miércoles, 3 de diciembre de 2008

El trabajo en la Edad Media - Parte VIII

La condición de los obreros
Heers plantea que “el trabajo textil en las ciudades paneras de la Edad media rompe decididamente con los hábitos del mundo feudal” . Porque el mundo urbano es testigo de otras estructuras sociales y otras mentalidades colectivas.

La industria de la lana o de la seda no eran empresas artesanales. La imagen clásica del obrero artesano, trabajando sobre su propia tarea, produciendo poco pero propietario de su taller, de sus herramientas y productos, no es aplicable en la ciudad para todos los oficios, sino sólo para algunos que generalmente son oficios de lujo, que ocupan un lugar limitado en la economía de las grandes ciudades de Occidente, por ejemplo los orfebres, los obreros del vestido, sastres, confeccionadores, etc. Cada artesano conserva una cierta libertad, aunque con la condición de respetar los reglamentos de la ciudad y de la corporación del oficio.

Ese pueblo de maestros artesanos, que muchos autores consideran que fue el símbolo de la ciudad medieval es -en las ciudades comerciales e industriales- poco numeroso y poco influyente. Lo que sí existía eran verdaderos empresarios de industria que dominaban los grandes oficios de la lana y la seda. Los burgueses, comerciantes en su mayoría, muy pronto controlan los trabajos textiles. El surgimiento, en ciertas ciudades de Flandes e Italia desde el siglo XIII, del gran capitalismo comerciante e industrial se explica según Heers por estas razones:
  • La extrema diversidad de las actividades, cada una de las operaciones requería de un obrero especializado y un jefe o capitán para controlar el trabajo.
  • La necesidad de reunir importantes capitales, de comprar las materias primas lejos y vender los paños en las ferias.
  • El papel político de los comerciantes de la ciudad. Sus asociaciones, conocidas como hansas en las ciudades del norte, detentan las principales magistraturas, de esta forma imponen sus propias leyes, mientras que los reglamentos municipales defienden sus monopolios.
La organización del trabajo en el gran centro textil muestra el manejo del pañero o sedero sobre los obreros. Él es quien compra las materias primas y sigue siendo su propietario, a lo largo de todos los procesos de la fabricación, hasta el momento que el tejido es vendido en su propio negocio, o por su cuenta, en las ferias y ciudades extranjeras. Él es quien elige y recluta su propia mano de obra. Frente a él, los obreros quedan en una condición muy precaria. Los obreros son generalmente hombres que vienen del campo en el momento del auge industrial de las ciudades, no tienen ningún tipo de derecho, no podían formar parte de las asociaciones de barrios, ni de las cofradías.

A esta mano de obra miserable se oponen los tejedores que tenían un taller y al menos un telar de tejer. Entonces ellos mismos empleaban y pagaban a algunos compañeros. Pero estos tampoco pueden librarse de la preeminencia económica del hombre de negocios, si bien forman asociaciones de oficios distintas de los pañeros, no participan jamás en los asuntos públicos de la ciudad.

Las ciudades y las asociaciones de los pañeros controlan las condiciones de vida y los salarios de todos los obreros textiles. También se encargan de reglamentar muy severamente la duración del trabajo. La cantidad de días al año de trabajo eran alrededor de 250, pero variaba mucho según las tradiciones de cada ciudad. Hay que tener en cuenta que eran muy abundantes las fiestas feriadas en las que los negocios y ferias permanecían cerrados, y también las fiestas religiosas, cada oficio veneraba también a su santo patrono.

Heers menciona que los pañeros, durante los años malos, usaban para reducir los salarios prácticas deshonestas, recurrían a la gente del campo, que se contentaban mas fácilmente, les pagaban con retraso en mala moneda devaluada o en especie: pan y vino, y por esta razón se producían graves tumultos o huelgas en las ciudades paneras de Flandes, sobre todo a fines del siglo XIII.

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