lunes, 25 de agosto de 2014

La ironía en las trincheras de la Primera Guerra Mundial





"¿Es usted una víctima del optimismo? ¿No lo sabe?
Pregúntese lo siguiente:
  1. ¿Sufre de jovialidad?
  2. ¿Se levanta por la mañana pensando que le está yendo bien a los Aliados?
  3. ¿A veces cree que la guerra terminará en los próximos 12 meses?
  4. ¿Cree más en las noticias buenas que en las malas?
  5. ¿Considera que nuestros líderes son competentes para ganar la guerra?
Si contestó 'Sí' a alguna de las preguntas, está en las garras de la terrible enfermedad. Podemos curarlo. Dos días en nuestro establecimiento y borraremos todo rastro de su sistema"

Este "aviso publicitario" del tratamiento contra el optimismo fue publicado por el diario The Wipers Times en plena Primera Guerra Mundial. 

El periódico fue uno de varios publicados por los soldados británicos, franceses, canadienses y australianos entre 1914 y 1918 en el frente de batalla. Se los conoce como "periódicos de trincheras" y los producían como podían: algunos escritos a mano, otros mecanografiados y -los más afortunados- impresos en máquinas de imprenta halladas en ciudades bombardeadas.

Para algunos estudiosos del fenómeno, como Jeffrey Reznik, fueron parte del esfuerzo propagandístico propio de una guerra que necesitaba reclutas. Otros, como la investigadora Stephane Audoin-Rouzeau, piensan que fue una reacción a la información tergiversada publicada en los medios de comunicación tradicionales.

Para el escritor británico Ian Hislop, fueron "literalmente una forma de reírse de la muerte".
Y la muerte era una moneda cotidiana, incluso para estos soldados devenidos en periodistas: el diario de trinchera francés L'Echo de Tranchées-ville dejó de publicarse al año de su primera aparición pues seis miembros de su cuerpo editorial murieron o fueron heridos en combate.

Censura en el frente

Además de avisos irónicos, como el que alerta sobre el optimismo, los diarios de trincheras contenían historias de ficción, poemas escritos en el frente, informes deportivos, editoriales y una columna generalmente denominada "Cosas que queremos saber", dedicada a los rumores y las especulaciones propios de una guerra en la que la censura mantenía a los soldados en una casi total ignorancia de lo que ocurriría con ellos.

Por ejemplo, en una de sus ediciones, el periódico The Trotter's Journal del regimiento británico Loyal North Lancashire ofreció como recompensa "un mes de paga a quien pueda dar información confiable (no 'oficial') sobre el próximo movimiento del batallón". 

Pero la censura no afectaba sólo a los soldados sino también a los periodistas: durante el primer año del conflicto bélico, ningún corresponsal fue acreditado para cubrir la guerra y si alguno era encontrado rondado por el frente era arrestado, su pasaporte confiscado y luego deportado.

El ministro de Economía de la época, Lloyd George, le explicó al editor del tradicional diario británico Manchester Guardian, C.P. Scott, la razón: "Si la gente supiera lo que pasa realmente en la guerra, ésta se suspendería inmediatamente, pero -por supuesto- no sabe y no puede saber". 

Sin embargo, cuando los editores de los diarios británicos señalaron de que la falta de cobertura desde el frente conspiraba contra el proceso de reclutamiento, un grupo de corresponsales fue acreditado por el ejército.

Acompañados constantemente por los censores oficiales, la misión de estos periodistas -según el investigador Phillip Knightley- era "proveer coloridas historias de heroísmo" para asegurar el suministro de reclutas voluntarios y "cubrir cualquier error que pudiera cometer el alto mando".

La falta de glamour

Las heroicas crónicas salidas de la pluma de los periodistas y enviadas por teléfrafo a Londres y París no fueron bien recibidas por los soldados en el frente, angustiados por las pobres condiciones de vida en las trincheras que distaban mucho del glamour de la guerra que los corresponsales describían.

En marzo de 1917, el diario Le Bochofage -publicado por tropas francesas- describía el horror de vivir en trincheras constantemente inundadas por las lluvias: "Los hombres mueren por el lodo, tanto como por las balas, pero más horriblemente. En el lodo, los hombres se hunden, pero -lo que es peor- sus almas se hunden. ¿Dónde están esos periodistas gacetilleros que escriben artículos tan heroicos cuando el lodo es tan profundo?". 

Cuando las batallas estallaban en el frente, la brecha entre los relatos de los corresponsales y los sufrimientos de los soldados se profundizaba. William Beach Thomas, periodista del diario británico Daily Mirror, escribió varias crónicas de la ofensiva aliada en The Somme, en 1916.
Tras leer una de ellas, un oficial le escribió una carta a su familia indicando que el periodista "había recurrido mucho a su imaginación, pues la mitad de lo que escribe no es verdad, sino lo que él cree que debería ser verdad".

The Wipers Times, en varios de sus números, decidió parodiar a William Beach Thomas creando un alter ego llamado Mr. Teech Bomas, que se presenta diciendo: "Escribo desde la mitad del campo de batalla, hay muchas balas pero no me importa, el aire está plagado de proyectiles, pero eso tampoco me importa".

Los horrores de la paz

A pesar del rechazo que les producían las coberturas periodísticas, los autores de los diarios de trincheras expresaban una felicidad casi infantil cada vez que un diario londinense o parisino los mencionaba o reproducía alguno de sus artículos.

Para Audoin-Rouzeau, la razón de este entusiasmo radica en que el rencor hacia los medios tradicionales por parte de los soldados no es otra cosa que "amor despechado", pero otro experto en diarios de trincheras, Graham Seal, opina que había algo más en juego.

Para Seal, los soldados hacían sus periódicos para sus camaradas de armas, pero existía un segundo público -en la retaguardia y en las ciudades- al que iban dirigidas estas publicaciones: los políticos, los altos mandos militares, los medios de comunicación tradicionales y los familiares que se habían quedado en casa.

En su desesperación por llamar la atención de aquellos que no estaban en el frente, los editores de los diarios de trincheras creían que cuando los mencionaban en los diarios de circulación masiva, "quizás alguien estaba escuchando, quizás alguien iba a hacer algo para detener, o al menos aliviar, esa locura".

Pero la "locura" de la Primera Guerra Mundial se extendió por cuatro años. Cuando terminó, los periodistas acreditados con el ejército británico fueron hechos "caballeros" de la Corona mientras que los editores de los diarios de trinchera regresaron en silencio del frente a una paz a la que muchos no pudieron acomodarse.

En una de sus últimas columnas, llamada precisamente "Los Horrores de la Paz", The Whipers Times concluye sus cuatro años de publicacion y sus 23 números con un cierre propio de su flema británica e ironía a prueba de balas. 

"Hemos visto de cerca los horrores de la guerra y ahora nos enfrentamos a otra clase de horror ¡Qué vida! ¿Alguien sabe de alguna linda guerra en la que podamos conseguir trabajo y evitar que el poco pelo que nos queda se vuelva cano antes de tiempo?".

Publicada por BBC Mundo.

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