miércoles, 27 de marzo de 2013

José Antonio Pérez Gollán: “El revisionismo es la línea oficial, y el Museo Histórico no tiene que bajar línea”



José Antonio Pérez Gollán está molesto. Su salida del Museo Histórico Nacional y su reemplazo por Araceli Bellotta, una funcionaria kirchnerista que milita en el Instituto de Revisionismo Histórico Manuel Dorrego, le deja un sabor amargo. Se emociona cuando recuerda el asado “con choripanes” que el personal del Museo hizo el último fin de semana para despedirlo, lo que demuestra el estado de la relación de ambas partes y comparte su visión de lo que un museo tiene que ser hoy: “Comprensible para la gente; que lo entienda un chico que va al colegio, un universitario, un jardinero y un extranjero. El concepto de museo no tiene nada que ver con lo popular, sino con hacer que el nivel del lenguaje esté al alcance de todos, con varios niveles de lectura. El lenguaje de la ciencia se deja en la puerta”. Y señala, visiblemente molesto con quienes lo acusan de “tener una visión academicista del Museo Histórico Nacional”, que “el revisionismo excluye porque da una sola versión de la Historia, propone la verdad agarrada por el rabo. Lo fantástico con los revisionistas es que, antes de empezar, ellos saben cuál va a ser el resultado”. Con la llegada de Bellotta a esa institución, el gobierno se propone hacer un circuito neorrevisionista que unirá el Museo del Bicentenario y la Casa del Bicentenario, con diversas sedes en el país. A la cabeza de este proyecto se encuentra el escritor Mario “Pacho” O’Donnell, presidente del Instituto de Revisionismo Manuel Dorrego.

–¿Hay un modelo popular de Museo Histórico Nacional?

–No, lo que hay que hacer es un museo serio. Es infame que me digan academicista. Si así fuera no me hubieran propuesto quedarme en otro espacio de la Secretaría de Cultura. Soy un académico a mucha honra.

–¿Qué presupuesto tenía usted para funcionar?

–No tenía presupuesto. Durante todo 2012 me dieron cajas chicas de 2000 pesos. Un coleccionista me ofreció una colección de 700 piezas arqueológicas debidamente documentadas, no producto de saqueo. Yo quería hacer una muestra del mundo indígena. El dueño pedía 100 mil pesos por una colección que vale 700 mil. Todavía estoy esperando la respuesta oficial. Lo que recibí de presupuesto fue en materiales, chapas, maderas… y en seis años de gestión tuve que abocarme primero a arreglar el edificio, porque la gente trabajaba en condiciones pésimas, y luego a crear con un subsidio de YPF un taller de conservación, gracias al que restauramos las 32 obras de Cándido López, además de armar una matriz de la muestra permanente. Porque el museo tiene que ser una cadena de transmisión entre el conocimiento y la sociedad. Que no me digan que ésta es una visión elitista.

–¿El museo tiene que exponer la identidad nacional? ¿Existe la argentinidad?

–No hay una identidad nacional; la identidad nacional se construye desde una diversidad. No es lo mismo un chico que vive en Susque, Jujuy, que un chico del barrio de Recoleta. La Argentina es un mosaico de diversidades. El Museo Histórico tiene que reflejar eso, pero para ello hay que discutir mucho. Hay muchas formas de argentinidad y luego hay lugares comunes donde nos encontramos todos.

–¿Cuáles son los principales obstáculos para cumplir ese objetivo?

-Una exhibición obsoleta y anacrónica en el Museo y la necesidad de contar con gente capacitada que sepa de historia argentina. No se puede sanatear. Este país es el de los Maradonas, todo el mundo opina de cualquier cosa. Tampoco me interesa un Museo que baje línea. El Museo Histórico tiene que cuestionar y la gente tiene que salir con más preguntas de una visita. Hoy en el Museo se muestra al San Martín héroe y también una visión crítica hecha por quienes lo cuestionaban duramente. Ese es un ejemplo.

-¿Con qué criterio hay salas abiertas y otras cerradas en el Museo? Por ejemplo, la de Rosas?

-Tenemos tres salas abiertas. La Sala Rosas tenía una muestra anacrónica, no había seguridad suficiente. El Museo tiene que tener exhibiciones que reflejen otras miradas. Hicimos una muestra sobre las Madres de Plaza de Mayo, que son el símbolo de uno de los momentos más trágicos de la historia argentina del siglo XX. Las salas abiertas contienen los documentos de Mayo, hay otra con los tesoros del Museo (la guitarra de Manuelita Rosas, el piano de Mariquita Thompson, etc), una tercera con una muestra sobre la Vuelta de Obligado. No nos hagan creer que Rosas era el adalid del antiimperialismo. Fue un republicano, pero cuando llegó a Southampton, en Inglaterra, fue recibido con todos los honores. Hemos pedido hace meses 48.000 pesos para hacer una muestra sobre Cándido López que todavía estoy esperando. Lo único que conseguí fueron 30.000 pesos que me dio la subsecretaria Marcela Cardillo. Ella es muy cordial y escucha.

-¿Cuál es el proyecto oficial para el Museo Histórico?

-Se ha creado el Instituto de Revisionismo Histórico Manuel Dorrego. Esa es la línea oficial. Y yo creo que el museo tiene que tener una visión pluralista. La Argentina es una construcción histórica que no existía y esa complejidad tiene que ser exhibida. Mi proyecto era empezar con el poblamiento de lo que hoy es la Argentina, y llegar hasta la actualidad en una muestra permanente.

–¿Por qué es tan difícil mostrar la diversidad?

Porque éste es un país que se angustia frente a la diversidad, no puede admitirla. Uno no puede asustarse con los indios o los negros. Vea lo que ocurre con el pueblo qom. Se habla mucho de los pueblos originarios, pero después se los persigue. La Argentina es un país de consignas que la gente acepta como verdades inmutables. Y eso es el revisionismo histórico. Pero la identidad nacional está hecha de muchas cosas.

–¿Dónde queda el relato de la diversidad si se impone una historia oficial?

–Los ciudadanos tienen derecho a tener un capital cultural diverso y los museos tienen que entregar ese capital cultural y no bajar línea. Cada uno tiene que descubrir cuál es su patrimonio. Un circuito oficial puede ser válido pero no como relato único, como una visión de buenos y malos. El Museo Histórico Nacional tiene que ser un lugar donde cada uno encuentre su propia memoria. Finalmente tenemos una historia compartida y construimos una memoria con puntos de contacto.

Entrevista publicada por Clarín.

Espero que hayan leído atentamente y, si tienen ganas, debatimos un poco!

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