miércoles, 14 de marzo de 2012

"En la guerra la gente no muere rápido como en las películas, queda gritando hasta que se apaga"

"Se terminó todo. Al mediodía se firma la rendición", escuchó Diego Pérez Andrade de uno de los capitanes que vivía en la casa que alquilaba en Puerto Argentino, apenas bajó las escaleras para desayunar. Era la mañana del 14 de junio de 1982, y el general Mario Benjamín Menéndez estaba por escribir un capítulo clave en la historia de las heridas abiertas argentinas: la derrota en la guerra de Malvinas.

Pérez Andrade miró entonces por la ventana y entendió todo: dos paracaidistas ingleses caminaban por la calle, con sus armas al hombro.

El periodista de Télam sintió un escalofrío. Viajó a Malvinas para cubrir la guerra, pero nunca obtuvo una credencial como corresponsal. Y si no la conseguía el día en que se firmaba la rendición, los británicos podían tomarlo como prisionero.

"Fue muy triste", reflexiona Pérez Andrade. "Cubrir una guerra de tu propio país, y que se pierda de esa manera fue muy frustrante para nosotros".


Sentado en el único sillón que tiene su departamento en el barrio porteño de Flores, cigarrillo en mano y con el cenicero sobre un libro de fotos del conflicto bélico, Pérez Andrade recuerda la guerra como si fuera ayer, cuando viajó al archipiélago el mismo día de su cumpleaños número 29.

Hoy, casi 30 años después, reivindica a los soldados que pelearon y critica a los generales que comandaron. Además, asegura que la censura de la información se hacía "en las islas y en el continente"

Yo hablo inglés
 
Pérez Andrade se convirtió en corresponsal de guerra gracias a que sabía hablar inglés. Hijo de periodista, llevaba dos años en la agencia de noticias Télam y en 1982 cubría el horario nocturno de la sección Información General.

"La noche del 1 de abril me avisan que el jefe estaba enfermo, así que yo quedé a cargo de la redacción -recuerda-. Y sucedió algo extraño: cerca de las 21.30 trajeron un lunch y llegaron decenas de coroneles, almirantes y brigadieres. Dijeron que se iban a tomar las islas y ese era el festejo. Fue vigilia toda la noche, porque a la mañana siguiente, a las 8.30, despachamos el cable oficial".

-¿Suponía que la Argentina podría invadir las islas?

-Desde enero ya sabíamos que eso estaba preparado.

-Como ciudadano, ¿apoyaba la guerra?

­-Sí, pero yo no estaba de acuerdo con los militares. Ellos habían secuestrado a mi hermano julio en 1978 porque participaba en el ERP. Con la recuperación de las islas consiguieron meterse en el bolsillo a mucha gente, que la veía como legítima. Es muy difícil la idea, pero hay que deslindar una cosa de la otra. Porque la gente apoyó la recuperación de las islas masivamente, pero no estaban de acuerdo con el gobierno militar.

El inicio de la ocupación de Malvinas llevó a Pérez Andrade, el 5 de abril, a reemplazar al corresponsal de Télam en Río Gallegos, que servía de enlace entre los periodistas que estaban en las islas y la sede central en Buenos Aires. Debía transmitirle a sus colegas que manden notas donde los kelpers "hablen bien de la ocupación argentina".

"Coronel, los de Malvinas no están dispuestos a hacer ningún reportaje porque los kelpers no quieren y además, ninguno sabe inglés", recuerda Pérez Andrade que le dijo al por entonces presidente de Télam, el coronel Rafael De Piano. "¿Y quién habla inglés?", le preguntó su jefe, al otro lado del teléfono. "Yo", le respondió. Al instante, obtuvo una nueva orden: "Mañana mismo se va a Comodoro Rivadavia y de ahí para las islas".

Con la orden por escrito, Pérez Andrade viajó el 23 de abril hasta la ciudad chubutense, de donde partían los vuelos a Malvinas. Después de encontronazos con varios mandos militares, el 25 consiguió subir a un Fokker F27 de Aerolíneas Argentinas.

"Al avión le habían sacado todos los asientos. Iba lleno de soldados y oficiales de la 3ra. Brigada, que me cantaron el feliz cumpleaños", cuenta Pérez Andrade.

-¿Usted quería ir a Malvinas?

-¡Claro! Entrar a las islas era el objetivo de todos los periodistas del mundo. La Junta Militar había determinado que los únicos que podían vivir en las islas eran los de Télam y los de ATC. Para mí era tocar el cielo con las manos.



Vivir y trabajar en Malvinas
 
Pérez Andrade se unió al grupo que conformaban el cronista Carlos García Malod, los fotógrafos Román Von Eckstein y Eduardo Farré, y el radio-operador Juan Carlos González. "Alegando cuestiones de seguridad, ellos se negaron a volver al continente", relata.



¿Cómo era su trabajo en las islas?

-Teníamos una situación privilegiada. Como no éramos corresponsales de guerra, los militares no nos podían dar órdenes. Viajábamos muchísimo por la isla, entrábamos y salíamos por las unidades y los soldados nos contaban todo porque estaban deseosos de que se supieran sus condiciones: que estaban muertos de frío, sin armas y sin planeamiento estratégico. Nosotros escribíamos eso, pero en Télam no querían.

-¿Había censura en el continente?

-Totalmente. En rigor, en todas las guerras pasa lo mismo. El corresponsal no puede dar precisiones de las unidades, nombres de las tropas, ubicaciones geográficas, cantidad de elementos y armamento. No podés decir nada. Todo muy vago.

-¿Sabían lo que se publicaba en el continente?
 
-Sí, porque nosotros recibíamos el servicio en el teletipo. Era el único servicio informativo que había en las islas. Nuestra casa era un lugar neurálgico porque allí los militares podían informarse, bañarse y comer.

-¿Por qué?

-Porque alquilábamos una casa a una señora que se había ido con sus nietos a la estancia de una amiga, intentando escapar de la guerra. No podíamos alojar militares pero fue lo primero que hicimos, porque nos obligó Menéndez. A la semana abrías la heladera y encontrabas una granada. Era un quilombo.

-¿Cuántos vivían ahí?

-Por lo menos éramos diez. Alojamos tres capitanes y un capellán.

-Se llevaron mal con los isleños entonces.

-Con ellos tuvimos una guerra paralela. Los kelpers venían juntado odio contra nosotros y esa guerra llegó al extremo de que nos tirotearan varias veces la casa. Hasta sacamos los radiadores y los pusimos en la pared para que no entren las balas.

-Y con los militares, ¿cómo convivían?

-Llegamos a sofisticar tanto la cosa, que para evitar escenas enojosas prohibimos las jerarquías. Ahí adentro, para nosotros eran todos iguales.

-¿Ayudó a los soldados en algún momento?

-Era muy común en los supermercados ver a los soldados apiñados en la entrada, esperando que los civiles entren para comprar algo porque ellos no podían. Nos daban plata y una tirita de papel con el pedido. Los del supermercado no tardaron en comprender que nosotros éramos cinco y comprábamos para 200, y nos cerraron la canilla.

-¿Pasaban necesidades los soldados?

-Pasaban frío, necesidades y muchas incomodidades. Pero se la bancaban. Yo los vi pelear con mucha fiereza y voluntad.

-Entonces, ¿a qué atribuye la derrota argentina en la guerra?

-Cuando [el por entonces presidente, Leopoldo] Galtieri visita las islas el 23 de abril, y ordena duplicar la población de las islas, decide la guerra y la derrota argentina. Las Fuerzas Armadas no mandaron a Malvinas las tropas más adecuadas, sino a los chicos de las guarniciones subtropicales y del norte, sin uniforme de invierno, sin armas pesadas y sin artillería. Las mejores tropas estaban desplegadas en la Patagonia, contra la Cordillera, por temor a un ataque chileno. Galtieri creía que tapizando las islas de gente, aún sin armas y sin nada, iba a ganar la guerra, pero Malvinas era un escenario estrictamente aeronaval y nosotros no teníamos ni barcos ni aviones.

Final en peligro
 
"Necesito las credenciales porque si no nos van a hacer mierda los kelpers", le reclamó Pérez Andrade al jefe de prensa del gobierno militar en Malvinas, Orlando Rodríguez Mayo, luego de ver que los ingleses habían ocupado las islas. Menéndez le había prometido las credenciales el 7 de junio, pero era el final de la guerra y aún no las tenían. "Llegaste tarde -le respondió el militar-, acabamos de quemar toda la documentación".

Al periodista y sus colegas no les quedaban muchas opciones para salvarse ese 14 de junio. Estaban acorralados por los británicos y los militares argentinos se negaban a ayudarlos. Pero encontraron un "filón", como dice Pérez Andrade: la avanzada de los ingleses obligó a los heridos argentinos a dejar el hospital, que sólo tenían como escapatoria el buque Almirante Irízar.

"Entre los civiles improvisamos un tren de acarreo de heridos", grafica. "Rescatamos más de 300 heridos durante todo el día, y con cada uno de ellos llevábamos parte de nuestro equipaje, hasta que con el último subimos al Irízar. Pero tuvimos que escondernos entre las máquinas porque los ingleses nos seguían buscando. Tardamos cuatro días en llegar al continente", rememora.

-A casi 30 años, ¿qué sentimientos tiene hoy por la guerra?

-Como toda guerra perdida, es muy triste. Uno puede cubrir varios conflictos, como yo que estuve en la zona de Cachemira, donde la India y Paquistán se pelean desde hace años, pero se vive sin problemas porque no es una guerra propia. El asunto es cubrir una guerra de tu país y que se pierda de esa manera. Sobre todo porque se vivió con mucho entusiasmo y fervor.

-¿Tuvo miedo de morir?

-Un día la flota inglesa colgó una bengala encima de nuestra casa. Eso anunciaba un bombardeo. Nos metimos debajo del piso, donde había un espacio que servía de aislante del frío. Pero la bomba no cayó ahí, sino del otro lado, donde había unos soldados de la Armada. Ahí aprendimos que la gente no se muere como en las películas, rápido, sino que se queda gritando, hasta que se apaga.

-¿Aprendió algo?

-Aprendés a tirarte cuerpo a tierra en cada bombardeo y a dormir en la noche bajo un bombardeo constante. Muchas veces el silencio me molesta. Esas son las locuras de la guerra.

-Y la vida, ¿le cambió?

-Cuando fui a la guerra era soltero, flaco y tenía plata. Pero me hizo reflexionar mucho ver que los oficiales recibían cartas o casettes grabados de sus familias. "Si me muero acá no le voy a dejar nada a nadie", pensaba. Así que cuando volví me puse de novio, me casé y tuve cuatro hijos. Cuando uno está próximo a la muerte, enseguida piensa en lo que va a dejar, en su herencia, y yo no tenía nada. La guerra es una experiencia espantosa, pero muy válida.

Noticia publicada por el diario La Nación.








miércoles, 7 de marzo de 2012

Juzgar el pasado y asumir también las propias culpas


En marzo de 2012 se conmemora en Francia el 50º aniversario de los acuerdos de Evian, que terminaron con la sangrienta guerra de Argelia. Normalmente, en tales ocasiones, los países están deseando celebrar a sus héroes y llorar a sus víctimas, pero, cuando se trata de fechorías, preferimos estigmatizar las de los demás. En Washington se conmemora el holocausto de los judíos, pero no el exterminio de los indios ni la esclavitud de los africanos. Sin embargo, cabe preguntarse si no serían esas las conmemoraciones más útiles, las que nos permitirían no repetir los errores del pasado.

En la historia francesa existen páginas negras similares; entre ellas la que se refiere al destino de los harkis, los habitantes locales que ayudaron al ejército francés durante esa guerra. En teoría, los harkis eran voluntarios, responsables de sus actos y las consecuencias de esos actos. En la práctica, la situación tenía más matices. Al principio eran sobre todo campesinos que se encontraron en medio de la tormenta de la guerra. Para algunos era una manera indispensable de ganarse el pan , puesto que el conflicto había interrumpido sus actividades tradicionales.

Otros lucharon en el FLN, fueron detenidos, torturados y obligados a cambiar de bando, y trabajar para el ejército francés se convirtió en la única manera de salvar la vida. Otros, atrapados entre los militares y los rebeldes – unos les sangraban de día y otros, de noche –, buscaban para sí mismos y para sus familias la protección del único poder legal.

También hubo quienes querían vengarse de las atrocidades sufridas a manos del FLN y quienes se regían por las normas de solidaridad familiar. Las adhesiones ideológicas (¡Por Francia! ¡Por la civilización!) fueron muy escasas.

En una palabra, la razón principal de su participación fue la propia guerra que asolaba su país.

Fue el Estado francés el que los consideró imprescindibles para llevar a cabo una represión eficaz y los empujó a acosar a sus hermanos de sangre, lengua, religión y educación.

Ese fue el primer delito que cometieron respecto a ellos. La situación colonial y la despiadada guerra de represión les dejaron pocas opciones.

La segunda canallada se produjo inmediatamente después de la firma de los acuerdos de Evian. Estos, como el Edicto de Nantes que puso fin a las guerras de religión en Francia, exigían que no se ejerciera discriminación en función de las opiniones y los actos anteriores de antes del alto el fuego.

En Argelia, esta admirable receta se siguió durante varios meses.

A partir de julio de 1962, se desencadenó una inmensa ola represiva, a menudo provocada por revolucionarios tardíos que querían probar su intransigencia. Los testigos hablaban de hombres enterrados vivos con la cabeza untada de miel, otros arrojados vivos a depósitos de cal o cemento, otros sumergidos en agua hirviendo en ollas, o quemados, o crucificados.

A las mujeres que habían trabajado para el ejército las torturaron, las mutilaron, las violaron. El número total de víctimas es difícil de establecer, pero varios cálculos las sitúan entre 50.000 y 60.000 personas.

Estos sucesos, que eran previsibles, no se desconocían en Francia, porque figuran en los informes de los subprefectos que se quedaron sobre el terreno. No obstante, ya desde antes de que comenzaran las matanzas, las máximas autoridades francesas decidieron impedir que los harkis fueran a Francia. Unas órdenes secretas (hoy publicadas) exigían que se hiciera todo lo posible para impedir su huida y que se castigara a quienes intentaran ayudarlos.

A partir de abril de 1962, se proponen repatriar a los harkis que ya vivían en Francia; varios de ellos, que sabían lo que les aguardaba, se suicidaron arrojándose por la borda cuando el barco que los llevaba estaba en mitad del Mediterráneo.

Les tocaba vivir aborrecidos por los argelinos que habían tomado el poder y rechazados por los franceses a los que habían aceptado servir. Esto no es una mera denegación de auxilio a una persona en peligro: es una manera vil de traicionar a quienes se habían confiado al poder existente en aquel entonces, el de Francia. En el momento del regreso de los pieds-noirs, aproximadamente 90.000 harkis lograron instalarse en la metrópoli, pero no tuvieron una buena acogida. Y esa es la tercera falta cometida. Los colocaron en campamentos, apartados de la población, lo cual impidió cualquier posibilidad de integración, porque no estaban autorizados a salir.

Se distribuyeron indemnizaciones proporcionales a los bienes abandonados en Argelia: la mayoría de los harkis eran campesinos pobres y otros no podían demostrar la existencia de ningún bien, de modo que no tuvieron derecho a nada. Más tarde, Francia los metió en guetos y prefirió olvidarse de ellos . ¿Cómo se explican estas decisiones de las autoridades francesas? Al principio, por la propia situación colonial, en la que una población ejerce el dominio sobre otra y, para conseguirlo, recurre a la fuerza. Después, por un racismo más o menos asumido: no todos los seres humanos tienen las mismas necesidades ni el mismo valor, por lo que se salva a unos y se abandona a otros.

Y, además, por egoísmo colectivo: bastante cuesta ayudar a los amigos, ¡no vamos a ocuparnos también de unas personas que no tienen nada que ver con nosotros y que ni siquiera son héroes! Y es preferible olvidar lo antes posible a estos testigos de nuestras debilidades pasadas. Los nacionalistas argelinos actuales se niegan a arrojar luz sobre las páginas más sombrías de su historia.

Ahora bien, en lugar de darles unas lecciones que podrían producir unas consecuencias inversas a las que se buscan, cada uno podría intentar dar ejemplo, estar dispuesto a examinar los actos cometidos en nombre de su propio Estado y su propio pueblo.

Artículo del siempre lúcido Tzvetlan Todorov, y a quien tuve el placer de escuchar en Buenos Aires, publicado por Clarín.

jueves, 1 de marzo de 2012

El Vaticano revela documentos incunables que guardó por siglos



Documentos pontificios legendarios que cambiaron la historia. Testimonios dramáticos como los procesos de la Inquisición al monje Giordano Bruno, quemado en la hoguera en el año 1600, o a Galileo Galilei, 30 años después. Doce siglos de la historia de la humanidad sintetizados en un centenar de pergaminos, piel de cuero y hasta corteza de abedul. El “Archivo Vaticano se revela”, en muestra desde ayer en los Museos Capitolinos de Roma hasta el 9 de septiembre, es una cita emocionante que no debe perderse quién pueda venir aquí. La exposición ha sido bautizada “Lux in Arcana”, o luz que se filtra de las tinieblas.

Para los latinoamericanos hay un documento extraordinario, la bula de Alejandro VI, el Papa Alejandro Borgia, sobre el Nuevo Mundo de 1493. Tras el regreso de Cristóbal Colón a España, el pontífice emanó la bula y otros documentos en los que concede a los soberanos españoles la posesión de todas las islas y tierras descubiertas en el futuro, al oeste de la línea trazada en el confín ideal polo Nord/Polo Sud, a cien leguas de las islas Azores y de Cabo Verde.

Se puede admirar la “bolla decet” del Papa Leone X, publicada el 3 de enero de 1521, que excomulga al monje Martín Lutero, declarado herético con sus secuaces, inaugurando para la historia la Reforma protestante que siguen cientos de millones de cristianos hasta hoy.

Muy impresionante es el sumario del proceso a Giordano Bruno, el monje enviado a la pira en el centro de Roma en el año del Señor 1600 por negarse a abjurar de sus ideas, consideradas heréticas por la Inquisición. En Campo de Fiori hay una estatua de Bruno, considerado hoy uno de los emblemas de la libertad de pensamiento, en el lugar donde fue encendida la hoguera.

También se ve claramente en un pergamino la firma del científico Galileo Galilei, procesado desde 1616 a 1633, cuando finalmente, desfallecido por los interrogatorios de la Santa Inquisición, Galilei abjuró de su convicción de que era la Tierra la que giraba en torno al Sol y no al revés, como sostenía la Iglesia infalible. Tuvieron que pasar muchos siglos, hasta que el Papa Juan Pablo II reconoció que era Galileo quién tenía razón y pidió lealmente perdón.

Un pergamino extraordinario, decorado con 83 lacres de los parlamentarios ingleses que lo firmaron, con la súplica de conceder al rey Enrique VIII la anulación de su matrimonio con la española Catalina de Aragón para que pudiera casar a Ana Bolena. El Papa Clemente VII negó el permiso que lo hubiera llevado a un choque con Felipe II, hermano de Catalina, y el poder español. Enrique hizo decapitar a la mayoría de sus siete mujeres, comenzando por Ana Bolena, y proclamó la iglesia autocéfala anglicana de Inglaterra, separada de Roma. Otro cisma que prosigue hasta hoy.

Otro pergamino dramático es el de las confesiones del proceso a los Templarios, masacrados por la Inquisición y el rey de Francia, que mide 60 metros y contiene los terribles sufrimientos por las torturas a las que fueron sometidos los miembros de la más legendaria orden medieval de la historia de la Iglesia.

Entre las curiosidades está en muestra el pergamino que los indios de América escribieron al Papa Leon XIII en una corteza de abedul, firmada por el jefe Chppewa, que llama al pontífice “gran maestro de plegarias, que hace las funciones de Jesús”.

Un documento único, de 1793, es la carta que María Antonieta Hasburgo envió a su cuñado Carlos Felipe, conde de Artois, que en 1824 fue consagrado Carlos X, rey de Francia. La reina de Francia y esposa del rey Luis XVI estaba ya en la cárcel: ambos subieron más tarde al patíbulo donde les esperaban el verdugo y la guillotina en pleno vértigo de la Revolución francesa. “Los sentimientos de los que participan de mi dolor es el único consuelo que recibo en estas tristes circunstancias”, escribió María Antonieta antes del fin.

El Archivo Secreto Vaticano celebra 400 años desde que fue fundado por Pablo V. Para albergar sus 83 kilómetros de estantes y corredores, fue construido un bunker especial bajo tierra frente a los Museos Vaticanos.

Noiticia publicada por el diario Clarín.