miércoles, 1 de agosto de 2007

Copiarse y plagiar en la era digital -1

Uno de los primeros trabajos fue el que nos propuso, como reflexión, nuestra profesora de Filosofía de la Educación acerca de las conductas y motivaciones que llevan a los adolescentes a copiarse en la escuela.
El disparador de la reflexión fue un artículo periodístico titulado "El machete digital", a partir del cual trabajamos algunas consignas. En esta primera entrega junto a David, coautor de este trabajo, apuntamos a las que nosotros creemos que son algunas de las razones por las cuales los chicos no encuentran motivaciones suficientes en la escuela.

Muchas de las cuestiones que tienen que ver con la falta de interés de los chicos, la violencia escolar, la apatía y el aburrimiento están relacionados con la escuela de manera troncal, pero la responsabilidad de estas conductas no está ligada sólo a la escuela si no a un contexto mucho más amplio, que resulta ser opresivo, al menos para el adolescente, por tratarse de un momento de la vida en que todo es puesto en cuestión por él/ella, y donde pareciera que ninguna de las opciones que aparecen en el camino de estos chicos fuera satisfactoria para sus necesidades.

Por otra lado, el contexto general del país, si bien han cambiado muchas situaciones de carácter estructural como la posibilidad de los padres de estos chicos de acceder a un empleo con menor dificultad que hace tan solo seis o siete años, no resulta del todo alentador: los jóvenes no pueden dejar de percibir la frustración de los mayores, sea a través del contacto con sus familias y otros referentes adultos, a través de los medios de comunicación social, e incluso a través del contacto e intercambio de experiencias con sus pares.

Estas afirmaciones nuestras vienen a colación, por ejemplo de lo que afirman Antelo y Abramowski cuando hablan de la falta de bienestar. Entre lo que falta, dicen los autores, están los contenidos, el elevar la autoestima, valores, afectividad, interés y motivación.

No es todo lo mismo, por supuesto, pero citando a Antelo en “El oficio de Educar”, como narcoeducador, podemos decir que “aquello que pasamos pareciera darle forma al otro, es como que fabricara al otro”. Entonces la responsabilidad cae en buena parte sobre la tarea del docente.

En el contrato pedagógico que propone Cullen, y de la misma manera al pautar las normas de la convivencia en el aula y la Institución, hay un medio válido para paliar algunas de estas cuestiones. Nosotros consideramos que, por ejemplo, para evitar que un alumno plagie una monografía entera desde Internet, primero tiene que entender dónde está el verdadero valor del esfuerzo, cómo se puede recompensar el esfuerzo personal puesto al servicio de su crecimiento como sujeto social. Y surge la pregunta: ¿Qué puede detener a un adulto que durante toda su educación no hizo más que plagiar y copiar?.

Del mismo modo, se debe mostrar a aquel que no cumple las premisas acordadas previamente cuál es el castigo. No sólo como sanción sin resultado moral, si no como instrumento de superación. La escuela es, creemos un lugar de aprendizaje, pero también es un lugar bastante apropiado para equivocarse y volver a comenzar, con las motivaciones adecuadas, con docentes que, sin salir del lugar que por definición les corresponde, puedan interactuar con los chicos asumiendo que son un referente y que las acciones llevadas a cabo en el aula generarán un reflejo en el futuro.

Cuando los alumnos reciben las consignas de trabajo, estudio o evaluación, suelen quejarse por la dificultad que estas consignas suelen presentarles, y prefieren, en general, un digesto de un tema dado, leerlo y repetirlo sin haberlo “masticado” adecuadamente. Estableciendo parámetros de carácter culinario, podemos decir que prefieren una hamburguesa de MacDonald’s en lugar de una comida preparada por ellos mismos, con el esfuerzo y el premio que ello significa: seguramente la segunda es más sabrosa.

La comparación viene a cuento, por ejemplo, de la falta de paciencia y la cada vez más rápida dispersión de los alumnos en clase. Es necesario, volviendo a Antelo y Abramowski, la motivación que les permita avizorar el valor (tanto áulico cuanto social) de la producción propia, de su propio discernimiento y de la formación de un pensamiento crítico sano, contextual y subjetivo.

En cuanto a los contenidos, recién en los ultimos tres o cuatro años la escuela empieza a ver la necesidad de trabajar con cuestiones que estén dentro de los horizontes de interés de los alumnos/as, hacer de estos intereses parte de los ejes que atraviesen las distintas materias. Esto choca muchas veces con la “teoría de la puerta”, donde el docente entra al aula, cierra la puerta y brinda los contenidos que cree más adecuados, aún cuando el desinterés es manifiesto. En este punto conviene decir que no sólo los alumnos están faltos de motivaciones y de convicciones, muchas veces son los docentes los que eligen un camino fácil de transitar, a sabiendas tal vez de que están causando un daño que, si bien no es irreparable, va a dejar una huella marcada en la formación pedagógica y social y en la personalidad del sujeto.

Por último, y volviendo un poco a lo que decíamos al comienzo acerca del contexto en que los chicos/as viven, las familias actuales, posmodernas, muchas veces no logran brindarles el espacio que necesitan. Por el trabajo, la falta de tiempo, la invasión de la televisión en los ámbitos familiares, entre otros factores, los chicos/as suelen aislarse en mundos virtuales como el chateo, los fotologs y, en muy pocos casos, los blogs de autor. Este aislamiento se refleja en la escuela, y se traduce en la apatía de la que hablaban estos autores.


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