domingo, 6 de diciembre de 2009

La construcción de las libertades en la modernidad

F. Braudel indica que  “el destino de Europa ha estado determinado desde siempre por el desarrollo obstinado de las libertades particulares (…). Claro está que estas libertades sólo han podido plantearse al constituirse Europa como un espacio homogéneo y protegido” .
El autor señala que, si se pudiera hacer una compilación de todo el conocimiento sobre Europa desde el siglo V hasta la actualidad, y luego atravesar ese conocimiento con una palabra, esa palabra sería “libertad”.
Para él, las libertades son “un conjunto de franquicias, de privilegios, al amparo de los cuales se sitúa una determinada colectividad de personas o de intereses para (…) atacar a los otros” .
Braudel plantea diferentes tipos de libertad. En primer término, se refiere a la libertad de los campesinos, sobre la que señala que fue una de las primeras en apuntar, pero que no se realizó completamente, ni siquiera hoy. Esta libertad es concebida como el acceso del campesino a la tierra sin intermediarios de por medio.
La lucha por esta libertad, y de las aristocracias terratenientes por mantener sus privilegios sobre las tierras y los campesinos, ha acarreado como es de esperarse diversos enfrentamientos generados a partir de los levantamientos campesinos, contando la Jacquerie (1358) como una de los más famosos.
Estas sublevaciones “son siempre dominadas y aplastadas. Pero su amenaza, siempre latente, permitió a los campesinos salvaguardar una parte de las libertades y de las prerrogativas conseguidas” , lo que nos deja frente al panorama de una liberación de carácter progresivo, marcada por la violencia.
Podría señalarse siguiendo los razonamientos de Braudel que la Revolución Francesa,  con del desgravamiento de los derechos feudales culminó con esta evolución hacia un campesinado libre.
Por otro lado el autor menciona las libertades urbanas, cuestión que como veremos aparece como central en la conformación del EFA.
Braudel indica que luego de la extensa regresión que caracterizó los primeros siglos de la Edad Media, hacia el siglo X las ciudades apenas existían. Sin embargo, entre los siglos XI y XIII con los cambios que se producen en la economía europea, las ciudades parecen “volver a la vida”.
Quizás resulte importante aclarar que no dejó en ningún momento de haber centros urbanos, pero que el “apenas” que Braudel menciona refiere a lo limitado y escaso de la vida ciudadana, debido principalmente a la preeminencia del mundo rural.
Pues bien, como se señalaba, las ciudades comienzan a resurgir, de la mano de las manufacturas artesanales, de los movimientos demográficos, del mayor alcance del comercio. Algunas de ellas logran tal grado de desarrollo económico que se convierten  en lo que el autor denomina “ciudades-estado” : ciudades libres, establecidas principalmente en Italia y los Países Bajos, tales como Venecia, Génova, Florencia, Gante y Brujas.
Estas ciudades, dueñas de un dinamismo incontestable, no se parecen en nada al pesado aparato burocrático de los Estados absolutos. Sin embargo, para que estos surgieran, y la organización centralizada a la que Anderson refiere pudiera concretarse,
“hace falta que éstas se sometan, renuncien a algunos de sus privilegios , para poder salvaguardar otros. En compensación a la pérdida de sus libertades, se les abre el nuevo campo del Estado moderno (…) Se afirma una economía territorial que viene a sustituir a la economía urbana, que constituía un estadio precedente. Pero la economía territorial continúa siendo de dirección urbana. Las ciudades, junto con el Estado, siguen dirigiendo el juego” .
A pesar, de cualquier modo, de los ejemplos de ciudades poderosas e independientes que señalábamos más arriba, la Monarquía moderna tiene como centros de desarrollo España, Francia e Inglaterra, con soberanos de un nuevo tipo, cabezas de una monarquía que “se niega enseguida a reconocer ninguna autoridad superior” .
Por último, el autor se refiere a las libertades individuales las cuales, reafirma, no podemos concebir desde la óptica contemporánea, a riesgo de que al hacerlo la respuesta sea contundentemente negativa y pesimista.
Braudel afirma entonces que
“El movimiento intelectual del Renacimiento, y también el de la reforma (en la medida en que plantea el principio de una libertad de interpretación individual de la revelación), han puesto las bases de la libertad de conciencia. El Renacimiento y el humanismo afirman el respeto y la grandeza del hombre como individuo, exaltan su inteligencia, su poder personales”.
Para poder entrecruzar los razonamientos de Braudel y Anderson sería entonces conveniente trazar ejes que nos permitan articular ambas propuestas. Tomando la propuesta del segundo autor respecto de las libertades, establecemos los tres tipos correspondientes a las libertades campesinas, (tomando al campesinado como grupo con características e intereses comunes) ciudadanas (tomando a la ciudad como un todo que persigue determinados objetivos económicos de prosperidad y determinados objetivos políticos de independencia y autodeterminación) y las libertades personales.
Ya se ha dicho en la consigna anterior que el EFA no es más que una nueva versión del feudalismo, reciclado y organizado de modo que pudiera hacer frente a la amenaza de la burguesía comercial, surgida en el seno de las ciudades, que empiezan a mostrar características modernas, y en algunos casos ya son modernas.
Desde este punto de vista, resulta sencillo establecer la relación existente entre las propuestas de ambos autores: Anderson apunta sobre todo la reorganización de la aristocracia en torno de las modalidades feudales, y Braudel señala los diversos conflictos en pos de las libertades del campesinado: se establece una lucha que, poco a poco, va garantizando diferentes libertades al campesinado que, sin embargo, continúa gobernado por el poder feudal.
Respecto de las libertades y privilegios que las ciudades alcanzan y luchan por sostener, los planteos de ambos autores son similares, aún cuando el punto de partida de ambos es diferente.
Anderson establece claramente el predominio de la monarquía absoluta a través de la organización burocrática y jurídica; Braudel, por su parte, llega a la misma conclusión refiriendo el modo en que las ciudades se pliegan al nuevo modelo estatal territorial en la búsqueda de preservar sus intereses. No es curioso que ambos autores hagan mención, cada uno por las razones señaladas, de la venta de cargos a los señores nobles que poco a poco van reacomodándose en el nuevo modelo, al mismo tiempo que continúan ejerciendo su viejo oficio guerrero en la nueva estructura estatal.
Otra coincidencia entre ambos eruditos está en el señalamiento de que la estructura del EFA es pesada; más aún, nos queda la impresión de que se trata de una modalidad de gobierno caracterizada por la poca agilidad.
Finalmente, y acerca de las libertades individuales, en Anderson podemos ver cómo la reaparición del derecho romano viene a establecer la libertad individual en términos legales, por ejemplo con la propiedad privada. En Braudel, la libertad del pensamiento, la individualidad del cogito y la virtú, más parecida al poder y la gloria que a la virtud de los antiguos griegos, determinan  un nuevo modelo de hombre, nuevos paradigmas para concebirlo.
Para Braudel, la Revolución Francesa, que abolió los derechos feudales, no logró de terminar de cerrar la cuestión de los derechos individuales, porque el patrón continuó explotando a los empleados. Sin embargo, podemos decir desde una posición favorecida por la distancia temporal, que sin lugar a dudas coadyuvó en la lucha por alcanzar y sostener los derechos y libertades individuales.

Fuentes: 
Anderson, Perry. El Estado Absolutista. FCE, México. 1992
Braudel, Fernand. Las civilizaciones actuales. 

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