Nuevamente un artículo que combina historia y deporte. Otra vez se trata de un escrito de Ezequiel Fernández Moores. Este es especial para los que gusten de los temas relacionados con la Guerra Fría, espero lo disfruten.
La noticia, en medio de las competencias deportivas, pasó casi
inadvertida. Pero Zhuang Zhedong, que murió el domingo por un cáncer, a
los 73 años, en Pekín, fue protagonista central de "La Diplomacia del
Ping Pong", una historia clave entre los vínculos de la política y el
deporte. En 1971, era la estrella del equipo chino, que retornaba a las
competencias internacionales. Llegó al Mundial de tenis de mesa de
Nagoya, Japón, como tricampeón mundial de 1961 al 65. Todo cambió en
1966. Las persecuciones de la Revolución Cultural contra cualquier
atisbo de capitalismo incluyeron al ping pong, un deporte inventado por
los británicos. El entrenador Fu Qifang, el jugador Jiang Yongning y
Rong Guotuan, primer chino campeón del mundo en cualquier deporte,
"ícono de las virtudes revolucionarias", según lo había elogiado Mao
Tse-tung unos años antes, fueron acusados de espionaje y se ahorcaron en
1968. Zhuang, el más conocido de todos, fue dado por muerto por su
familia. No fue así. Estableció fuertes vínculos con Jiang Qing, esposa
de Mao, ocupó cargos políticos y volvió a las competencias. Cayó otra
vez en la cárcel tras la muerte de Mao, en 1976. Nuevamente
rehabilitado, Zhuang vivió sus últimos años como una celebridad en
China, obligado a recordar todos los 4 de abril un nuevo aniversario de
La Diplomacia del Ping Pong.
El 4 de abril de 1971, el jugador de tenis de mesa de
Estados Unidos Glenn Cowan, el otro protagonista de la historia, 19
años, flaco, pantalones ajustados y aire de hippie, sale tarde y sube al
primer micro que ve con el logo del Mundial. Es el micro del equipo
chino. El demonio rojo en años de Guerra Fría. Hay diez minutos de
absoluto silencio. Hasta que Zhuang se levanta de su asiento trasero,
conversa con Cowan a través del intérprete y le regala un grabado con
las montañas de Huangshan. Decenas de periodistas aguardan cuando ambos
bajan juntos del micro. "¿Le gustaría visitar China?", pregunta un
cronista japonés a Cowan. "Por supuesto", responde el norteamericano.
Seis días después, Cowan y sus compañeros se convierten en la primera
delegación de Estados Unidos que pisa China desde 1949, cuando Mao
asumió el poder. Al año siguiente, Richard Nixon se convierte en el
primer presidente de Estados Unidos que visita Pekín. Ese mismo año, las
Naciones Unidas admiten a China. Cuatro décadas después, todavía sin
democracia, pero en plena explosión capitalista, China se encamina a ser
la potencia número uno. Hoy todos quieren ser socios de China.
Mao y Nixon son los otros dos protagonistas de nuestra
historia. "La educación física -escribió Mao en su primer artículo
publicado- debería ser prioridad número uno." Pero el aburguesado Comité
Olímpico Internacional (COI) nunca fue de su agrado. Menos aún su
presidente, el cruzado anticomunista norteamericano Avery Brundage. El
equipo chino llegó a los Juegos Olímpicos de Helsinki 52 apenas un día
antes de la ceremonia de clausura. En 1963, China organizó en Yakarta
unas Olimpíadas paralelas, los Juegos de las Nuevas Fuerzas Nacientes
(Ganefo), con unos 3000 atletas de 70 países. Castigado durante la
Revolución Cultural de 1966, el deporte chino volvió al gran escenario
en los 70. Mao, ya muy enfermo, decidió invitar al equipo de ping pong
de Estados Unidos, según cuenta la historia oficial, entusiasmado tras
ver la foto de Zhuang y Cowan en el Mundial de Nagoya. Dio la orden
-cuenta Henry Kissinger en su libro sobre China- al volver en sí
"después de un largo narcótico". Roy Evans, presidente durante veinte
años de la Federación Internacional de Tenis de Mesa, sugirió sin
embargo en su libro de memorias que el episodio tal vez estuvo lejos de
ser tan espontáneo. Cuenta que en su paso previo por Pekín aconsejó al
presidente Chou En-lai que China, ya decidida a retomar relaciones
internacionales, debía aprovechar el Mundial de Nagoya para invitar a su
país a equipos extranjeros. En 1972, después de que Nixon visitó China,
Evans fue condecorado con la Orden del Imperio Británico.
Nixon, el último personaje de la historia, era un
fanático del football americano. Tanto que el equipo de los Redskins
(Pieles Rojas) evaluó pedirle que dejara de llamar aconsejando jugadas
inútiles. Nadie podía molestarlo cuando veía football por TV. Durante la
Guerra de Vietnam, su apodo en todos los comunicados internos del
gobierno de Estados Unidos era "Quarterback". Nixon se negó a perdonar a
los atletas del Black Power de México 68, sancionó una ley histórica
sobre apoyo económico igualitario al deporte femenino para frenar el
avance de la URSS en los Juegos y, tras "La Diplomacia del Ping Pong",
él, un anticomunista furioso, viajó en 1972 a China para iniciar el
deshielo. Ese mismo año, Nixon-Kissinger creyeron que la partida por el
título mundial de ajedrez entre Bobby Fischer y Boris Spasski también
contribuiría a aflojar la tensión con la URSS. Pero Fischer,
imprevisible en su locura, terminó convirtiendo el duelo en un nuevo
capítulo de la Guerra Fría. Nixon viajó igualmente ese año a Moscú. Al
año siguiente derrocaría al chileno Salvador Allende. Y en 1974 se iba
él, acusado por el escándalo de Watergate.
Cowan, que murió en 2004,
con apenas 52 años, en plena operación de corazón, fue durante una
semana portada de la prensa mundial con sus compañeros mientras duró su
visita de abril de 1971 a Pekín. Posó en la Muralla China con una famosa
remera de Let it Be, preguntó en medio del estupor de los chinos si Mao
estaba vivo o muerto e intentó convencer a Chou sobre la seriedad del
movimiento hippie. Los partidos contra el equipo chino fueron
televisados a todo el país. "Fuck you", gritó enojado cuando advirtió
que el anfitrión le dejó ganar algunos puntos. El deporte, se sabe, era
simplemente una excusa. Mucho tiempo antes, en la Argentina de 1912, el
general Julio Argentino Roca bajó en el entretiempo a los vestuarios,
con el marcador 3-0, para pedirles a los jugadores argentinos que
aflojaran, porque el partido, de carácter amistoso, había sido
organizado para mejorar la relación con Brasil. Fue inútil. Argentina
terminó ganando 5-0. El fútbol, y menos ante un rival vecino, no suele
ser el mejor escenario para la distensión. Pocos, por ejemplo, pensarían
hoy que un amistoso Argentina-Inglaterra sería una buena idea para
destrabar Malvinas. Y no sólo por La Mano de Dios.
Al Mundial de 1966, primero y único ganado por
Inglaterra, que además fue el anfitrión, la memoria popular lo recuerda
como el de la expulsión polémica de Antonio Rattín en Wembley. Pero hubo
más: la caída del campeón Brasil primero, con Pelé y sus compañeros
molidos a golpes en la primera rueda y, luego, la doble eliminación de
Argentina contra Inglaterra con árbitro alemán y de Uruguay contra
Alemania con árbitro inglés, con expulsiones y goles anulados incluidos.
La "conspiración contra los favoritos sudamericanos" provocó oleadas de
indignación en toda la región. "Ya no creen más en nuestro concepto de
fair play y sportmanship", admitieron los informes que las embajadas
británicas enviaron a Londres. El escenario supuestamente puro, neutral y
apolítico del deporte siempre sirvió de herramienta al poder político,
pero las pasiones del fútbol, por mucho arreglo de apuestas clandestinas
que se denuncie estos últimos días en el mundo, siguen siendo difíciles
de controlar. No podría aplicársele al fútbol la célebre frase de Mao
sobre La Diplomacia del Ping Pong, cuando "la pequeña pelota -dijo el
líder chino- impulsó a la grande".
Artículo de Ezequiel Fernandez Moores para Canchallena.com