lunes, 26 de mayo de 2008

La leyenda de Amancay


Había una tribu de Mapuches que vivía cerca de Ten-Ten Mahuida (cerro Tronador), a las orillas de un correntoso río cordillerano, cuyo nacimiento estaba en un tranquilo lago encerrado entre montañas nevadas. Quintral, hijo del cacique, era un apuesto joven al que le gustaba recorrer la orilla del río cazando y pescando; y así llegaba hasta el brillante espejo del lago.

Fue en uno de esos paseos que conoció a Amancay, una hermosa y sencilla muchacha, quien se enamoró de aquél joven apuesto y valiente. Pero esos sentimientos de mutua atracción se transformaron en amor irrealizable, puesto que una muchacha de origen humilde no podía pretender al hijo del cacique.

De esta manera fue pasando el tiempo, hasta que un día llegó hasta ellos una epidemia que comenzó a diezmar la tribu, cayendo también enfermo el joven Quintral. Ante la imposibilidad de lograr su mejoría, y enterada Amancay, consultó a una Machi (curandera), quien le confió el secreto para obtener el remedio. El mismo consistía en una infusión preparada con una flor que crecía en las cumbres heladas.


A sabiendas del peligro que corría, pero impulsada por el amor hacia el joven, Amancay se lanzó a la temeraria empresa, logrando su fin. Ya en el descenso, feliz por haber logrado su cometido, al pie de una hermosa cascada, vio cernirse sobre ella la amenazante figura del cóndor, quien
le dijo que la cura llegaría a Quintral sólo si ella accedía a entregar su propio corazón.

Amancay aceptó, porque no imaginaba un mundo donde Quintral no estuviera, y si tenía que entregar su vida a cambio, no le importaba. Dejó que el cóndor la envolviera en sus alas y le arrancara el corazón con el pico. En un suspiro donde se le iba la vida, Amancay pronunció el nombre de Quintral.


El ave tomó el corazón y la flor entre sus garras y se elevó, volando sobre el viento hasta la morada de los dioses. Mientras volaba, la sangre que goteaba no sólo manchó la flor sino que cayó sobre los valles y montañas.

El cóndor pidió a los dioses la cura de aquella enfermedad, y que los hombres siempre recordaran el sacrificio de Amancay.


La “machi”, que aguardaba en su choza el regreso de la joven, mirando cada tanto hacia la montaña, supo que algo milagroso había pasado. Porque en un momento, las cumbres y valles se cubrieron de pequeñas flores amarillas moteadas de rojo. En cada gota de sangre de Amancay nacía una pequeña planta, la misma que antes crecía solamente en la cumbre del Ten-Ten.


Fuentes:

Bolsón Web
Portal Patagónico
Biblioteca Imaginaria

Imagen: La flor de amancay, de Bariloche.org

4 comentarios:

Gonlor dijo...

Una bella leyenda.

Me ha recordado los sacrificios que se realizaban después de las guerras floridas por aquello de que en esos rituales se arrancaba el corazón a la victima.

Saludos

Carlos dijo...

Claro. Desde el punto de vista de que el sacrificio individual redunda en un beneficio para la comuidad. Son historias muy interesantes estas que hablan de la relación de los hombres con la naturaleza y la divinidad. Gracias por leer. Un abrazo.

Maria Dolors Blasco dijo...

me gustaria saber si la flor siempre es amarilla, y de que tamaño es, y si en España se llama amancay a esta flor

Antonieta Lineros dijo...

En muchas partes se le conoce como astroemeria....y tiene otroa colores pero el mas comun es amarillo y blanco