lunes, 11 de enero de 2010

Una aproximación a la conformación del Estado Absolutista en Francia

La conformación del Estado Absolutista francés está signada por varios factores individuales y distintivos. El primer factor que Anderson menciona es la lenta extensión, por parte de la dinastía de los Capeto, de los derechos de soberanía, hacia el exterior de su “base” de la Isla de Francia. 

Si bien “los lejanos condados y ducados de Francia siempre habían prestado lealtad nominal a la dinastía central (… y ello) permitía una jerarquía jurídica que facilitaría más adelante la transición política”, es bien cierto también que el poder de la monarquía se diluía conforme se agrandaba la distancia entre París y los territorios periféricos.



Es preciso señalar que, como toda dinastía, los Capeto tenían enemigos políticos; en este caso se trata de la Casa de Borgoña, un ducado del norte. 

Otro factor problemático en la conformación estatal francesa es la densa población, que con veinte millones de habitantes en el sigloXVI dobla a España, esta abundante población no es problemática en sí, sino por la variedad que la vida presenta en las distintas regiones del territorio francés, lo cual implica asimismo una gran variedad regional en el sistema político administrativo. 

La centralización, en Francia, se va a producir entonces de modo “convulsivo”, y signada por las repetidas interrupciones que significaron “recaídas en la desintegración y en la anarquía provincial”. 

Finalmente, esta lenta centralización, que Anderson caracteriza como “concéntrica”, llegó a su fin con el fin de la dinastía de los Capeto. La consecuencia inmediata de la caída de esta dinastía fue la violencia y la guerra. 

Justamente, es la Guerra de los Cien Años la que inicia un proceso de tres rupturas políticas. Este conflicto dejó como herencia, además del territorio arrasado, una “emancipación fiscal y militar de la monarquía de los límites del anterior sistema político medieval. En efecto, la guerra sólo pudo ser ganada gracias al abandono del sistema señorial de servicios de caballería (…) y con la creación de un ejército regular pagado, cuya artillería fue el arma decisiva de la victoria”. 

Además, la ya mencionada taille royale aparece también en esta época, en 1439 precisamente. Al año siguiente, este tributo se regulariza y se convierte en la taille des gens d’armes, de la cual estaban exentos el clero y la nobleza, ésta con carácter hereditario. Adelantándonos un poco a las conclusiones, entonces, tras este muy prolongado conflicto, aparecen dos de los elementos distintivos del Estado absolutista: ejército y sistema fiscal incipientes. 

Si bien “el aparato coactivo y fiscal del Estado Central todavía era muy pequeño” , la monarquía aparece reforzada por “las compagnies d’ordennance, capitaneadas por la aristocracia, y un impuesto fiscal directo que no estaba sujeto a ningún control representativo”. 

Sin embargo, lo que la monarquía no tenía era una nueva administración que se ajustara al ámbito nacional. Con esta idea, y por la necesidad de crear aceptación para los nuevos impuestos necesarios para el sostenimiento de la estructura absolutista, apareció con Carlos VII (1422 – 1461) la convocatoria a los Estados Generales. 

El problema con que se topó la monarquía fue que los diputados regionales llegaban con instrucciones de no apoyar la implementación de nuevos impuestos nacionales, los cuales tampoco tenían apoyo de la nobleza, que no obtenía nada de ellos. 

Fortalecidos por “el acaparamiento sistemático de los gobiernos municipales (…) la exacción arbitraria de mayores impuestos y la represión de las intrigas aristocráticas” , los monarcas dejaron de convocar paulatinamente a los Estados Generales, truncándose de este modo la posibilidad de un Parlamento nacional. 

Tardó, todavía, algunas décadas la monarquía para terminar de asentarse y convertirse en “absoluta”. Anderson señala que luego de 1517 los Estados Generales no fueron convocados nunca más y la política exterior se convirtió en un terreno exclusivo de la monarquía, aunque reyes como Francisco I y Enrique II consultaban con frecuencia a las Asambleas Regionales y respetaban los privilegios de la nobleza. 

La monarquía evitó el ocio de la nobleza, y se embarcó en la empresa de conquistar Italia, en la que Francia fue derrotada por España, quedando rubricada la devolución de territorios por ambas partes y, sobre todo, la renuncia por parte de Francia a cualquier ambición en Italia. Fue un tratado importante por los firmantes (Inglaterra, Francia y España) y por la duración de casi un siglo de los acuerdos alcanzados. 

Tras esta aventura bélica, la monarquía podría haberse visto fortalecida, pero el fallecimiento de Enrique II desató en Francia terribles luchas internas. Conflictos de carácter religioso que acompañaron a la Reforma; luchas por el control de la corona entre los hugonotes y la Santa Liga; y las guerras de religión, fogoneadas por los linajes rivales de Guisa, Montmercy y Borbón. 

Estas tres casas incrementaron sus filas de combatientes gracias a la delicada situación de los propietarios rurales más pobres que, al margen de las convicciones religiosas que los dividían, entraron al conflicto como cuadros militares. 

Anderson explica que se ha barajado la hipótesis de que las orientaciones comerciales hacia mercados internos y externos influyera en la división, pero que es más probable que “la pauta geográfica general del protestantismo reflejara el tradicional separatismo regional del sur”. 

Sin embargo, y a pesar de los numerosos detalles que podríamos enunciar respecto de las disputas religiosas, teñidas por otra parte de tintes económicos y políticos, lo destacable es que dichas disputas se extienden provocando una devastación cada vez mayor en el mundo rural, lo que traerá aparejados levantamientos no religiosos en la última década del siglo XVI. 

Frente a la amenaza de las masas populares levantadas, “la nobleza comenzó a cerrar filas (…) Enrique IV aceptó tácticamente el catolicismo, reunión a los patrocinadores aristocráticos de la Liga, aisló a los comités y suprimió las rebeliones campesinas. Las guerras de religión terminaron con la reafirmación del Estado real”. 

A partir de aquí, Anderson señala una serie de pautas que dan la idea de que el Estado absolutista alcanzó su madurez:

• Los particularismos regionales tradicionales tenían representación en los parlements provinciales.
• Crecía en distintos puntos una burocracia comercial que controlaba los municipios.
• París reconstruida se convirtió en la capital permanente del Reino
• Se conservó la paz exterior
• Se duplicaron los ingresos a las arcas reales, a través de impuestos indirectos y de una mayor racionalización del gasto.
• Se implementó la paulette, la venta de cargos, que fue creciendo progresivamente, pasando de representar el ocho por ciento del ingreso al treinta y ocho por ciento a mediados de la década de 1620.
• Al mismo tiempo, Richelieu y sus sucesores se empeñaron en la racionalización administrativa, a fin de asegurar el control y la intervención real directos. 

El mismo Armand-Jean du Plessis conde y cardenal de Richelieu fue importante en la modernización del Estado, ya que fue quien con el fin antes mencionado terminó de aplastar a los hugonotes al capturar La Rochelle, abolió dignidades militares medievales, suprimió los Estados en cada lugar que fue posible e implementó la figura del intendant, un cargo de funcionario omnímodo designado directamente por el rey, cargo que se podía revocar, pero no comprar: “representaron el nuevo poder el Estado absolutista en los rincones más alejados del reino”, indica Anderson. 

La nueva modalidad del Estado francés tenía en sí algunas contradicciones y tensiones, pero facilitó la aceptación gradual por parte de la nobleza y su integración al nuevo “molde”, en tanto que la creciente burguesía se sumaba también, al calor de la rentabilidad que ofrecía la compra de cargos públicos. 

Asimismo, la burguesía adoptó también la tendencia a adquirir títulos nobiliarios y con ellos exención impositiva. La consecuencia es que el peso enorme del aparato burocrático racional recayó sobre las masas populares urbanas y rurales. 

La intervención francesa en la Guerra de los Treinta Años fue soportada por las masas, así como la imposición militar de los intendants en distintas regiones del reino. Cuando el peso fue insoportable, nuevamente se produjeron levantamientos, entre los cuales “la Fronda puede considerarse como la ‘cresta’ más alta de esta larga ola de rebeliones populares, en la que durante un breve periodo algunos sectores de la alta nobleza, de la magistratura de los titulares de cargos y de la burguesía municipal utilizaron a las masas descontentas para sus propios fines”. 

Muchos de los elementos disgregantes que marcaron a las guerras de religión aparecieron también en la Fronda. De hecho, Anderson señala que “el país pareció una vez más caer en pedazos a medida que las provincias se desvinculaban de París”. 

Sin embargo, el autor aclara luego que, para la monarquía, resultó este alzamiento menos peligroso que los enfrentamientos religiosos. Y ello se debe a que las clases propietarias estaban ahora más unidas, y se condujeron de manera “más solidaria” contra las masas. 

La consecuencia inmediata de la fronda para el nuevo estilo monárquico fue que, al acabar los enfrentamientos, “una selecta élite burocrática estaba entrenada y preparada” para la conducción del Estado, por lo cual la aristocracia quedó asentada bajo el absolutismo consumado de Luis XIV. Bajo este rey, el absolutismo francés alcanzó su plenitud. 

Para finalizar esta parte, es conveniente señalar dos aspectos: por un lado, entender la plenitud del sistema absolutista francés en términos de centralización del aparato administrativo, coercitivo, militar, diplomático y fiscal bajo la égida de un soberano que, a través de un cuerpo selecto de funcionarios designados a dedo, ejercía en el territorio la autoridad real. 

En segundo término, Luis XIV apuntaba a “un propósito específico: el objetivo superior de la expansión militar” , ligado a un fuerte y ambicioso programa mercantilista. 

Fuente y citas: Perry Anderson. El estado absolutista. FCE, 1992

1 comentario:

El Gaucho Santillán dijo...

Es lo que siempre sostuve.

Richelieu no era malo.

Tenìa mala prensa.

Muy interesante.