martes, 19 de mayo de 2009

La Reconquista de La Mancha y Extremadura 2 - El papel de las órdenes militares

Esta prolongada lucha, de la que hablábamos sobre el final de la entrada anterior, impuso cambios importantes en la organización militar castellana. Para moros y castellanos la interminable guerra era en sí mismo un conflicto típico de la llanura, en donde de cuando en cuando se llevaban a cabo grandes campañas con objeto de conquistar territorios poblados, más allá de la zona deshabitada, pero en las que normalmente se realizaban incursiones y ataques seguidos de inmediatas retiradas con las que se trataba de sorprender al enemigo, devastar sus ciudades y heredades y, acto seguido, retirarse a través de las llanuras intermedias, con prisioneros, ganado y otra clase de botín. Por esto la zona del Guadiana obligó a los gobernantes de Castilla y de León a un costoso sistema defensivo y a tremendos esfuerzos para mantener el control de las rutas de montañas estratégicas y los puertos en las montañas como el de Muradal (Despeñaperros).

Del fuero de Cuenca (1189-1190) y de otras fuentes semejantes se deduce que los ejércitos urbanos con que contaban castellanos y leoneses estaban adaptados a las exigencias de la guerra de llanuras incluían caballería de caballeros cillanos o de la nobleza menor, residentes en la villa, e infantería de peones, ciudadanos soldados libres, pero no nobles, y arqueros de a pie y a caballo.

Propiamente hablando, pues, la guerra de las ciudades fronterizas era una guerra económica. En las campañas, a juzgar por lo que se hacía en Cuenca, la costumbre era que el ejército se dividiera en dos partes iguales: la azaga, a cuyo cargo estaba la construcción de una base de defensa, y la algara, propiamente dicha, que salía de esta base para lanzar sus ataques relámpago al campo enemigo y regresaba a ella para esperar el inevitable contraataque.

Bishko dice que en la segunda mitad del siglo se producen algunos cambios. Lo que se necesitaba, además de estas fuerzas regulares, como la crisis almohade de 1155-1175 reveló, era un nuevo tipo de soldados, que acampados en las proximidades de los puntos de defensa de la frontera, en el valle del Tajo o más al sur, pudieran guardar castillos y fortalezas adelantados, que estuvieran constantemente alerta, y que quisieran llevar a cabo la conquista y colonización de La Mancha y Extremadura. Sobre este fondo se yerguen de pronto poderosas en la historia castellanoleonesa las seis grandes órdenes militares de los Templarios, Hospitalarios, Calatrava, Alcántara y las dos ramas de la de Santiago, San Marcos en León y Uclés en Castilla.

Estos guerreros paramonásticos, los caballeros freires (Caballero profeso de alguna de las órdenes militares), a quienes la regla de Calatrava describe como durmiendo vestidos y armados, y siempre prestos para montar sus caballos de guerra y atacar a los moros, fueron los que, con caballeros y peones vasallos de sus tierras constituyeron la protección normal de los poblamientos de la zona fronteriza y el persistente azote de los almohades.

La conquista castellana de la cuenca del Guadiana, excepto la de los más meridionales afluentes del río, se había terminado en 1235; pero la era de la colonización se extiende, por lo menos, hasta finales del siglo XIII. Los esfuerzos de los reyes para promover el poblamiento y el desarrollo económico de aquella zona dependen, casi exclusivamente, de dos entidades: la villa y la orden militar. La gran importancia que para la colonización del territorio entre el Duero y el Tajo tuvo, en el siglo XII el concejo real contrasta con el papel secundario que desempeñó en La Mancha y Extremadura.

Es cierto que los reyes fundaron villas y ciudades en sus tierras (que se hubieran regido por el concejo real), hubo notables ejemplos de aquellas, con gran autonomía; pero tales villas fueron comparativamente pocas, por un lado porque las aglomeraciones urbanas permanecieron dispersas en la región de las llanuras, y en parte porque gran porción de ese territorio fue puesta en manos de las órdenes militares.

Mucho más importantes que los concejos de realengo como centros de colonización, lo fueron las órdenes militares que a través de La Mancha y Extremadura dirigieron el poblamiento y castellanización de la zona fronteriza. La actividad militar era sólo una de las cuatro funciones de las órdenes militares, que gobernaban y administraban justicia por medio de sus capacitados grandes maestres o priores y por sus subordinados comendadores.

Hasta los días de los Reyes Católicos, el gobierno era potestad y monopolio de las órdenes militares, como lo reconocen las leyes reales y fueros cuando los monarcas hablan de “mi tierra y las de las órdenes”.
Las órdenes no sólo reemplazan al gobierno del rey, sino también el de la Iglesia secular, exentas de la jurisdicción episcopal por privilegios papales, administran sus iglesias de señorío, nombran los párrocos y reciben los diezmos. No menos de admirar es que las órdenes militares prohiban radicalmente el establecimiento de centros monásticos en su “tierra”, y como parte de Cáceres, Badajoz y otras ciudades de realengo no toleran que se regalen, vendan o cambien tierras a las órdenes religiosas, esta región de llanuras constituye una extraña zona sin monasterios, y es la única gran área donde las órdenes religiosas no desempeñan papel alguno en la vida religiosa.

Por último, las órdenes militares fueron activos agentes colonizadores en la zona fronteriza del Guadiana, por medio de concesiones de tierras a nobles, que emprendieron poblamientos en ellas, y establecieron por sí mismas ciudades y pueblos a los que concedieron, para atraer colonos, fueros liberales.

A pesar de esto, muchas de estas ciudades no pasaron nunca de ser pequeñas, y preponderantemente rurales en su estructura social y económica.

Fue debido a que el ambiente no era propicio para el crecimiento urbano, pero también porque con frecuencia las órdenes concedían a los pueblos una, en cierto modo, limitada autonomía y retenían varios derechos y privilegios señoriales. Además los colonos no podían sentirse atraídos al ver que no se aplicaban las leyes reales y que se prohibían las apelaciones al rey en casos judiciales.

Fuente: El castellano, hombre de llanura. La explotación ganadera en el área fronteriza de La Mancha y Extremadura durante la Edad Media. Charles J. Bishko.

5 comentarios:

pcbcarp dijo...

Interesantísimo, señor. ¿Sabes? Hace tiempo tuve una discusión nocturna en el bar sobre la influencia de esto que cuentas en el actual reparto de votos en las elecciones españolas actuales. Castilla (la Vieja) y León, PP; Castilla-La Mancha y Extremadura, PSOE. Eso viene, a mi etílico juicio del diferente tipo de reconquista-colonización: cartas pueblas y milicias concejiles-pequeña nobleza por un lado (NOrte) y Órdenes militares y grandes señores por otro (Sur)

pcbcarp dijo...

¡Ahivá! acabo de darme cuenta de que me tienes enlazado como "blog de Historia". Cuánto e inmerecido honor.

Juan dijo...

Cuando a finales del siglo XI los castellano-leoneses de Alfonso VI cruzan el Sistema Central por el Guadarrama e invaden la Submeseta Sur, se encuetran con problemas nuevos en esos momentos.
Desde el siglo X, en el que invadieron la Submeseta Norte, las repoblaciones fueron cómodas: la presión demográfica les expulsó de la Cornisa Cantábrica (desde Galicia al País Vasco) y les fue fácil repoblar esos páramos esteparios, aridos, extremos de clima y abandonados de población. La Meseta Norte fue su salida natural y su granero, con sus planicies cerealísticas, y su pasto para sus ovejas merinas.
Pero, al pasar la Sierra, se encontraron con una ya muy nutrida población mudéjar y urbana y avanzada en la capital Taifa de Toledo (las ciudades feudales del norte no eran nada en comparación con Al Ándalus), la primera gran ciudad que se anexionan.
En efecto, las invasiones almorávides y almohades marroquíes estuvieron a punto de volver a expulsarles al otro lado del Guadarrama tras las derrotas de Sagrajas, Uclés (Alfonso VI) o la de Alarcos (Alfonso VIII). Sólo tras la batalla de las Navas de Tolosa en Despeñaperros-Sierra Morena, les abrió a los castelanos la puerta de Al Ándalus y el valle del Guadalquivir.
El fanatismo religioso de la Órdenes Militares (Santiago, Calatrava y Alcántara) impidió la debacle crisitiana.
Los repobladores ya no tenían ni la fuerza numérica demográfica ni el monopolio étnico: hubieron de convivir, por las buenas o por las malas, a tres bandas judíos, moros y cristianos; sinagogas, mezquitas e iglesias.
Tras las Navas (1212), la repoblación del Guadalquivir sería más compleja aún.
Saludos madrileños.

Juan dijo...

Por cierto, te recomiendo que en Google busques información sobre el Monasterio de Uclés (Cuenca), el llamado Escorial de La Mancha y fortaleza-bastión de la Orden de Santiago. También busca sobre el bello pueblo de Almagro (Ciudad Real), cabeza de la Orden de Calatrava y lugar de nacimiento de Diego de Almagro, rival de Pizarro y conquistador de Chile.
De Toledo imagino que ya lo tendrás trillado por su fama y su condición de ser la capital del primer Estado Español independiente: el de los visigodos.
Y sobre Extremadura medieval, Badajoz tiene una ciudadela almohade y fue un importante reino de Taifa: el reino Aftasí.
Saludos de nuevo.

Carlos dijo...

¡¡Qué buenos comentarios!! Muchas gracias, señores.

PCBCARP, ni tanto. Hoy estuve leyendo tu entrada sobre los mitos fundacionales, y está muy buena. Hace un par de años hice yo mismo un trabajo sobre fuentes acerca de la Guerra del Peloponeso. En algún momento supongo que verá la luz por aquí.

Juan, gracias por este aporte impresionante. Me anoto los consejos de búsqueda. Me interesa mucho el tema de las construcciones moras que quedaron en la zona de lo que fuera Al-Andalus, y seriamente pienso que en algún momento vamos a tener por aquí alguna reseña fotográfica de esos monumentos. De la Batalla de Alarcos tengo un trabajo también, pero es tan largo que casi no tendría sentido, pero trataremos de buscarle la vuelta, porque entiendo que es un momento crucial.

Saludos y abrazos a ambos.