miércoles, 26 de diciembre de 2012

El origen popular de la Argentina


Quiénes son las clases populares? ¿Cuáles han sido sus roles en la historia de nuestro país? ¿Dónde se encuentran los relatos de su pasado? 

Carlo Ginzburg decía que la escasez de testimonios propios de las clases subalternas es el primer obstáculo con el que tropiezan las investigaciones históricas. En efecto, un rápido repaso de la historia oficial de cada nación, seguramente permitiría constatar que esos relatos canónicos han sido concebidos sobre todo a partir de las perspectivas e intereses de las elites políticas y económicas. 

Sin embargo, desde mediados de los años ochenta, en el campo de la historiografía a nivel internacional, parece haberse ganado una batalla orientada a reivindicar el lugar de las clases populares como objeto de estudio y sujeto del relato, y de este modo reparar la laguna acerca del papel que éstas han tenido a la hora de “hacer la historia”.

Hacer la historia

Una colección de historia argentina de reciente aparición, dirigida por el agudo y prestigioso investigador José Carlos Chiaramonte, acerca algunas claves valiosas para adentrarse en esta problemática en términos nacionales. Bajo el título Historia de las clases populares en la Argentina , se han publicado dos tomos: Desde 1516 hasta 1880 , escrito por Gabriel Di Meglio, y Desde 1880 hasta 2003 , por Ezequiel Adamovsky, dos jóvenes historiadores académicos.

Se considera que la invasión española da lugar a la formación de una nueva sociedad, cuya estratificación –diferente de la existente en el continente hasta entonces– marcaría el origen de las clases populares en la Argentina. En esta línea, el tomo de Di Meglio proporciona un panorama original de las clases populares durante la época de la Colonia, ocupándose de los avatares de ese heterogéneo universo compuesto por miembros de tribus indígenas, morenos esclavizados, mulatos, zambos, mestizos y blancos pobres como los gauchos, los peones, los jornaleros, los artesanos, las costureras, etcétera. 

Sin duda, durante este período, el color de piel resulta un factor determinante para definir la pertenencia a las clases populares, dado que todos aquellos que no fueran blancos estaban condenados a padecer condiciones de inferioridad jurídica.

En su libro, Di Meglio reconstruye distintos motines, levantamientos indios y rebeliones de esclavos, y muestra cómo la coyuntura surgida tras las invasiones inglesas termina incidiendo en el protagonismo que las clases populares tendrían a partir del estallido revolucionario. La ruptura del sistema colonial, la necesidad de soldados para la movilización militar y las diferencias internas entre las elites abrieron un espacio que posibilitó, en el terreno político, un nivel de intervención popular inédito hasta el momento. 

En ese contexto, “Patria” debe haber sido un concepto en el cual diversos miembros de distintos grupos del llamado “bajo pueblo” pudieron proyectar convicciones y aspiraciones propias; y fue por ende un concepto decisivo en el alto grado de politización que alcanzaron las clases populares durante este período de lucha revolucionaria. 

Si la historiografía tradicional suele destacar dos grupos en la Revolución de Mayo –los españoles peninsulares y los criollos–, el relato de Di Meglio permite apreciar una imagen bastante más amplia y adecuada de aquella realidad histórica. Por ejemplo, en el Ejército del Norte convergieron plebeyos urbanos, negros y paisanos de Buenos Aires, que formaron el núcleo central, con campesinos de todas las provincias y con indígenas jujeños y altoperuanos. 

Muchos de ellos no sólo luchaban por la Independencia, sino también por mejorar su situación concreta. Hubo militares plebeyos que ascendieron tras su actuación en el combate, campesinos que accedieron al usufructo de tierras y esclavos que consiguieron su libertad. Podemos además imaginar el gran cambio que significaría para las clases populares la disolución del sistema de castas. 

Identidades nacionales

El momento fundacional de la historia de nuestro Estado, simbolizado en el año 1880, resulta revelador para pensar el lugar de las clases populares en los relatos oficiales. En su estudio, Adamovsky sugiere que la contracara del impulso europeizador de los fundadores de la nación habría sido una “verdadera catarata de desprecio” por las culturas de las clases populares locales. Un desprecio que encuentra condensado en la célebre frase de Alberdi: “En América todo lo que no es europeo es bárbaro”. 

Desde 1880 las elites políticas y económicas consolidarían un mito pregnante en el relato canónico de nuestra historia: el crisol de razas. Esa metáfora orientada a homogeneizar las identidades múltiples de los inmigrantes y hacerlas converger en la unificación de la identidad nacional, “los argentinos”, habría implicado, según Adamovsky, el borramiento de la existencia de otras razas que no eran precisamente europeas, y de algún modo lo que sería su perdurable estigmatización a lo largo de nuestra historia. 

Desde esa perspectiva, el mito del crisol parece entrañar el supuesto de que todos los grupos étnicos existentes se fusionaron de algún modo en una “raza” argentina homogénea, cuyo ejemplar sería puramente blanco y europeo. La imagen del crisol (de europeos) vendría a complementarse más tarde con la extendida opinión de que “los argentinos descendimos de los barcos”, una imagen con la cual las clases medias se habrían identificado a tal punto que con el tiempo se volvió una expresión, digamos, del sentido común.
En contraste, el libro plantea que dichas imágenes de nuestra identidad nacional no representan realmente a la mayoría, y que dejan de lado a buena parte de las clases populares –sobre todo los descendientes de indígenas y de africanos en Buenos Aires. A modo probatorio, señala que los estudios genéticos recientes revelan una realidad demográfica distinta, ya que más de un cincuenta por ciento de la población actual de argentinos lleva sangre indígena. 

Protagonismo político

Junto con el primer período de desarrollo del capitalismo en nuestro país, a principios del siglo XX las clases populares parecen recuperar protagonismo político. Esa recomposición política iba de la mano de los trabajadores con oficios de cierta calificación, que tenían más poder de negociación frente a las patronales. En este período despunta la organización sindical de los obreros, se producen las primeras huelgas generales, y en estos sectores se expresa firmemente una cultura del antagonismo de clase. El anarquismo, el socialismo, el sindicalismo revolucionario y el comunismo, teorías y prácticas a menudo traídas de sus lugares de origen por inmigrantes europeos que ya conocían esas formas de organización y de lucha, se van afianzando y se extienden hasta lograr imprimir una ideología clasista incluso en una parte de los sectores medios.

No obstante, el momento de mayor protagonismo de las clases populares remite a los tiempos de Juan Domingo Perón. En este punto, resulta interesante observar que el libro de Adamovsky se permite analizar el fenómeno sin convertirlo, como es usual, en una palestra para la eterna e irresoluble polémica entre peronistas y antiperonistas. Si bien sus apreciaciones acerca de la figura de Perón traslucen una escasa simpatía hacia el líder del movimiento popular, su reconstrucción histórica lo lleva a afirmar que en estos tiempos las clases populares lograron afirmar su propia identidad en la Argentina “blanca y europea” que pretendía seguir excluyéndolas e invisibilizándolas.

Seguramente los historiadores nunca se pondrán de acuerdo acerca de lo que fue el peronismo. Adamovsky lo define como una mezcla entre el “proyecto político de Perón, el interés propio de los dirigentes obreros y el aporte plebeyo y revulsivo de las masas”. También sostiene que el movimiento obrero, que había ido intentado en repetidas ocasiones superar su fragmentación en distintas facciones, pero seguía fragmentado, se convirtió con el peronismo en un sujeto político unificado. Con esa ganancia, sin embargo, de acuerdo a la mirada de este historiador, el sindicalismo “perdió autonomía” atando su destino a la figura de su líder, al mismo tiempo que Perón se habría visto obligado a “sostener la imagen pública de tribuno de la plebe, que no pensaba inicialmente asumir y que no combinada bien con su propia ideología”. 

Pero al margen de las interpretaciones –y aceptando que en el terreno del análisis de la acción de los líderes a veces se vuelve imposible distinguir cuáles son expresiones genuinas de convicciones ideológicas y cuáles producto del mero calculo político–, lo cierto es que el peronismo afectó las jerarquías sociales y los valores que las elites argentinas venían inculcando desde el siglo XIX. Los rasgos de las clases populares que habían sido connotados negativamente, cobraron un carácter afirmativo y se tornaron en cierta forma expresiones de un “orgullo plebeyo”. 

Es de destacar el hecho de que se recuperaran algunas palabras descalificadoras para emplearlas esta vez con un sentido positivo, como hacían aquellos que se llamaban a sí mismos “descamisados”, o como hacía Eva Perón cada vez que se dirigía a sus fieles diciéndoles “mis cabecitas negras” o “mis grasitas”. Así, para bien o para mal según quién lo mire, la experiencia del peronismo y su estética marcaron profundamente la identidad y la ideología de las clases populares en la Argentina.

Lo múltiple, lo diverso, lo yuxtapuesto

Llegado este punto cabría volver al principio: ¿quiénes son las clases populares? La pregunta no es en realidad tan simple de responder. A menudo se dice, retomando a Antonio Gramsci, que la clase dominante tiene una concepción del mundo elaborada y sistemática, políticamente organizada y centralizada, que es hegemónica en tanto consigue imponerse en el conjunto del entramado social. Por el contrario, la visión de las clases subalternas remitiría al registro de lo múltiple, lo diverso y lo yuxtapuesto. 

Por ello, aciertan los autores de estos tomos de la Historia de las clases populares en la Argentina cuando reconocen que “clases populares” es un término “arbitrario y un poco impreciso” (Di Meglio), cuya elección fundamentan ante todo por su carácter político. El término designaría entonces a todos aquellos que están “desposeídos del control de los resortes fundamentales que determinan su existencia”, y que se encuentran sometidos a situaciones de “explotación, opresión, violencia, pobreza, abandono, precariedad o discriminación” (Adamovsky). Así, más allá de las diferencias internas, lo que estas clases compartirían sería una situación común de subalternidad respecto de las elites; es decir, el mundo popular se recorta en contraste con el mundo de la clase dominante. 

Resulta irrebatible que no hay ninguna “esencia” de lo popular, así como tampoco existe un único sujeto, permanente y uniforme a lo largo de la historia, que podamos definir como clases populares de una vez y para siempre. Como bien señaló el historiador inglés E. P. Thompson, la noción de “clase” entraña la noción de relación histórica. Y como cualquier otra relación se trata de un proceso fluido, que elude el intento de detenerlo en seco y formular la existencia de una estructura invariable.

Cada nación puede ser concebida, como propuso el estudioso del nacionalismo Benedict Anderson, “una comunidad imaginada”, y acompañada por el relato de un poder que para gobernar precisa, necesariamente, construir un consenso favorable a sus intereses y lograr que se perciban como intereses generales. Las clases populares pueden ser conservadoras o progresistas, reaccionarias o innovadoras, y en gran medida eso depende de cómo se relacione cada uno de los grupos que las conforman con la cultura hegemónica. Dicha relación puede ser de resistencia, de combate, puede estar orientada a influir en los espacios de poder para obtener reivindicaciones propias, y puede también expresar adaptación o adhesión pasiva a las formaciones políticas dominantes.

Las clases sólo se constituyen en tales como resultado de ciertos procesos de articulación política. En ausencia de este tipo de articulaciones, no existirían las clases propiamente dichas, sino apenas categorías ocupacionales o económicas aisladas unas de otras. De ahí quizá que este recorrido a lo largo de una parte de nuestra historia permita concluir que los momentos de mayor protagonismo y politización de las clases populares han sido aquellos en que éstas han logrado estar más articuladas. En buena medida, los frutos de sus luchas han tenido que ver con su posibilidad de tomar conciencia acerca de experiencias compartidas e intereses comunes, así como también con su capacidad para establecer alianzas y negociar con otros sectores.

Articulo publicado por el diario Clarín.

1 comentario:

José María Souza Costa dijo...



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