miércoles, 22 de abril de 2015

El "contador de Auschwitz" admitió ser cómplice del Holocausto y reveló detalles

En el primer día de su juicio en Alemania, Oskar Gröning, conocido como el "contador de Auschwitz", pidió "perdón" a las víctimas del Holocausto, asumiendo su culpabilidad "moral" y describió en detalle algunas de las macabras ejecuciones que presenció.

En el que podría ser uno de los últimos grandes juicios por el Holocausto, Gröning está acusado de asistir en el homicidio de unas 300.000 personas, aunque él siempre lo ha negado. Se expone a una pena de entre 3 y 15 años de cárcel por "complicidad en 300.000 homicidios agravados".

Los cargos se remontan el período entre mayo y julio de 1944, cuando llegaron a Auschwitz 137 trenes con unos 425.000 judíos de Hungría.

"Para mí, no hay ninguna duda de que comparto una culpabilidad moral", dijo Gröning al inicio del juicio en la ciudad de Luneburgo, en el norte de Alemania. "Comparezco ante las víctimas con remordimiento y humildad (...) Respecto a si soy culpable en términos penales, ustedes decidirán", añadió, durante una larga declaración pronunciada con voz firme. "Pido perdón", agregó.

La audiencia, celebrada ante una gran afluencia de medios y la presencia de 67 partes civiles, sobrevivientes y descendientes de las víctimas fue traducida simultáneamente en inglés, hebreo y húngaro.

El hombre, que entró en la sala con sus dos abogados y con la ayuda de un andador, no eludió ninguna pregunta y se defendió con firmeza hasta la suspensión de la audiencia a media tarde. En un momento, incluso rió cuando su abogado pidió al juez que hablara más alto para que su cliente pudiera escucharlo. El juicio se reanudará mañana.

El "contador"


Gröning es denominado "el contador de Auschwitz" porque recolectaba las pertenencias de los deportados cuando llegaban al campo de concentración, inspeccionaba los equipajes, y recogía y contabilizaba los cheques bancarios que pudiera haber para enviarlos a las oficinas de la SS en Berlín y así ayudar a financiar la campaña nazi.

"Al enviar los cheques bancarios él ayudó al régimen nazi a beneficiarse económicamente", dijo Jens Lehmann, abogado de un grupo de sobrevivientes y familiares de víctimas de Auschwitz que son los demandantes en el caso.

Gröning tenía entonces 21 años y según admitió era un férreo partidario nazi cuando fue enviado a trabajar a Auschwitz en 1942. Su caso es inusual porque a diferencia de muchos hombres y mujeres de la SS empleados en campos de concentración, él ha hablado abiertamente en entrevistas sobre el período que pasó en la instalación de la entonces ocupada Polonia.

El antiguo contador, que regresó a Alemania después de la guerra, nunca se escondió. Antes de ser atrapado por la justicia, había contado a la prensa y a la televisión su pasado en Auschwitz, explicando querer "combatir el negacionismo".

En una extensa entrevista con la revista alemana Der Spiegel en 2005, Gröning dijo que no sentía "nada" cuando veía a judíos siendo llevados a las cámaras gas. "Si estás convencido en que la destrucción del Judaísmo es necesaria, entonces ya no importa cómo se llevan a cabo esas muertes", declaró, en referencia a comportamiento como un joven oficial de la SS.
Su proceso judicial ilustra la severidad creciente de la justicia alemana con los antiguos nazis, desde la condena en 2011 de John Demjanjuk, ex guardia del campo de exterminio de Sobibor (Polonia), a cinco años de prisión.

Cerca de 1,1 millones de personas, incluidos alrededor de un millón de judíos de Europa, murieron entre 1940 y 1945 en el campo de Auschwitz-Birkenau, de un total de 6 millones de víctimas durante el Holocausto pergeñado por Adolf Hitler.

Aclaración

Gröning, a los 21 años.
Oskar Gröning -viudo, jubilado, con dos hijos de 65 y 70 años- relató su adhesión voluntaria a las Waffen SS (la milicia de las SS) en octubre de 1940, y su primer puesto en la administración, para ser transferido posteriormente a Auschwitz en 1942. Allí permaneció hasta el otoño de 1944.

Describiendo la vida cotidiana en el campo de concentración, se esforzó por marcar la diferencia entre su trabajo y el de los guardias directamente implicados en el exterminio, asegurando que su tarea consistía principalmente en "evitar los robos" de los equipajes de los deportados.

"Había mucha corrupción y tenía la impresión de que existía un mercado negro" en el interior del campo centrado en los "relojes de oro" de los recién llegados, se defendió Gröning, asegurando que no tuvo "nada que ver" con el procedimiento de los asesinatos.

"Conmocionado"

Gröning contó que varias veces intentó abandonar el campo de concentración, "conmocionado" por las escenas a las que había asistido, algunas de las cuales relató.

Justo después de su llegada, en noviembre de 1942, había visto a un guardia matar a un bebe porque "lloraba". Lo agarró de los pies y lo estampó contra un vagón. Su superior admitió que "este hecho no era particularmente aceptable" pero consideró que su salida del campo era "imposible".

Tres semanas más tarde, patrullando en el campo después de varias evasiones, oyó gritos "cada vez más y más fuertes y desesperados, antes de morir" de las personas en las cámaras de gas, y dijo que después asistió a la cremación de cuerpos.

 Publicada por La Nación.

martes, 21 de abril de 2015

La riquísima historia de la pizza



El nombre de este plato italiano proviene del antiguo germánico bizzo, que significaba 'morder' y 'bocado' ('cantidad de alimento que se puede tomar con una mordida'). En su forma original, la pizza se compone de un pan de forma circular y achatada, cubierto con queso de tipo mozzarella, tomates y aceite de oliva. Al extenderse por Italia a lo largo del siglo XIX, algunas características del plato fueron cambiando: al llegar a Roma, se sustituyó el tomate por cebolla y aceitunas, y en la Lombardía se enriqueció con anchoas, entre otras modificaciones. 

A comienzos del siglo XX, la pizza cruzó el océano y llegó a Buenos Aires, donde la masa se hizo más gruesa, y a Nueva York, donde se le añadió un variopinto conjunto de ingredientes: rebanadas de salchichas, panceta, camarones y trozos de ají. Sin embargo, fue solo a mediados del siglo pasado, después de la Segunda Guerra Mundial, cuando el antiguo alimento napolitano conquistó el mundo. 

Espero que hayan leído esta entrada con una cerveza bien fresca :)

jueves, 16 de abril de 2015

La familia italiana que encontró un tesoro arqueológico mientras arreglaba un baño

"En Lecce, aquí en el sur de Italia, en cualquier lugar que excavas puedes encontrarte con un pedazo de historia".


La frase se la repite varias veces Andrea Faggiano, uno de los propietarios del museo Faggiano, que recoge los hallazgos arqueológicos realizados por su familia durante los últimos diez años.

Hallazgos que no resultaron de profundos estudios académicos, sino de un evento más casual y mundano: el arreglo de un baño.

Los dueños se vieron obligados a actuar como fontaneros y empezar a romper pisos y azulejos en su propiedad, ubicada en el centro histórico de Lecce.

 Debajo, se encontraron con mucho más que caños rotos: una colección de vasijas, salones y pinturas que datan la época prerromana de la ciudad.

"En estos últimos años hemos sacado más de 5.000 piezas de cerámica que pertenecen a varias etapas históricas. Y todo eso lo sacamos mi padre Luciano y mis hermanos con nuestras propias manos", relató Faggiano.

Y todo comenzó cuando los antiguos inquilinos de la propiedad, donde ahora funciona el museo, comenzaron a quejarse de la humedad de la casa.

Un baño para cambiar

Mi padre era dueño de un restaurante y a la vez tenía una casa arrendada. Pero después de 20 años de vivir allí, los arrendatarios nos dijeron que la casa tenía muchos problemas de humedad y decidieron marcharse", recordó.

Corría el año 2000. Con el lugar vacío, Luciano pensó que la mejor manera de aprovecharlo era adaptar el espacio y convertirlo en una trattoria, un típico restaurante italiano.

Luciano sabía que era fundamental que el baño funcionara adecuadamente y para eso tenía que resolver un problema con las tuberías que estaban detrás de las paredes del primer piso.
Pero no podía solo, así que pidió la ayuda de la mano de obra más barata que tenía al alcance: sus tres hijos varones, Andrea y sus dos hermanos.

"Apenas comenzamos a romper las paredes de aquella casa nos dimos cuenta que había algo distinto y pronto dejamos de preocuparnos por la tubería, para comenzar a excavar y encontrar más cosas", relató.

Lo que no sabían aún es que esa casa estaba sobre los vestigios que habían dejado allí los mesapios, los habitantes de aquella región italiana unos 500 años antes de que llegaran los romanos a Lecce.


Era un conjunto de lugares que incluían osarios, sitios para esconderse de los enemigos, aljibes, cuartos y despensas, todos adornados con dibujos que fueron hechos hace 2.500 años.

"Fue ahí que papá nos dijo, mientras nos metía con sogas por fosas de 15 metros de profundidad, que no le dijéramos nada a mamá, para no 'ponerla nerviosa'", dijo.

Pero no contaban con que la mamá era que lavaba la ropa sucia de sus hijos, que aquellos años no superaban los 14 años.

Con las propias manos

Pronto se enteraron más personas: primero la "mamma", después algunos vecinos.

Hasta que el rumor de que estaban sacando reliquias históricas entre las tuberías de una casa llegó a los oídos de la municipalidad de Lecce.


"Eso fue en 2001 y sabíamos que era algo importante, pero la municipalidad decidió cerrar la excavación hasta que encontrara a alguien capacitado para hacerlo", recordó Faggiano.

Pero pasó un año y el lugar continuaba cerrado. Luciano, el patriarca, preocupado porque su propiedad no le daba ningún rédito económico, decidió lanzar una propuesta audaz: que ellos mismos se encargarían de la excavación.

"Ellos aceptaron, por supuesto con el control de varios arqueólogos. Estuvimos más de seis años dedicados a eso, a desenterrar objetos de ese lugar, todos los días".

En vez de la trattoria, Luciano pensó que, con semejante registro histórico, la mejor idea era abrir un museo.

En 2008, mientras continuaban los estudios sobre las piezas encontradas, se abrieron las puertas del museo Faggiano.

Giovanni Giangreco, uno de los funcionarios encargados de la supervisión del proceso, le dijo al diario estadounidense New York Times que la casa contiene mucho más que objetos de culturas primitivas.

"La casa Faggiano tiene capas que representan casi todas las eras de la historia de la ciudad, desde los mesapios hasta los romanos, los medievales y los bizantinos", señaló.

Y en el último año la familia Faggiano ha logrado que se completen muchos de los procesos de análisis arqueológico y que que el museo se convierta en uno de los más populares de Lecce.

"Para mí es como un legado que hicimos con nuestras propias manos. Algo que va a quedar para siempre y que nos costó mucho esfuerzo. Y sí, que empezó cuando estábamos arreglando el baño", concluyó Andrea.

Publicada Por BBC Mundo.

miércoles, 15 de abril de 2015

¿Vivimos la era más sanguinaria de la Historia?



Después de obligarlo a ejecutar por la espalda a un nazi y sellar su bautismo de fuego, el sargento al mando del tanque Sherman que interpreta Brad Pitt en la película Fury (2014) hace un alto para decirle al nuevo soldado bajo sus órdenes que “las ideas son pacíficas pero la historia es violenta”. Dicha en abril de 1945, entre tropas aliadas mezcladas con cadáveres alemanes en su marcha hacia Berlín, esa síntesis pragmática de la filosofía de Georg W. F. Hegel no podía ser más simple y verdadera. De hecho, los 55 millones de muertos de la Segunda Guerra Mundial se consideran dentro del siglo XX el mayor hemoclismo —o “inundación de sangre”, según el neologismo del discutido historiador estadounidense de masacres y genocidios Matthew White, –aunque, en comparación, ocupa apenas el noveno lugar en la lista de las mayores carnicerías humanas de la Historia (el primer puesto es la guerra civil de An Lushan en Asia en el siglo VIII, con un estimado actual de 429 millones de muertos). La humanidad tuvo sin dudas capítulos violentos más allá de lo que en general se creería posible, pero para muchos antropólogos, neurólogos y psicólogos contemporáneos las palabras de Fury tienen en la práctica cada vez menos vigencia.

A través de análisis culturales, estadísticas comparativas y experimentos en laboratorios, la hipótesis de los investigadores es que lo que verdaderamente ocurre con la Historia –aunque a simple vista pueda no parecerlo– es que a través del tiempo se vuelve menos violenta. Y eso sucede porque los hombres y las mujeres que le dan forma a cada paso evolucionan cultural y biológicamente hacia métodos menos agresivos y eficientes para resolver sus conflictos. ¿Por qué, entonces, la mera sugerencia de que vivimos en un mundo menos violento parece risueña? 

Dirigida por Clint Eastwood y transformada en la película bélica más taquillera camino a los Oscar, las discusiones alrededor de American Sniper (2014) pueden ofrecer algunas claves. Para el ala conservadora –estadounidense, aunque las posiciones se repiten a escala global–, Chris Kyle, el francotirador –interpretado por Bradley Cooper– que produjo más bajas al enemigo en la historia de las fuerzas armadas de Estados Unidos, encarna la supremacía sagrada del deber patriótico sobre cualquier flaqueza moral. Para defender a su país en la “Guerra contra el Terror”, Kyle no duda en disparar a hombres, mujeres y chicos iraquíes capaces de poner en peligro a sus camaradas. Para el ala progresista, en cambio, Chris Kyle es el eslabón dañado de una Texas reaccionaria –un “redneck” sin vocación real, agresivo y racista– que encuentra en Irak la forma de desatar sus patologías patrioteras detrás de un rifle que lo transforma en un héroe. Lo que el trabajo de un lingüista y psicólogo experimental como el canadiense Steven Pinker –autor de la voluminosa historia de la violencia, Los ángeles que llevamos dentro – ayuda a poner en perspectiva es el marco que posibilita ambas posiciones. Si el páramo solitario donde Chris Kyle apunta su rifle es discutible, lo es porque la resolución marcial de un conflicto humano es cada vez menos aceptable para las personas y los Estados. 

Y aunque el filósofo alemán Immanuel Kant y otros pensadores antes y después hayan avalado la idea de un “estado natural de la guerra entre los hombres”, la ciencia y el pensamiento del siglo XXI empiezan a presentar objeciones más sólidas que el pacifismo ingenuo o la beligerancia épica (al fin y al cabo, como escribió Tom Carson sobre el filme American Sniper en la publicación Grantland, “que la audiencia patriótica esté tomando la película como una afirmación sobre la necesidad de la guerra en Irak, lo acertado de la América Blanca y la reencarnación de Jesús en Chris Kyle sólo significa que están hambrientos de que esa afirmación exista”).

Guerras, masacres: de la Segunda Guerra a los conflictos de la ex Yugoslavia
La estadística, por un lado, indica que desde 1945 no volvieron a usarse armas nucleares en un conflicto, ni hubo grandes potencias en guerra entre sí desde el final de la Guerra de Corea en 1953. Salvo hechos terroríficos como la Masacre de Srebrenica donde fueron asesinadas unas 8.000 personas de etnia bosnia musulmana en julio de 1995, durante la Guerra de Bosnia por parte de los serbios. Tampoco hubo enfrentamientos entre las superpotencias de la Guerra Fría en el campo de batalla –aunque sí a través de países satélites–, ni guerras interestatales en Europa desde 1956 –en oposición a los dos conflictos por año desde 1400–, ni han desaparecido estados internacionalmente reconocidos debido a una conquista. A este fenómeno histórico denominado “la larga paz” se le puede añadir que las muertes globales anuales en combate disminuyeron un 90% desde el medio millón a finales de los años cuarenta, a los treinta mil a principios de la primera década del siglo XXI.

Por otro lado, también hubo un desarrollo sostenido de instituciones como la democracia, valores como los derechos humanos y civiles, formas de intercambio reguladas de intereses como el mercado y la propagación de ideas progresistas a través de la cultura letrada –en especial la literatura satírica, remarca Pinker a lo que habría que sumar la política discursiva de lo “políticamente correcto”–, eventos que en conjunto consolidaron un amplio margen de repelencia de sociedades cada vez más globales a la violencia y la crueldad. 

Para el antropólogo estadounidense Richard Shweder esos parámetros sirvieron para analizar un número común de normas morales, como la lealtad, la reciprocidad y la autoridad, entre otras, y explicar modelos relacionales entre personas distintas. Si las personas en puntos disímiles del planeta aspiran entonces a una vida menos violenta y más inteligente, ¿es porque piensan parecido? Parte de esa pregunta le da forma a lo que otro antropólogo y profesor de la Universidad de California, Alan Fiske, llamó “una gramática para las normas sociales”: aquello que vuelve a todos los sujetos humanos, a pesar de sus diferencias, socialmente competentes. 

Recuerdos del horror y pesadillas del presente
Pero aunque Hollywood tematice hoy la discusión demostrando que, a diferencia de lo que sucedía de manera mucho más salvaje antes de la Modernidad, nadie está tan dispuesto a darle un sentido absoluto per se a la violencia, la psicología cognitiva también ha demostrado que, cuando se trata de percibir la violencia en sus propias vidas, las personas tienden a dejarse llevar por una intuición denominada por los especialistas israelíes Amos Tversky y Daniel Kahneman (ganador del Premio Nobel de Economía junto a Vernon Smith en 2002 por su trabajo sobre la toma de decisiones) “heurística de disponibilidad”. Este concepto sostiene que cuanto más fácil se recuerdan ejemplos de un suceso –crímenes, guerras y atentados como aparecen en medios, películas y series de TV–, se los cree más probables. El cerebro, en ese sentido, resulta paradójicamente también uno de los principales objetores de la evidencia científica. Pero otras barreras –particularmente sensibles tras el ataque contra la revista Charlie Hebdo – aún se explican por el peso de lo más atávico de la especie humana. 

Todas las sociedades comparten lo que el psicólogo especializado en política, Philip Tetlock, llama “valores sagrados”: aquello por fuera de cualquier principio de negociación, ya sea el patriotismo –o la neurosis– abnegado de Chris Kyle, la fe secular en la libertad de expresión occidental o las convicciones teocráticas según las cuales la Tierra debe regirse por indiscutibles mandatos divinos (aunque también las almas bellas y mejor intencionadas caen en la trampa: si el rechazo a la violencia se transforma en un “valor sagrado”, existe el riesgo irónico de que se transforme en la mejor excusa para silenciar cualquier discusión, igualando de manera falsa pero conveniente “polémica” y “agresión”).

En el balance, los especialistas resaltan que es la excepcionalidad de la violencia y no su norma lo que comprueba que vivimos en un mundo cada vez menos peligroso, o al menos más pacífico que antes. Un mundo en el que los índices de coeficiente intelectual aumentan –según el descubrimiento del filósofo neozelandés James Flynn– y en el que, mientras en privado los padres evitan castigar con golpes a sus hijos, en público se reconocen derechos cívicos de cada vez más minorías. 

Ya se trate de inteligencia, evolución o conveniencia, Clint Eastwood no se equivoca cuando detrás de una mira telescópica letal elige retratar a un guerrero que lucha consigo mismo para no desperdiciar sus balas, sus convicciones, ni su fe antes de matar.

Publicada por Revista Ñ.

miércoles, 8 de abril de 2015

Fotos: Una de las guerras más sangrientas del continente


En el Centro Cultural de la República de Paraguay El Cabildo, se exhiben unas fotos de mucha importancia: son las primeras instantáneas de una de las guerras más sangrientas de América Latina: la Guerra de la Triple Alianza. La exposición recorrerá diferentes puntos del país a lo largo de este año. 

La muestra, titulada 'Memoria viva de una deuda histórica. Guerra de la Triple Alianza', organizada por el Centro Cultural de la República de Paraguay El Cabildo, está dedicada a una de las guerras más sangrientas de América Latina, la Guerra de la Triple Alianza. Se trata del conflicto militar en el cual una coalición formada por Brasil, Argentina y Uruguay luchó contra Paraguay.

Entre las características de la guerra, que duró desde 1865 hasta 1870, los organizadores subrayan el hecho de que fue una de las primeras fotografiadas en la historia, igual que la guerra en Crimea (1853-1856) y la Guerra Civil de los EE.UU (1861-1865).

Lo que sorprende más es que las fotos aparecieron por causas comerciales y no históricas, o por el periodismo. George Thomas Bate, un fotógrafo de origen irlandés, comenzó a sacar fotos de diferentes escenas de la guerra, vendiéndolas posteriormente a los familiares de los soldados. 

Construcciones que se utilizaban para revelar fotos en medio del campo de batalla.

Prisioneros paraguayos capturados por Uruguay.
  

Brasil envía cañones a la batalla para apoyar al líder uruguayo Venancio Flores.

Una batalla encabezada por el líder uruguayo Venancio Flores.


La misas se celebraban a menudo en los campos de batallas.


Paraguay quedó devastado, perdió más de la mitad de su población. Su territorio fue ocupado por las fuerzas brasileñas. En 1885, Uruguay se convirtió en el primer país de la Alianza en devolver los trofeos de guerra a Paraguay, normalizando así las relaciones entre los dos pueblos latinoamericanos.    

Publicada por RT.