miércoles, 15 de abril de 2015

¿Vivimos la era más sanguinaria de la Historia?



Después de obligarlo a ejecutar por la espalda a un nazi y sellar su bautismo de fuego, el sargento al mando del tanque Sherman que interpreta Brad Pitt en la película Fury (2014) hace un alto para decirle al nuevo soldado bajo sus órdenes que “las ideas son pacíficas pero la historia es violenta”. Dicha en abril de 1945, entre tropas aliadas mezcladas con cadáveres alemanes en su marcha hacia Berlín, esa síntesis pragmática de la filosofía de Georg W. F. Hegel no podía ser más simple y verdadera. De hecho, los 55 millones de muertos de la Segunda Guerra Mundial se consideran dentro del siglo XX el mayor hemoclismo —o “inundación de sangre”, según el neologismo del discutido historiador estadounidense de masacres y genocidios Matthew White, –aunque, en comparación, ocupa apenas el noveno lugar en la lista de las mayores carnicerías humanas de la Historia (el primer puesto es la guerra civil de An Lushan en Asia en el siglo VIII, con un estimado actual de 429 millones de muertos). La humanidad tuvo sin dudas capítulos violentos más allá de lo que en general se creería posible, pero para muchos antropólogos, neurólogos y psicólogos contemporáneos las palabras de Fury tienen en la práctica cada vez menos vigencia.

A través de análisis culturales, estadísticas comparativas y experimentos en laboratorios, la hipótesis de los investigadores es que lo que verdaderamente ocurre con la Historia –aunque a simple vista pueda no parecerlo– es que a través del tiempo se vuelve menos violenta. Y eso sucede porque los hombres y las mujeres que le dan forma a cada paso evolucionan cultural y biológicamente hacia métodos menos agresivos y eficientes para resolver sus conflictos. ¿Por qué, entonces, la mera sugerencia de que vivimos en un mundo menos violento parece risueña? 

Dirigida por Clint Eastwood y transformada en la película bélica más taquillera camino a los Oscar, las discusiones alrededor de American Sniper (2014) pueden ofrecer algunas claves. Para el ala conservadora –estadounidense, aunque las posiciones se repiten a escala global–, Chris Kyle, el francotirador –interpretado por Bradley Cooper– que produjo más bajas al enemigo en la historia de las fuerzas armadas de Estados Unidos, encarna la supremacía sagrada del deber patriótico sobre cualquier flaqueza moral. Para defender a su país en la “Guerra contra el Terror”, Kyle no duda en disparar a hombres, mujeres y chicos iraquíes capaces de poner en peligro a sus camaradas. Para el ala progresista, en cambio, Chris Kyle es el eslabón dañado de una Texas reaccionaria –un “redneck” sin vocación real, agresivo y racista– que encuentra en Irak la forma de desatar sus patologías patrioteras detrás de un rifle que lo transforma en un héroe. Lo que el trabajo de un lingüista y psicólogo experimental como el canadiense Steven Pinker –autor de la voluminosa historia de la violencia, Los ángeles que llevamos dentro – ayuda a poner en perspectiva es el marco que posibilita ambas posiciones. Si el páramo solitario donde Chris Kyle apunta su rifle es discutible, lo es porque la resolución marcial de un conflicto humano es cada vez menos aceptable para las personas y los Estados. 

Y aunque el filósofo alemán Immanuel Kant y otros pensadores antes y después hayan avalado la idea de un “estado natural de la guerra entre los hombres”, la ciencia y el pensamiento del siglo XXI empiezan a presentar objeciones más sólidas que el pacifismo ingenuo o la beligerancia épica (al fin y al cabo, como escribió Tom Carson sobre el filme American Sniper en la publicación Grantland, “que la audiencia patriótica esté tomando la película como una afirmación sobre la necesidad de la guerra en Irak, lo acertado de la América Blanca y la reencarnación de Jesús en Chris Kyle sólo significa que están hambrientos de que esa afirmación exista”).

Guerras, masacres: de la Segunda Guerra a los conflictos de la ex Yugoslavia
La estadística, por un lado, indica que desde 1945 no volvieron a usarse armas nucleares en un conflicto, ni hubo grandes potencias en guerra entre sí desde el final de la Guerra de Corea en 1953. Salvo hechos terroríficos como la Masacre de Srebrenica donde fueron asesinadas unas 8.000 personas de etnia bosnia musulmana en julio de 1995, durante la Guerra de Bosnia por parte de los serbios. Tampoco hubo enfrentamientos entre las superpotencias de la Guerra Fría en el campo de batalla –aunque sí a través de países satélites–, ni guerras interestatales en Europa desde 1956 –en oposición a los dos conflictos por año desde 1400–, ni han desaparecido estados internacionalmente reconocidos debido a una conquista. A este fenómeno histórico denominado “la larga paz” se le puede añadir que las muertes globales anuales en combate disminuyeron un 90% desde el medio millón a finales de los años cuarenta, a los treinta mil a principios de la primera década del siglo XXI.

Por otro lado, también hubo un desarrollo sostenido de instituciones como la democracia, valores como los derechos humanos y civiles, formas de intercambio reguladas de intereses como el mercado y la propagación de ideas progresistas a través de la cultura letrada –en especial la literatura satírica, remarca Pinker a lo que habría que sumar la política discursiva de lo “políticamente correcto”–, eventos que en conjunto consolidaron un amplio margen de repelencia de sociedades cada vez más globales a la violencia y la crueldad. 

Para el antropólogo estadounidense Richard Shweder esos parámetros sirvieron para analizar un número común de normas morales, como la lealtad, la reciprocidad y la autoridad, entre otras, y explicar modelos relacionales entre personas distintas. Si las personas en puntos disímiles del planeta aspiran entonces a una vida menos violenta y más inteligente, ¿es porque piensan parecido? Parte de esa pregunta le da forma a lo que otro antropólogo y profesor de la Universidad de California, Alan Fiske, llamó “una gramática para las normas sociales”: aquello que vuelve a todos los sujetos humanos, a pesar de sus diferencias, socialmente competentes. 

Recuerdos del horror y pesadillas del presente
Pero aunque Hollywood tematice hoy la discusión demostrando que, a diferencia de lo que sucedía de manera mucho más salvaje antes de la Modernidad, nadie está tan dispuesto a darle un sentido absoluto per se a la violencia, la psicología cognitiva también ha demostrado que, cuando se trata de percibir la violencia en sus propias vidas, las personas tienden a dejarse llevar por una intuición denominada por los especialistas israelíes Amos Tversky y Daniel Kahneman (ganador del Premio Nobel de Economía junto a Vernon Smith en 2002 por su trabajo sobre la toma de decisiones) “heurística de disponibilidad”. Este concepto sostiene que cuanto más fácil se recuerdan ejemplos de un suceso –crímenes, guerras y atentados como aparecen en medios, películas y series de TV–, se los cree más probables. El cerebro, en ese sentido, resulta paradójicamente también uno de los principales objetores de la evidencia científica. Pero otras barreras –particularmente sensibles tras el ataque contra la revista Charlie Hebdo – aún se explican por el peso de lo más atávico de la especie humana. 

Todas las sociedades comparten lo que el psicólogo especializado en política, Philip Tetlock, llama “valores sagrados”: aquello por fuera de cualquier principio de negociación, ya sea el patriotismo –o la neurosis– abnegado de Chris Kyle, la fe secular en la libertad de expresión occidental o las convicciones teocráticas según las cuales la Tierra debe regirse por indiscutibles mandatos divinos (aunque también las almas bellas y mejor intencionadas caen en la trampa: si el rechazo a la violencia se transforma en un “valor sagrado”, existe el riesgo irónico de que se transforme en la mejor excusa para silenciar cualquier discusión, igualando de manera falsa pero conveniente “polémica” y “agresión”).

En el balance, los especialistas resaltan que es la excepcionalidad de la violencia y no su norma lo que comprueba que vivimos en un mundo cada vez menos peligroso, o al menos más pacífico que antes. Un mundo en el que los índices de coeficiente intelectual aumentan –según el descubrimiento del filósofo neozelandés James Flynn– y en el que, mientras en privado los padres evitan castigar con golpes a sus hijos, en público se reconocen derechos cívicos de cada vez más minorías. 

Ya se trate de inteligencia, evolución o conveniencia, Clint Eastwood no se equivoca cuando detrás de una mira telescópica letal elige retratar a un guerrero que lucha consigo mismo para no desperdiciar sus balas, sus convicciones, ni su fe antes de matar.

Publicada por Revista Ñ.

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