lunes, 13 de julio de 2009

Las epidemias y sus historias

Qué hacer frente a una epidemia o pandemia, esa parece ser la cuestión. Si se informan los casos, cómo se lo hace, quién combate la enfermedad, hasta dónde debe darse el aislamiento, cómo adaptar la vida cotidiana a la emergencia. Estos son tan sólo algunos de los debates que hoy provoca el ingreso al país de la denominada gripe A. Y ante ellos se pone en juego un manojo de estrategias, a veces certeras y otras tantas erróneas. La situación sanitaria y su impacto social implican desde hace meses en el país una novedad. Sin embargo las epidemias y sus efectos tienen historia.

Así lo evidencian los estudios realizados por especialistas en historia social. Las epidemias de cólera de fin del siglo XIX (1867. 1887 y 1894/95), la bubónica en el comienzo de 1900 y la de polio primero en 1930 y luego en 1950 son una muestra de cómo una epidemia también ataca la ilusión de que un enemigo externo, en este caso una enfermedad, obliga a una alianza entre los distintos sectores de una sociedad.

Municipios contra provincias y éstas contra la Nación, la discusión entre los médicos y los laboratorios, el rol de los medios de comunicación, las instituciones de la sociedad civil y sus múltiples propuestas conforman y conformaron un escenario tenso ante la aparición de una enfermedad desconocida.

Agustina Prieto es docente universitaria e investigadora del Consejo de Investigaciones de la Universidad Nacional de Rosario (UNR). Con diversos artículos publicados, donde analizó las epidemias de relevancia que afectaron a Rosario, advierte que este tipo de enfermedades "hacen un corte transversal de una sociedad, permiten ver qué pasa, cuáles son los conflictos sociales y políticos, evidentes y latentes".

"Además, las epidemias suelen crear situaciones e instituciones nuevas —agrega Prieto—. Las que yo estudié, que ocurrieron en la segunda mitad del siglo XIX y a principios de 1900 en Rosario, tuvieron una gran incidencia en la profesionalización de la medicina y produjeron consecuencias importantes en el desarrollo de la infraestructura urbana. Obras que estaban planificadas antes de la segunda epidemia de cólera, cuando se da la segunda se terminan de hacer, como la instalación de agua corriente".

—Ante una epidemia existe la ilusión de una alianza entre los distintos sectores, pero eso raras veces ocurre.

—Es sólo una ilusión. En las experiencias que yo estudié ocurrió exactamente lo contrario. Fue una arena de conflicto, incluso violento en algunos casos. Uno podría marcar diversas esferas. Entre el Estado y los médicos, pero a su vez entre las distintas jurisdicciones del Estado, por ejemplo entre la Nación y los municipios, y también puertas adentro del sector médico. En esto es clave entender que una epidemia siempre se produce porque hay algo que todavía no se conoce científicamente.

—¿Esos debates se cerraron en el pasado o aún continúan?

—En las epidemias de la segunda mitad del siglo XIX había un debate muy fuerte respecto del contagio. Una corriente de médicos planteaba que ante una situación de epidemia había que aislar a una ciudad o a un país por completo. Otra sostenía que debía actuarse sobre el foco específico, que podía ser un barco o un barrio, y en relación a un país, una ciudad, pero establecer cuarentenas generales. Ese fue un tema de debate científico muy crispado que además tuvo siempre proyecciones políticas. Porque, por ejemplo, imponer una cuarentena a una ciudad o un país implica aislarlos económicamente. En principio, uno puede decir que esa discusión es del ámbito científico: pero no, tiene proyecciones políticas muy importantes. Y en el caso de Rosario fue un debate que se resolvió de manera muy agresiva.

—¿En qué caso en particular?

—La epidemia más conocida, y sobre la cual se puede trabajar mejor, es la de peste bubónica, porque fue una epidemia sobre la cual la prensa decidió informar.

—¿En otras situaciones se decidió no informar?

— Sí, en la de cólera que hubo en 1895 los diarios de Rosario decidieron que no iban a informar sobre el desarrollo de la peste para no generar alarma y sobre todo para evitar que se pusiera un cordón sanitario. Entonces lo que sucedió es que los diarios de Buenos Aires informaban sobre lo que pasaba en Rosario mientras que en los diarios locales sólo había información sobre la epidemia en Montevideo o Río de Janeiro, pero nada de la ciudad. La decisión de no informar se hizo pública. Yo la seguí a través del diario El Municipio, que es el que hace la propuesta de no informar. Aparecen diferentes registros de muertos. En Rosario había médicos enviados por la Nación y por otro lado médicos del municipio. En el diario se podía ver que en un lugar aparecía que había muerto tal cantidad de personas, con nombre y apellido, de una cantidad de cosas distintas. Después, en otro lugar del diario aparecían listados de muertos según la Municipalidad, donde daban sólo el número y los nombres de los médicos que habían hecho las autopsias, que coincidían con los que estaban al frente de la campaña por la epidemia. Entonces, es evidente que hay gente que se está muriendo de cólera pero lo que el diario hace es no decir que se está muriendo de cólera, sino señalar simplemente que hay una cantidad de gente que se murió y no dice de qué.

—¿Esa situación cambió en enero de 1900, cuando apareció la peste bubónica?

— Sí, cuando la prensa se moderniza y empieza a mantenerse a través de los suscriptores y los lectores, entonces la epidemia es un gran tema. En enero de 1900 sí deciden publicar la información sobre peste bubónica. Es un tema que dispara la venta de diarios. Pero los diarios lo que deciden, de común acuerdo, es que hay una suerte de complot de los exportadores de Buenos Aires para cerrar el puerto de Rosario y creen que de ese complot participan los médicos de Buenos Aires. Entonces, los médicos que vienen del Departamento Nacional de Higiene son muy maltratados. Lo que hacen los diarios en Rosario es hablar mucho de la epidemia pero para señalar los errores de aquellos que han inventado que hay una epidemia en la ciudad.

—¿Pero igual la ciudad terminó aislada, la Nación dispuso un cordón sanitario?

—En realidad, antes hubo otros cordones sanitarios, pero este tuvo características espectaculares. El primer caso se conoció a través de un diario británico, porque un cónsul se lo pasó a un corresponsal. Lo dispone el gobierno nacional el 24 de enero. Se envían tropas del ejército para controlar el ingreso a la ciudad. Mientras tanto, hacia adentro se había decidido incendiar un millar de casillas en Refinería, donde estaba el foco. Se bañó y desinfectó a 24 mil personas, el 20 por ciento de la población. Seguramente fue espectacular. Además del cordón sanitario el gobierno de Julio A. Roca define que sólo el Ministerio del Interior de la Nación está autorizado en el país a mencionar que hay una epidemia. O sea, a partir de entonces hasta que el gobierno de la Nación no definía que había una epidemia nadie podía hablar de ella públicamente. Lo que se hace con esto es evitar debates entre los médicos y los distintos niveles de gobierno, algo que había ocurrido con las epidemias de cólera anteriores. Roca establece que eso no se debate más públicamente, hay una autoridad sanitaria que depende de la Nación, que es quien la determina. Muchos países actuaron así, no fue un invento argentino. Esto provoca otro problema: las autoridades sanitarias rosarinas piden resolver la situación desde la ciudad.

—¿Y cómo impactó en Rosario el aislamiento dispuesto por el gobierno nacional cuando se detectó peste bubónica?

—Cayó muy mal, fue pésimo para los rosarinos. Porque trajo consecuencias de pérdidas, se paró la economía. Ahora esa discusión retorna. Se cierran las escuelas pero no los shoppings. Claro, con las escuelas no pasa nada en términos económicos pero sí con las actividades comerciales.

—También ante las epidemias hubo debates científicos, que tuvieron proyecciones políticas y económicas.

—Sí, y no fue menos tenso. Definir si una determinada enfermedad se contagia o no, y cómo se contagia, es un debate científico pero que a su vez tiene proyecciones políticas y económicas. Son políticas porque son económicas. Por ejemplo, hay un debate en Rosario que se da durante la epidemia de cólera en el verano de 1894/95 en el que los médicos están divididos. Porque hay una parte de ellos que dice que es una revivencia de la ocurrida en el 87, sobre todo en la zona de Refinería, y que por alguna razón eso resurge. Pero hay otra hipótesis que dice que no, que a esa epidemia la trajeron unos trabajadores golondrinas de Brasil. Eso tiene una proyección económica y política clarísima. Decir que el cólera es autóctono es señalar al puerto local como infectado. Entonces si Rosario es puerto infectado, eso puede hacer que los otros países lo rechacen y elijan otro.

—¿La figura del médico fue clave en aquellas epidemias?

—En esa época se los llamaba higienistas y ese es otro tema. Aunque el higienismo tuvo mucha prédica y mucha presencia, la mayoría no era higienista. Los higienistas eran una minoría. Estaban convencidos de que la higiene pública encerraba la clave de una sociedad armónica. Ellos exigían tener poder político y ese es el origen en parte del problema entre los higienistas de Rosario y los de la Nación. Algo de eso pasó con la bubónica en la primera etapa. En Rosario, la Municipalidad quemó las casillas antes de que venga la Nación, hace una campaña pero no lo dice, porque tenían la convicción de que ahí había ratas e iba a ocurrir una epidemia, pero lo hacen sin decirlo para que no se cierre el puerto.

Noticia publicada por el diario La Capital.

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