martes, 11 de marzo de 2014

Intrigas en la secta del Voynich



Guardado bajo llave por los severos bibliotecarios del Beinecke Rare Book and Manuscript Library de la universidad de Yale yace un misterio sin resolución que ha hipnotizado a locos y genios por siglos. Es el manuscrito Voynich, un texto de 240 páginas, de principios del siglo XV y de autoría desconocida. No se supo de él por varios siglos hasta que apareció, en 1915, en manos de un anticuario polaco –Wilfrid Voynich– de quien tomó el nombre. El librero lo había comprado en 1912 en Italia a unos jesuitas que no sabían muy bien lo que tenían en sus manos. A primera vista, se trata de una pieza estética fascinante

Sus páginas, con ilustraciones de la botánica y la astronomía, evocan una intriga bibliófila a lo Umberto Eco, en la que no faltan el sabio de abadía ni el monje herbolario. Hay complejos esquemas del zodíaco que parecen mandalas y grupos de mujeres desnudas emergiendo de chimeneas y extraños tubos. Uno podría pensar que fueron dibujados por El Bosco o tal vez el visionario William Blake. Pero lo más importante es su texto, en un alfabeto que nadie ha podido decodificar. Hace diez días, sin embargo, las noticias celebraron que un experto echara cierta luz. La BBC , Popular Mechanics y The Guardian anunciaron al mundo: “Manuscrito Voynich por fin descifrado.” ¿Llegaba el fin de un misterio eminentemente borgeano?

El Voynich es un laberinto sin salida. Los mejores criptógrafos de la Segunda Guerra intentaron determinar si estaba escrito en código y, en ese caso, si podrían quebrarlo. Imposible. Hoy en día hay una pequeña y excéntrica cofradía –tanto de académicos de primera categoría como de dementes improvisados– que se ocupa de resolver el enigma. Pero siempre lo hacen al costado de su disciplina oficial, como si fuera un sudoku de lujo o un vicio algo vergonzoso: hay quienes advierten que es suicidio académico investigar el tema. 

En versión literaria, el escritor argentino Daniel Guebel publicó en 2010 la novela El caso Voynich , donde teje una ficción especulativa alrededor de los hechos y misterios que le generó este caso. Además, dos físicos argentinos, Marcelo A. Montemurro, de la Universidad de Manchester, y Damián H. Zanette, del Centro Atómico Bariloche, hicieron un análisis sintáctico-estadístico del Voynich que concluye que se rige por una organización compleja propia de los idiomas reales.

El manuscrito fue noticia a mitad de febrero cuando Stephen Bax, profesor de Lingüística de la universidad de Bedfordshire, descifró diez palabras, para, al parecer, por fin traducir el idioma voynichés. Según Bax, el manuscrito encripta un idioma real que, incluso, se podría hablar hoy. El investigador publicó en su página web un minucioso paper de 62 páginas describiendo su método y detallando sus conclusiones; también subió a YouTube una presentación de Power Point de 47 minutos que tuvo más de 87.000 visitas. 

Un lector apurado hubiera aceptado la hipótesis de Bax y disfrutado de una nota entretenida. Al fin, este manuscrito –sobre el que algunos han argumentado que fue una obra en clave de Leonardo Da Vinci y otros que es un texto dictado por extraterrestres–, simplemente es un manual botánico medieval escrito en el dialecto de una comunidad desaparecida.

Sin embargo, una búsqueda mínima revela que esto ya ha pasado muchas veces (los periodistas también caemos en el laberinto Voynich). El año pasado la revista New Scientist tituló: “Plantas mexicanas podrían resolver el código de un manuscrito incoherente”, aludiendo a la teoría de Arthur Tucker, profesor emérito de botánica de la universidad de Delaware, y Rexford Talbert, especialista en tecnología informática, quienes afirmaban que el Voynich es un documento azteca escrito en un náhuatl arcaico. 

En 2004 la revista WIRED dedicó una larga nota que afirmaba que “Gordon Rugg descifró el misterio de 400 años del manuscrito Voynich.” Rugg, un psicólogo que es profesor en la cátedra de ciencias de computación en la universidad de Keel en Inglaterra, afirmaba que el Voynich es una sofisticada broma perpetuada, probablemente, por Edward Kelley, un ocultista inglés del siglo XVI y creador de un lenguaje codificado con el cual transcribía comunicaciones que hacían llegar “ángeles”.

Estas soluciones al enigma Voynich tienen tres cosas en común: a) han sido elaboradas por gente muy respetada dentro de sus comunidades académicas; b) cada uno abordó el problema –y justificó sus conclusiones– desde la perspectiva de su muy específico campo académico; y c) cada solución es totalmente incompatible con la otra. ¡No hay forma de reconciliarlas! Se contradicen, no pueden coexistir como componentes de una solución final abarcativa y armónica. 

Stephen Bax nos atendió cordialmente por teléfono. Lo primero que le preguntamos: ¿Por qué piensa que nadie ha utilizado su método? (Este emula el desciframiento del Lineal B, “el sistema de escritura usado para escribir el griego micénico, desde el 1600 hasta el 1110 a.C” -citamos Wikipedia.) “Mi aporte se funda en que tengo una percepción muy amplia de diferentes escrituras y lenguajes, en particular de Asia,” contó Bax. “La mayoría de estudiosos se ha enfocado en idiomas europeos, dada la iconografía del manuscrito. Pero el idioma subyacente puede ser de origen cáucaso o de Asia occidental...” Pronto, sin necesidad de que los mencionáramos, Bax fustiga la teoría de Tucker y Talbert: “El problema de ellos es que solamente miraron las plantas y no el idioma en sí. Hay que tener una metodología estricta. Yo miré las plantas junto con la primera palabra de la página donde están dibujadas, porque así es como funcionan los herbarios medievales...” Cuando hablamos con Gordon Rugg, criticó este método con vehemencia. Le preguntamos por qué personas muy inteligentes no pueden ponerse de acuerdo en lo más básico. Y respondió: “Para mí el Voynich fue un caso dentro de un corpus más amplio de investigación. Mi campo no es la criptografía sino los problemas médicos no resueltos. Pero para que mi teoría se tomase en serio necesitaba un caso para demostrar el concepto” (que especialistas a veces no pueden ver una solución evidente que está delante de sus ojos).

Tras esta justificación, y concretamente sobre Bax, declaró: “Mucha gente que ve esto como su oportunidad de ser famoso simplemente por sacar un comunicado de prensa. ¡Bax ni siquiera ha sometido su teoría por la revisión de sus pares! En su paper, Bax dice que tiene lecturas provisorias de diez palabras de un documento que contiene aproximadamente 60.000. Afirmar, en base a esto, que el manuscrito no es una broma es estirar la evidencia más allá del punto de quiebre.” Todos los testimonios están poblados de menciones a Quijotes que se han dado contra el molino del Voynich. Como si cada declaración tuviera un pie de página, que a su vez tuviera otro.

Nos comunicamos con Arthur O. Tucker por correo electrónico para pedirle una entrevista por teléfono. Se negó, pero contestó por escrito: “Desde que el reverendo Hugh O’Neil publicó algo sobre este tema, en 1944, yo soy el primer botánico profesional que ha examinado las plantas. No estoy dispuesto a degradar investigaciones de otros. Los fríos y duros hechos científicos tienen que hablar por sus propios méritos. Esto no se puede transformar y degradar en una cuestión de opiniones, como si fuera un club de debates.” Antes de proceder a defender su teoría, agregó: “La fuerza de una hipótesis es la habilidad de hacer predicciones.” Los tres científicos con quien hablamos enfatizaron este mismo argumento. Este es el punto clave. Pero también es precisamente el punto en que el Voynich da paso a la locura metodológica. Cada uno de los académicos con quienes hablamos, a partir de este sensato postulado, insiste en que su teoría es la que mejor cumple el rigor del método científico. 

Hablamos por fin con Nick Pelling, un experto amateur del tema cuyo blog Cipher Mysteries , es una excelente fuente sobre el Voynich (y que es citado por Bax mismo). Pelling descredita con desdén todas las teorías propuestas hasta ahora. Hablar con él abre otra faceta del problema: la comunidad que se forma alrededor de este enigma. “Antes hubo una rivalidad amistosa entre nosotros. Bromeábamos que cuando alguien lo resolviera íbamos a compartir una pizza. Nadie iba a decir yo lo hice ; íbamos a decir nosotros lo hicimos ” cuenta, nostálgico. “A partir del año 2005 esto desapareció. La comunidad colaborativa, genuina y trabajadora, no existe más.” De todos los estudiosos consultados, Pelling es el más comprometido emocionalmente y, además, el único que ha visto el manuscrito en persona. “Fue un peregrinaje”, sintetizó con genuina solemnidad. Para el resto de los mortales, Internet ofrece el manuscrito completo en pantalla.

El Voynich se parece a un laberinto pero también a un agujero negro. Es un extraño límite cuyo otro lado es, hasta ahora, imposible de conocer. Quienes se acercan a su misterio se les hace imposible salir. Sólo faltan unos cadáveres, la masonería y un discreto emisario del Vaticano para tener una novela digna de Dan Brown. Mientras tanto, como dice Pelling, “la realidad siempre es más extraña que la ficción.” Y para el espanto de todos, siempre cabe la posibilidad de que el Voynich fuera una fabulosa fabricación inventada por un calígrafo en el tedio de su disciplina monacal, un impostor muerto hace siglos.

Publicado por Revista Ñ.

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