manufacturas metropolitanas, pero impedía el desarrollo de todo aquello que pudiera competir con sus producciones. Debido a estas prohibiciones y al agobiante sistema de impuestos, el desarrollo de la agrcultura del interior y la del Litoral estaba “contenido”.

En este marco, la aparición del Reglamento para el comercio libre de España a Indias significó la apertura al crecimiento del comercio y la ganadería de Buenos Aires a la que, junto a Montevideo, se le habilitó puerto para el comercio con España.

Las medidas adoptadas por el Reglamento de 1778 aliviaban de obstáculos el comercio con las colonias,pero seguía subsistiendo la prohibición para extranjeros, de manera que las mercancías no españolas debían pasar primero por España, pagar derechos de entradas y salidas, navegar en buques españoles hasta puertos americanos, donde nuevamente debían abonar derechos, situación que persistió hasta 1795, cuando se autorizó a Buenos Aires al intercambio con las colonias extranjeras, aunque solo para algunas mercancías.

Para 1797, con la primera guerra napoleónica, y debido a la imposibilidad de España de atender el comercio con las colonias, se permitió la apertura del comercio con las potencias neutrales, disposición que se mantuvo hasta 1802.

Por último, cabe mencionar la creación de la Aduana de Buenos Aires, en 1788 y por medio de una Real Cédula, lo que correspondió a la importancia que ahora se confería a este puerto.

Fuente: Assadourian C., Beato C., Chiaramonte, J.C. Argentina: de la conquista a la Independencia.

Imagen: Acuarela de Buenos Aires en la época colonial

Mapas antiguos: una mirada a Sudamérica con los ojos de ayer


Referida a una muestra en el pabellón de Bellas Artes de la Universidad Católica Argentina, esta noticia apareció en el diario Clarín.

A raíz de los hurtos perpetrados recientemente en la Biblioteca Nacional española, en los que desaparecieron varios documentos cartográficos antiguos, empezó a dibujarse la idea de esta muestra, en un intento de mostrar al público la importancia histórica de este tipo de documentos", cuenta Cecilia Cavanagh, directora del Pabellón de Bellas Artes de la UCA. Claro; Cavanagh acaba de inaugurar la muestra Documenta Cartographica de las Indias Occidentales y la Región de La Plata. En ella se exponen mapas y planos de los siglos XVI al XIX, de origen inglés, español, francés y holandés

"Lo más interesante es entender cómo veían el territorio quienes lo descubrían, cómo lo reflejaban los cartógrafos y cómo esa imagen fue cambiando", dice Cavanagh. "A medida que avanzamos en el tiempo, los mapas se vuelven precisos, proporcionados y realistas. Nunca hubo problemas para medir la latitud, ya que la guía era la estrella del norte, pero la longitud no se pudo tomar de forma precisa hasta que avanzaron las matemáticas, de ahí las deformaciones".

Así, se ven mapas en los que América del Sur aparece deformada y Tierra de Fuego es un todo que se une al continente y a la Antártida. También se observan los intereses políticos, reflejados de forma en el trazado de los límites; así vemos el tamaño variable de Chile en diferentes mapas, o la línea divisoria del territorio indio (acordada en 1740).

Estos mapas servían para ilustrar las cosas encontradas en los lugares descubiertos. En algunos se lucen dibujos de los animales o las tribus indígenas del lugar. En el mar aparecen animales, sirenas y otros seres mitológicos.

Renombrados artistas recibían el encargo de la ilustración y, mientras el cartógrafo dejaba constancia de los descubrimientos, los artistas incluían sus ilustraciones, confiriendo a los mapas un valor artístico añadido.

La muestra ofrece planos urbanísticos y catastrales, como el primer plano de La Plata o una copia manuscrita de un plano de Buenos Aires de 1709. Hay planos militares donde se ven los itinerarios de distintas Divisiones, la distribución de las Fuerzas Nacionales, y las fortalezas.

Según Antonio Cornejo, presidente de la Academia Nacional de Geografía y uno de los colaboradores de la muestra, "la necesidad humana de conocer las tierras y mares situados más allá su morada original, dio lugar a la aparición de los primeros mapas, en los que se podían ubicar los parajes desconocidos para poder volver a ellos".

Imagen: La forma de América en el siglo XVI en un mapa del holandés Guiljelmo Blaeuw, de 1587. De Clarín

jueves, 20 de diciembre de 2007

La Luna nació 62 millones de años después del Sol


París - El nacimiento de la luna se remonta probablemente a 62 millones de años después del inicio de la formación del Sistema Solar, con una edad de 4.567 millardos de años, según un estudio publicado por la revista británica Nature.

Un equipo de la Universidad Técnica de Zurich, en Suiza, y del Instituto de Mineralogía de Colonia, en Alemania, midieron los isótopos de tungsteno que han permitido determinar que la separación de la Tierra y su satélite se produjo entre 52 millones y 152 millones de años después de la formación del Sistema Solar, con una probabilidad máxima de 62 millones de años.

Los científicos han constatado igualmente que la proporción de dos isótopos de tungsteno era la misma en el manto terrestre y lunar.

La similitud entre la materia en la superficie de la Tierra y la de la luna ya había sido puesta en evidencia por las misiones tripuladas Apollo. Según una teoría comúnmente admitida, la luna se habría formado como resultado de una colisión entre la Tierra y un cuerpo celeste de la talla de Marte.

Noticia aparecida en el diario Perfil

miércoles, 19 de diciembre de 2007

Los aborígenes de los canales fueguinos

La denominación yámana-alakaluf hace referencia, en realidad, a dos culturas diferentes consideradas como una sola entidad dada sus grandes similitudes, hábitat común e historia similar.

Ocupaban la parte sur de Tierra del Fuego e islas magallánicas. Los yámanas habitaban al este, en el actual territorio argentino, en tanto que los alakaluf se asentaron al oeste, en actual territorio de Chile.

Si bien se considera que esta región constituye una extensión de la Patagonia, presenta -al contrario- una ubicación y características por favorables al desarrollo de la vida humana.


Fueron llamados "pueblos canoeros" por diversos autores, ya que al depender su subsistencia del océano y sus recursos, utilizaban con gran habilidad sus canoas. Forgione señala incluso que cada miembro de la familia, que prácticamente no descendía de la canoa en todo el día, tenía una función asignada: la mujer adulta remaba, las hijas mujeres solían estar a cargo del mantenimiento de un pequeño fuego a bordo para combatir las extremas temepraturas, mientras el padre pescaba y los hijos varones lo ayudaban.

En el campo de la caza, sus principales objetivos eran las focas y ballenas. A estas últimas se les daba caza cuando se acercaban a la costa, agotadas o enfermas. Sus herramientas, tanto para la caza como para la pesca, estaba compuesto por arpones de hueso y lanzas para la pesca.
En una medida algo menor, también recolectaban en tierra productos tales como mejillones, cangrejos, raíces y hongos.

Su comunidad tenía como base la familia, y por encima de esta el grupo, generalmente no muy grande y unido por lazos de consanguinidad.La pblación yámana - alakaluf fue escasa, con núcleos dispersos en desplazamiento constante. No tenían jefaturas, aunque los ancianos y chamanes tenían algún ascendente en sus grupos. Estos grupos dispersos parecen haber estado bastante incomunicados entre sí, siendo la caza de la ballena uno de los pocos momentos en que diferentes grupos actuaban salidariamente en pos de un objetivo común.

Para los yámana - alakaluf existe un ser supremo, llamado Watauinewa, el ancianísimo, que es dueño de todo lo que existe, dador de alimentos, de justicia, vida y muerte; y participa activamente de la vida de la comunidad. En otro nivel se encuentra el mundo de los espíritus de los grandes chamanes muertos.

Estas culturas representan una de las corrientes de poblamiento del continente americano más antiguas, y hay corrientes que indican que su llegada al extremo sur puede deberse al arrinconamiento provocado por la presión ejercida sobre ellos por otras corrientes. Por otra parte, estudios más recientes sostienen que su "adaptación definida a las condiciones regionales" les dio acceso a gran cantidad de recursos, y por ello "mal pudo haber arrinconamiento" (Estudios de Orquera, L. y Piana, E. citados por Martínez Sarasola)


Imagen: Foto tomada por el P. Martín Gusinde. El espíritu del Kina. De Scielo

sábado, 15 de diciembre de 2007

Los diaguitas


Los diaguitas son una serie de comunidades (pulares, luracataos, chicoanas, tolombones, yocaviles, quilmes, tafís, entre otras) que ocuparon la zona de los valles y quebradas del noroeste argentino, aglutinadas por una lengua común, el cacá o cacán, además de factores como la organización social y económica, la cosmovisión e incluso los aspectos raciales, que contribuyeron a su identificación como una cultura única.

En el panorama indígena del actual territorio argentino esa cultura fue la que alcanzó mayor complejidad en todos los aspectos, al punto que tuvo inclusive una gran densidad poblacional.

Esta cultura de agricultores sedentarios poseía sistemas de irrigación artificial por medio de canales y andenes para la siembra de sus productos principales, el zapallo, el maíz y el poroto. Asimismo, criaban llamas a fin de extraer lana y utilizarlos como animales de carga. Prácticamente no cazaban, pero la recolección era una actividad económica importante, sobre todo recolectaban algarroba y chañar.

Los diaguitas tenían fuertes jefaturas, probablemente hereditarias, y cuya autoridad alcanzaba a varias comunidades, algo parecido a los grandes cacicazgos. La familia extensa parece haber sido el núcleo alrededor del cual se formaban las comunidades, en las que más de uno de estos grupos actuaban en forma cooperativa a fin de asegurar la subsistencia mediante el trabajo y la defensa en los periodos de guerra.

Esta cultura participó, como muchas del área, del culto al Sol, el trueno y el relámpago. Contaban con unas costumbres funerarias elaboradas. Se consideraba que el alma del muerto se convertía en estrella, y para ese viaje el difunto era sepultado con alimentos y bebidas. Por otra parte, según Martinez Sarasola, los famosos cementerios de “párvulos en urnas”, alejados de las habitaciones donde se enterraba a los adultos, hablan posiblemente de sacrificios de niños buscando propiciar la lluvia, fundamental para su supervivencia. Este tipo de sacrificios se realizaban en lugares llamados zupca, y estaban a cargo de los chamanes.

También participaron del culto a la Pachamama, dueña de la tierra, y a quien se pedía por la fertilidad de los campos, el buen viaje del peregrino, el buen parto de las embarazadas y la felicidad en toda empresa.
Muchas veces la Pachamama aparece acompañada de Pachacamac (también llamado Viracocha) y del Sol y la Luna, héroes civilizadores.

El arte de los diaguitas es el más acabado en el panorama etnográfico argentino. Trabajaron muy bien la metalurgia y la cerámica, en la que aparecen representados motivos de animales sagrados como el ñandú, batracios y serpientes.

La guerra y el comercio marcaron el modo en que los diaguitas se relacionaron con otras comunidades. El autor antes citado indica que la resistencia que opuso esta cultura a los españoles a su llegada fue feroz, quizás la más fuerte que les tocó a los conquistadores enfrentar. La guerra contra los españoles parece haber asumido “las características de un fenómeno integral en el que participó la comunidad entera”, asegura Sarasola.

Otro hecho fundamental en el área tocó al desarrollo de la cultura diaguita: la llegada del imperio inca hacia 1480, bajo el reinado de Tupac Yupanqui. Antes de la conquista militar propiamente dicha, los incas asentaron poblaciones que hablaban el quechua como forma de penetración cultural. Esta tarea se vio bruscamente interrumpida con la llegada de los españoles al Cuzco, razón por la cual la lengua inca no llegó a reemplazar al cacán.

Fuente: Nuestros paisanos los indios. Carlos Martínez Sarasola.

Imagen: jarro cerámico diaguita. Obtenido de Biblioredes

viernes, 14 de diciembre de 2007

Dificultades en el comercio marítimo entre España y las Indias


En los siglos XVI y XVII los corsarios constituyeron un peligro constante para la nevagación en las Indias, del mismo modo que continuaron siéndolo hasta el siglo XIX en el mar Mediterráneo y en el Lejano Oriente.

Durante los primeros cincuenta años tras la llegada de Colón, la ruta española entre América y las Canarias y las Azores fue una zona en la que los buques españoles fueron acosados constantemente por corsarios franceses.

Estos y otros piratas -poco tiempo después holandeses e ingleses, sobre todo, también se sumarían- recorrieron toda la región del Caribe en busca de los cargamentos españoles y asolando asimismo a las colonias.


Faltos de mecanismos eficaces de defensa, los barcos caían presa de los piratas, en tanto que las colonias, mal provistas de fortalezas, cañones e incluso carentes de soldados regulares en muchos casos, terminaban pagando gruesos rescates para deshacerse de los asaltantes.


Ante esta perspectiva, las autoridades de Sevilla se quejaron del estado de indefensión de las ciudades americanas como Santa Marta, Nombre de Dios, Cartagena y La Habana, y junto a la audiencia de Santo Domingo incentivaron en diversos momentos la construcción de flotillas para la defensa de la zona caribeña.
Tales iniciativas tuvieron poco eco, por lo cual los franceses continuaron azotando la zona a voluntad, al punto que en octubre de 1554 una partida de trescientos hombres desembarcó en Santiago de Cuba, la ocupó durante treinta días y se alzó con un carísimo rescate. La guerra, permanente entre España e Inglaterra en aquellos tiempos, llegó a su fin en los primeros años del siglo XVII, con la llegada de la casa Estuardo al poder y la propuesta de paz de Jacobo en 1604.

Los piratas franceses fueron sucedidos por una generación de comerciantes y agricultores, con lo cual hubo calma en las actividades comerciales entre las colonias y España.
Durante el siglo XVII, y a pesar de ataques constantes por parte de corsarios ingleses y holandeses, rara vez ocurrió la captura o destrucción de las flotas del tesoro español que, obviamente, constituían un anhelo central de estos asaltantes.

Se requería para tal empresa una escuadra muy poderosa, cosa que ocurrió el sólo tres oportunidades: 1628, 1656 y 1657, siendo los holandeses los primeros en lograrlo.
La seguridad de estas flotas del tesoro, tanto como de otras flotas mercantes que transportaban todo tipo de productos provenientes de las colonias, era indispensable para la solvencia de la Corona, que veía el lento pero inexorable declive del país, y que no se detuvo sino hasta el siglo siguiente, cuando los reyes de la casa de Borbón comenzaron a implementar políticas económicas y administrativas más agresivas.

Por ello, mientras los holandeses llegaban a las costas de Chile y Perú, además de continuar con sus ataques en la zona del Caribe y el Atlántico, las autoridades españolas necesitaban fijarse bien a quiénes escogian para el mando de sus naves.
Por otro lado, la necesidad de protección, tanto para las colonias como para las flotas, seguía en veremos, ya que con diversos pretextos, la creación de una armada seguía sin concretarse.

Fuera por los costos de tal empresa, fuera por el riesgo de que cayera en manos de una potencia hostil, la desprotección de las mercaderías que se despachaban desde las colonias hacia una España cada vez más pobre seguía sin concretarse, al extremo que los holandeses ya habían establecido su base de operaciones en Pernambuco, Brasil.


La progresiva decadencia marítima de España quedó clara cuando en 1655 el general inglés Venables salió de Port Royal con instrucción de "ganar alguna ventaja". Esa ventaja suponía la toma de algún territorio bajo dominio español sin que este comandante saliera con una instrucción más precisa. Fue así que al mando de 2.500 hombres y una gran flota capturó Jamaica. Está claro que los objetivos de primera instancia eran Cuba o Puerto Rico, con el fin de cortar la ruta de los buques españoles, pero la toma de Jamaica dio confianza a los ingleses, que se lanzaron en busca de más territorios, aunque fueron milagrosamente rechazados en diversas oportunidades.

Las hostilidades entre España e Inglaterra -aunque nunca, ni siquiera antes del ataque a Jamaica habían sido declaradas formalmente- cesaron en 1660, cuando Carlos II accedió al trono británico en forma efectiva (desde 1649 era titular nominal del trono). Sin embargo, dos años más tarde fuerzas inglesas incursionaron contra Santiago de Cuba saqueándola, lo que suscitó las protestas de España y, aunque el gobierno británico ordenó a la colonia jamaiquina abstenerse de tales acciones en el futuro, las órdenes subsiguienes fueron bastante ambiguas, y no se retiraron las patentes a los corsarios que operaban en aquella zona.

Por último, además de la escasez de medios para defenderse, España sufría la desventaja de que sus naves no eran lo suficientemente rápidas como para perseguir a las de los corsarios y, aún cuando pudieran darles alcance, estaban generalmente en desventaja respecto de la capacidad de armamento y fuego.

Fuente: Haring, Clarence. Comercio y navegación entre España y las Indias, Cap. X. Corsarios Luteranos. FCE, 1999