miércoles, 3 de octubre de 2007

La batalla de Vilcapugio


En septiembre de 1813, meses después de la victoria de Salta, el ejército partiota -3500 hombres divididos en 6 batallones, 14 piezas de artillería y un regimiento de caballería- comandado por Manuel Belgrano se pone en marcha hacia el norte.

Por su parte, el coronel Baltasar Cárdenas, un caudillo patriota con fuerte ascendencia entre la población indígena, recibe instrucción de Belgrano para ponerse también en movimiento junto a sus tropas a fin de operar en conjunto en Cochabamba a la órdenes del coronel Cornelio Zelaya.

Cárdenas y Zelaya tenían la misión de sublevar a las poblaciones indígenas asentadas a la retaguardia del ejército realista, en tanto Belgrano los atacaría de frente.

La tropa patriota, sin embargo, tiene diversos problemas de consideración. Entre los hombres comandados por Belgrano hay muchos reclutas nuevos, la artillería es deficiente, escasean las mulas para transportar los pertrechos y la tropa no tiene casi abrigos. Los de Cárdena son apenas 2000 indios con pésimo armamento y casi nula disciplina.

Así y todo, a fin de septiembre de ese año, las tropas belgranianas alcanzan Vilcapugio, donde a primeras horas de la madrugada del primero de octubre el comandante es puesto sobre aviso de la presencia enemiga.

Las tropas realistas, comandadas por Joaquín de la Pezuela, forman en orden de batalla apenas levantado el sol, a la vez que Belgrano también había convocado a su ejército a formación para el choque.

Cuando éste finalmente se produce, la derecha y centro patriotas acometen con furor contra sus enemigos, desbandando el ala izquierda y sector centro del ejército realista. De hecho la caballería, que ataca desde la derecha, destruye completamente al regimiento realista contra el que carga.

El ala derecha realista, por su parte, impacta furiosamente a la izquierda patriota, obligada a retroceder. Cuatro oficiales, el coronel Benito Álvarez, el Mayor Baldón, el capitán Villegas y el capitán Apolinario Saravia, intentaron comandar ese ala para evitar el desastre, pero cada uno a su turno fueron muertos por disparos de armas de fuego de los de Pezuela. Sin jefes, la columna retrocede al punto de mezclarse en la confusión con una fuerza de reserva.

En este punto es donde comienza el desastre de la tropa patriota, ya que en el ala izquierda suena la retirada, lo que confunde al centro y ala derecha que cortan su avance y persecución sobre la tropa realista que, a estas alturas, estaba en franca desbandada. Primero entonces se detiene el avance, y cuando se ve la retirada del ala izquierda, el resto imita la acción. Pezuela por supuesto aprovecha la oportunidad única que se le presenta, reúne rápidamente su tropa y ordena el avance que provoca la desbandada, ahora del lado de los de Belgrano. El panico gana a los hombres y huyen, algunos a un cerro cercano, otros en dirección a Potosí, que había sido recientemente liberada.

Mientras tanto, Belgrano, que ha tomado la bandera nacional en su manos, ordena a los tambores tocar reunión. Consigue reunir a doscientos hombres, con los que intenta, en vano, proseguir el combate. Los realistas, por su parte, cañoneaban permanentemente la posición de Belgrano con la artillería que hasta horas antes había pertenecido a la tropa patriota.

Hacia las dos de la tarde, comienzan a reunirse en el campo los hombres que habían salido en desbandada. Con la cautela que caracterizó su campaña, Belgrano decide que no puede proseguir el combate, sino salvar a su tropa de una destrucción completa, por lo cual decide retirarse a Cochabamba, en tanto que instruye a Díaz Velez para que se dirija a Potosí, procurando además tratar de reunir a los hombres que habían huido en aquella dirección.

La retirada resultó por demás penosa, y como para ilustrarlo tenemos aquí una cita del general Paz haciendo el relato: "Caminamos el resto de la tarde y llegamos al anochecer a un lugar árido, llamado El Toro, que dista 3 leguas de Vilcapugio, y donde sólo había uno o dos ranchos inhabitados. Es la primera vez que comí carne de llama; la noche era extremadamente fría y sólo habíamos escapado con lo encasillado. Había oficiales que se tuvieron por felices de hallar un cuero de llama, chorreando sangre, en qué envolverse... Al día siguiente se continuó la marcha, llevando mi regimiento (los Dragones) la retaguardia. A poco trecho del lugar en que habíamos pasado la noche, se presentaba una cuesta larga, pendiente y muy arenosa; a la fatiga de la ascensión se agrega la de enterrarse un palmo los pies en la arena; cuando menos, era preciso un par de horas para subirla, atendido el estado de nuestros caballos, los que iban tirados por la brida y los jinetes a pie, prolongando inmensamente la columna. Yo subí de los últimos y me maravillé de no encontrar ni jefes, ni general, ni infantería, ni columna, ni cosa que se pareciese a una marcha militar. Todos, desde que hubieron llegado a la cumbre desde donde seguía el camino por unas alturas que presentaban menos quiebras, habían continuado sin parar y sin esperar a los demás, de modo que el pequeño ejército se redujo a una completa dispersión... y después de ser muy de noche y haber fatigado nuestras cabalgaduras, llegamos a un pueblecito llamado Caine, donde por fin supimos que estaba el General. Nos metimos en un rancho y pasamos la noche. Al día siguiente el General, de cuyos movimientos estábamos todos pendientes, no marchó; antes, por el contrario, empezó a destacar oficiales que recorriesen los alrededores y volviesen por el camino del día anterior, para indicar que allí estaba él y que allí debían reunirse. Es seguro que esa mañana (3 de Octubre) no había 100 hombres en Caine, de los 500 que estuvimos en El Toro; pero fueron llegando partidillas, de modo que por la tarde había cerca de 300... Todo el día 3 pasamos en Caine; el 4 sólo anduvimos una legua, hasta el pueblito de Ayohúma, dando siempre tiempo a que se reuniesen los dispersos. El 5 anduvimos 3 leguas y llegamos a Macha, pueblo de bastante extensión, donde se fijó el cuartel general".

Los partiotas perdieron en Vilcapugio unos trescientos hombres, muertos en combate, más de cuatrocientos fusiles y casi toda su artillería. Lograron reunir, entre Macha y Potosí, unos mil hombres, nada más, ya que el resto había desbandado.

El bando realista, en tanto, no salió tanto mejor de la parada: al menos quinientos cincuenta bajas entre muertos y heridos, y una gran dispersión a causa de la huida del ala izquierda y sector central de su formación de batalla. Las pérdidas, además de la falta de caballos, evitan que Pezuela inicie la persecución de los patriotas.

Fuentes:
Ministerio de Educación
Historia del País