lunes, 31 de marzo de 2014

Lo que Europa medieval hizo con sus adolescentes

Hoy en día existe la percepción de que los padres asiáticos tratan a sus niños con rudeza. Pero, hace cientos de años, en el norte de Europa regía una línea de disciplina particularmente dura con los menores, que eran enviados a vivir y trabajar en casas ajenas. Algo que, sin ninguna sorpresa, los jóvenes no siempre disfrutaban.



¿Cómo era la vida del adolescente europeo por entonces?

Alrededor del año 1500, un asistente del embajador de Venecia en Inglaterra se sorprendió ante los extraños estilos de paternidad que encontró durante sus viajes.

A sus amos en Venecia les escribió que los ingleses mantenían a sus hijos en casa "hasta la edad de 7 o 9 años a lo sumo", pero luego "los echaban, tanto a los hombres como a las mujeres, para que sirvieran en residencias de otras personas, obligándoles a permanecer allí generalmente por otros siete o nueve años".

Los desafortunados niños eran despachados de sus casas independientemente de su clase, "todo el mundo, por muy rico que sea, despide a sus hijos para recibir a otros extraños a cambio".

Aunque le dijeron que era por el bien de los pequeños, él sospechaba que los ingleses preferían tener a los hijos de otra gente en sus casas porque podían alimentarlos con menos comida y conseguir que trabajaran más duro.

Sus observaciones pusieron en evidencia un sistema que operaba en todo el norte de Europa en el período medieval y en los inicios de la edad moderna. Muchos padres de todas las clases sociales enviaron a sus hijos a trabajar como empleados o aprendices; sólo una pequeña minoría se dedicaba a la vida religiosa o iba a la universidad.

Eso sí: no eran tan jóvenes como el autor veneciano sugiere. Según Barbara Hanawalt, de la Universidad Estatal de Ohio, la aristocracia ocasionalmente despachaba a sus hijos a los 7 años, pero la mayoría de los padres los despedían más o menos a los 14.

Diarios y cartas encontradas en libros escolares medievales indican que dejar la casa era traumático. "Todo el placer que sentí siendo un niño desde los 3 hasta los 10 años, bajo el cuidado de mi padre y mi madre, ahora se ha transformado en tormentos y dolor", se queja un niño en una carta entregada a los alumnos para que la tradujeran al latín. Los siervos analfabetos no tenían manera de comunicarse con sus padres y las dificultades para el traslado eran tales que si los niños eran enviados a un lugar a sólo 30 kilómetros de distancia de casa igualmente podían sentirse aislados por completo.

¿De buena fe?

Entonces, ¿por qué evolucionó este sistema aparentemente cruel? Para los pobres, había un incentivo económico evidente: liberar el hogar de una boca que alimentar. Pero los padres realmente creían que estaban ayudando sus hijos al enviarlos lejos y, a la vez, así podían ahorrar un poco para costear un aprendiz.

Esos puestos de aprendiz solían durar siete años, pero podían extenderse por una década. Cuanto más largo fuera el plazo, más barato era: y esa es una señal de que el visitante veneciano no se equivocó al concluir que los adolescentes representaban una fuente de mano de obra barata para sus amos.

En 1350, la peste negra redujo la población de Europa a casi a la mitad, de modo que el trabajo asalariado se volvió costoso. La disminución de la población, por otro lado, significó que la comida se abarató, por lo que tener empleados residiendo en la casa tenía sentido para el amo.

"Había una sensación de que tus padres te podían enseñar ciertas cosas, pero se podían aprender otras si se vivía la experiencia de ser entrenado por alguien más", dice el académico Jeremy Goldberg, de la Universidad de York.

Es posible que también los padres lo vieran como una opción para deshacerse de sus adolescentes rebeldes. El historiador social Shulamit Shahar asegura que en ese momento se pensaba que para los extraños era más sencillo criar a un niño y que esa creencia generalizada en el norte de Europa llegó incluso a lugares de Italia.

Buena conducta por contrato

En el siglo XIV, el comerciante florentino Paolo de Certaldo aconsejó: "Si usted tiene un hijo que no hace nada bueno, entrégueselo a un comerciante para que lo envíe a otro país. O envíelo usted mismo a uno de sus amigos cercanos. Nada más puede hacerse. Mientras permanezca con ustedes, no corregirá su conducta".

Muchos adolescentes estaban contractualmente obligados a comportarse. En 1396, un contrato entre un joven aprendiz llamado Thomas y un brasero de Northampton (Inglaterra) llamado John Hyndlee fue avalado por el alcalde de la ciudad. Hyndlee asumió el papel formal de tutor y se comprometió a alimentar a Thomas y también a enseñarle su oficio y a no castigarlo muy severamente por sus errores. El joven, por su parte, prometió no irse sin permiso y tampoco robar, jugar, visitar prostitutas o casarse. Si el contrato llegaba a romperse, el plazo de su aprendizaje se duplicaría y pasaría a ser de 14 años.

Una década del celibato fue demasiado para muchos jóvenes y los aprendices adquirieron la reputación de frecuentar tabernas, en las que se comportaban de manera libertina y promiscua. Perkyn, el protagonista del cuento de Geoffrey Chaucer The Cook's Tale, es un aprendiz al que lo echan por haber robado a su maestro y se va a vivir con un amigo y una prostituta. En 1517, el gremio Mercers se quejó porque muchos de sus aprendices "eran enormemente desordenados" y gastaban el dinero de sus amos en "rameras y otros derroches". 

En algunas partes de Alemania, Suiza y Escandinavia, cierto nivel de contacto sexual entre adolescentes, e incluso veinteañeros, era sancionado. Aunque estas tradiciones sólo se describieron en el siglo XIX, los historiadores creen que se remontan a la Edad Media.

"La niña se queda en casa y un hombre de su edad va y se encuentra con ella", relata Colin Heywood, estudioso de la Universidad de Nottingham. "A él se le permite pasar la noche con ella, incluso puede meterse en la cama con ella, pero a ninguno de ellos se les permitía quitarse la ropa. En realidad no podían hacer mucho más que acariciarse".

Fuera de control

Hasta cierto punto, los jóvenes vigilaban su propia sexualidad. "Si una chica tenía reputación de ser demasiado fácil, se le dejaba algo desagradable en la puerta de su casa, para que todo el pueblo supiera que tenía una mala reputación", señala Heywood.

Los chicos también expresaban sus opiniones sobre la conducta moral de los mayores, en tradiciones como la "cencerrada", el ruido hecho con ollas, sartenes y trompetas, entre otros, para burlarse de los viudos en la primera noche de sus nuevas bodas. Si desaprobaban de un matrimonio -tal vez porque el marido golpeaba a su esposa o porque había una gran diferencia de edad- la pareja era sometida a la vergüenza pública.

Los jóvenes de Francia, Alemania y Suiza se organizaban en bandas y elegían a un "Rey de la juventud" cada año. "Salían a la luz en épocas como carnaval, en momentos en los que el mundo estaba patas para arriba", afirma Heywood.

Como era de esperar, las cosas se salían de control. El historiador Philippe Aries describe cómo en Aviñón los jóvenes intentaron apoderarse de la ciudad un día de carnaval, diciendo que darían "palizas a judíos y prostitutas si no les pagaban un rescate".

En Londres, los diferentes gremios se dividieron en tribus y participaron en violentas disputas. En 1339, los pescaderos estuvieron envueltos en grandes batallas callejeras con los orfebres. Pero irónicamente, los aprendices con la peor reputación de violencia eran los abogados: esos chicos tenían objetivos independientes y no vivían bajo la vigilancia de sus amos.

En los siglos XV y XVI, los disturbios entre los aprendices de Londres se hicieron más comunes. El objetivo de la mafia eran los extranjeros, incluyendo a los flamencos y lombardos. El 1 de mayo de 1517, una noche de saqueos y violencia conmocionó a la Inglaterra de los Tudor.

Para entonces, el número de aprendices en la ciudad se había incrementado y para los adultos era cada vez más difícil controlarlos, dice Barbara Hanawalt. Como disminuyeron las muertes prematuras por enfermedades infecciosas, los aprendices debían esperar mucho tiempo para independizarse de sus amos. "Había un buen número de jóvenes aprendices que no tenían ninguna esperanza de conseguir trabajo o tener un negocio propio", explica Jeremy Goldberg. "Había muchos chicos desilusionados y privados de sus derechos, predispuestos a desafiar la autoridad".

De ayer y de hoy

¿Cuán distintos eran los jóvenes de hoy y los de la Edad Media? Es difícil emitir un juicio con la información disponible, dice Goldberg.

Pero muchos padres de adolescentes del siglo XXI asentirán con la cabeza al reconocer que los jóvenes del siglo VIII, que eran esbeltos (a pesar de que comían mucho), veloces, atrevidos, irritables y activos.

También podrían derramar una lágrima sobre la rara colección de cartas del siglo XVI, escritas por los miembros de la familia Behaim de Núremberg y documentados por Stephen Ozment: Michael Behaim fue aprendiz de un comerciante en Milán cuando tenía 12 años. En la década de 1520, le escribió a su madre quejándose de que no le estaban enseñando nada del comercio o los mercados y que lo que hacía era barrer el piso. Para los padres, quizás, lo más preocupante fue leer que tenía miedo de contraer la peste.

Otro de los hijos de los Behaim escribió a sus padres desde la escuela en el siglo XVI. Friedrich, de 14 años, se quejaba de la comida, pedía que le enviaran indumentaria para guardar las apariencias frente a sus compañeros y preguntaba quién lavaría su ropa. Su madre envió tres camisas en un saco, con la advertencia de que " todavía pueden estar húmedas, cuélgalas en una ventana por un rato".

Y -como lo hacen las madres de hoy, sobre todo si tienen los hijos lejos- le hizo llegar sus consejos maternales: "Usa el saco en que te envío estas cosas para luego guardar la ropa sucia".

Publicada por BBC Mundo.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Tehuelches en foto

Esta foto fue publicada en la cuenta de Twitter del Archivo General de la Nación (@AgnArgentina). Se trata de un retrato del cacique Casimiro Biguá (o Biwá), nacido en los alrededores de Carmen de Patagones, e/1819 y 1820 – toldería Bahía San Gregorio, 1874. Fue un cacique principal del pueblo Aonikenk (o bien en mapundungun, tehuelche) desde 1840 hasta 1874, luego de suceder a María la Grande. Su territorio abarcaba desde el estrecho de Magallanes hasta el río Negro, siendo su centro de residencia, la toldería de la bahía de San Gregorio, ubicada en la orilla septentrional de dicho estrecho.


Se puede leer más sobre este cacique en Wikipedia.

viernes, 21 de marzo de 2014

La guerra sigue causando estragos a sitios históricos

 

El Ejército de Siria se ha hecho este jueves con el control del Crac de los Caballeros, la mítica fortaleza de los cruzados que data del siglo XIII y que está reconocida como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO (la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura). El castillo se encontraba en manos de los rebeldes, que durante meses se han escondido en sus torres y pasadizos, especialmente en los cuatro últimos, en los que las tropas fieles al presidente Bachar El Asad se han empleado a fondo para reconquistar la frontera con el norte de Líbano. La televisión oficial siria está emitiendo imágenes en las que se ve cómo los soldados han izado su bandera en el fuerte, que se encuentra en un aparente buen estado. Sin embargo, los Comités Locales de Coordinación indican que habría algunos daños por morteros lanzados contra los opositores.


Para leer más sobre este tema en El País (España), toque aquí.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Un mapa muestra los cambios territoriales europeos durante mil años

A propósito del conflicto en Crimea, que amenaza quebrar el equilibrio regional y modificar nuevamente las fronteras estatales, cuando menos, un amigo me envió por correo este vídeo que muestra en poquitos minutos los cambios que en ese sentido se dieron en Europa en los últimos mil años. 


El video muestra el mapa de Europa y el Medio Oriente y la evolución de las disputas territoriales desde el comienzo del siglo 11 hasta el 21. 

Pertenece a Centennia, un atlas histórico animado que muestra los cambios de más de 9000 fronteras en esa parte del mundo, evidenciando las guerras importantes y el conflicto territorial que muestra el estado de cada región a intervalos de una décima parte de un año, reflejando, según su página web, "el poder real de los países en el terreno, en lugar de las fronteras internacionalmente reconocidas".

Publicada por el diario La Nación.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Primera Guerra Mundial: Tres frentes vivos un siglo después

1. Galípoli, el nacimiento de la Turquía moderna





Es una mañana de invierno fría y radiante y el ferry cruza perezosamente el estrecho de los Dardanelos desde Canakkale hacia Eceabat, en la península de Galípoli, en el noroeste de la actual Turquía. La embarcación transporta algunos coches y autobuses y a unas pocas personas, que observan el mar casi vacío.

La imagen era muy diferente otra mañana de invierno, la del 19 de febrero de 1915, cuando acorazados británicos y franceses comenzaron a bombardear los fuertes que el Imperio Otomano —aliado de las Potencias Centrales— había establecido a ambos lados del estrecho.

Los Aliados querían controlar los Dardanelos y llegar hasta Constantinopla en el Bósforo. Su gran ofensiva naval tuvo lugar un mes después: 18 acorazados, acompañados de cruceros y destructores, buscaron alcanzar la parte más estrecha del paso. El resultado fue de tres acorazados hundidos y otros tres dañados.

Los Aliados decidieron entonces atacar por tierra. El 25 de abril, soldados británicos desembarcaron en el extremo sur de la península. Fuerzas australianas y neozelandesas, o ANZAC, por sus siglas en inglés, lo hicieron en una estrecha playa en la costa oeste, que acabaría siendo conocida como la Cala de ANZAC.

oy, la península de Galípoli recibe el ferry entre el frío y el viento y con un paisaje de pequeñas playas escarpadas y caminos que serpentean entre colinas llenas de pinos. Y de tumbas.
 
Lápidas blancas, pequeños monumentos y memoriales enormes surgen continuamente a ambos lados de los caminos y conforman 32 cementerios en los que yacen soldados del bando aliado. Además, hay al menos 28 fosas comunes en las que las tropas otomanas enterraron a sus caídos.

El día del desembarco, los turcos consiguieron contener el ataque pero en ANZAC pronto se quedaron sin munición. Mustafá Kemal, un teniente coronel de 34 años, arengó entonces a sus soldados: "Os ordeno no que luchéis sino que muráis. En el tiempo que pase hasta que muramos, otros soldados y otros comandantes podrán avanzar y ocupar nuestros puestos". Sus tropas, armadas únicamente con bayonetas, se lanzaron al encuentro de australianos y neozelandeses, que fueron contenidos.

Tras el conflicto, Kemal lideraría a los turcos en su Guerra de la Independencia contra los Aliados y, en 1923, se convertiría en el fundador de la República Turca. Acabó recibiendo el título de Ataturk, o "padre de los turcos". Hoy, Turquía conmemora la defensa otomana de Galípoli como el momento clave que dio origen a la idea moderna de su actual república.

Durante la campaña, una tregua permitió a australianos y neozelandeses confraternizar con los turcos, en lo que sería el inicio de una amistad particular. El sufrimiento compartido acabó provocando gestos de camaradería. Los turcos lanzaban dátiles y dulces al otro lado de la tierra de nadie y los aliados respondían con carne enlatada y cigarros.

"La Campaña de Galípoli se convirtió en algo muy importante para la psique australiana, cuando aún éramos un país joven y deseoso de mostrar a la patria ancestral que ya éramos mayores", reflexiona Nicholas Sergi, cónsul australiano en Canakkale y que extiende esta impresión a sus vecinos neozelandeses.

Hoy, Canakkale y la Península de Galípoli se han convertido en lugar de peregrinaje. El 25 de abril, día del desembarco, es para Australia y Nueva Zelanda el Día de ANZAC, una fiesta nacional que conmemora la Campaña y que cuenta con actos oficiales también en Galípoli. No sólo Turquía sino también los oceánicos trazan a aquella campaña el nacimiento de sus naciones.

En 1915, los Aliados, vencidos por la resistencia turca y la dureza de las condiciones, acabaron evacuando la península entre diciembre y enero. Aunque las cifras exactas se desconocen, se considera que cada bando sufrió unas 250.000 muertes, debidas tanto a los combates como a enfermedades. Medio millón de muertos, de los que unos 120.000 están enterrados en Galípoli.

“A esos héroes que derramaron su sangre y perdieron sus vidas, ahora vivís en la tierra de un país amigo, por lo que podéis descansar en paz. Para nosotros, no hay diferencias entre los Johnnies y los Mehmets que yacen juntos aquí en nuestro país”, escribió Ataturk en 1934 para conmemorar la batalla.

Hoy, ya de noche, el ferry vuelve hacia Canakkale. Una enorme inscripción iluminada en una de las colinas rompe la oscuridad. Son palabras del poeta turco Necmettin Halil Onan:
“¡Detente, viajero!
La tierra que pisas
Fue una vez testigo del fin de una era.”

Por Jose Miguel Calatayud (El País)

2. El frente del Piave

En Visnadello, un pequeño barrio del pequeño municipio de Spresiano, en la provincia de Treviso, a cuatro kilómetros del río Piave, hay una casa que narra una historia. Se llama, desde que se construyó en 1899, Casa Rossi. La historia que cuenta es tan gloriosa que los italianos la han convertido en leyenda, “La leyenda del Piave”: “Se oía al fin desde las amadas orillas, / susurrado y leve, el júbilo de las olas. / Era un presagio dulce y lisonjero, / el Piave murmuró: / No pasa el extranjero”. Durante varias generaciones, hemos crecido con estos versos en la cabeza, aprendidos en el colegio. Es una de las pocas victorias genuinas que podemos celebrar los italianos. Aquí, en las amadas orillas, durante tres años, nuestros soldados libraron con los austrohúngaros una de las batallas más terribles de la Gran Guerra. Al final, el extranjero no pasó.


Los Rossi siguen viviendo aquí. La mujer que me recibe se llama Norina, esposa de Giacomo Rossi, apodado Gimo, con el que tuvo dos hijos, Paola y Piero. Otro Piero, el padre de Giacomo, tenía 31 años en el otoño de 1917, cuando --después de la derrota de Caporetto--, el ejército italiano requisó la casa para convertirla en pusto avanzado del mando para la resistencia en el Piave. “Se evacuó a las mujeres --relata la signora Norina-- a Cento, en el Ferrarese; a mi futuro suegro Piero le llamaron a filas y le enviaron a Saronno, en Lombardía; su padre se quedó en casa como anfitrión de los soldados”. Los soldados eran los del 79º Batallón de Zapadores del Arma de Ingenieros, bajo el mando del comandante Mario Fiore, un napolitano nacido en 1886 y alumno de la Academia Militar de Turín. En una pared de la casa, una lápida colgada el 17 de junio de 1934 recuerda su presencia.

Cassa Rossi está hoy, en el edificio principal, prácticamente como en los años de la Gran Guerra. Salvo que entonces todo esto era campo abierto; había un martillo pilón para fabricar material agrícola y un molino alimentado por un ramal del Piave, el canal Piavesella. En el salón, junto al sofá, queda una caja de madera revestida de cobre en la que se guardaban los fusiles. “Mi padre, Luigi Secondo Bettiol, había nacido en el 99. Le llamaron a filas a los 17 años y luchó la batalla del Piave en Pederobba; después le nombraron Cavaliere de Vittorio Veneto”, relata la signora Norina, que ha escrito las memorias de la familia y conserva el diario que redactó el comandante Fiore en esta casa. Una reliquia.

Fiore llegó a Casa Rossi en febrero de 1918. “Estoy aquí desde ayer por la mañana”, anota el domingo 24 de febrero a las 17 horas. “Se trabaja para restablecer el dique principal de la orilla derecha del Piave”. En el Montello se reúne con los aliados ingleses, y su primera impresión es crítica: “Nada que aprender de los ingleses. Un comandante al mando de una batería inglesa nos ha dicho: ‘Aquí, en Italia, estamos de visita’”. En cambio, tiene buena imagen de los franceses: “Mucho que aprender, sobre todo en el uso de los aeroplanos y la artillería (...) Nosotros hacemos avanzar a la infantería sin gran protección de la artillería. Al hablar de nuestros soldados, el comandante francés nos dijo: ‘Tenéis hombres que sufren y saben sufrir’”. El 28 de febrero describe el bombardeo austriaco de Spresiano (“Me ha matado a un soldado y me ha herido a otros ocho”), el 27 de marzo critica a sus superiores: “Nos declaran indispensables solo cuando les resulta cómodo. El resto del tiempo nos dan patadas en el trasero”.

El último apunte es del jueves 13 de junio: “Calma y silencio: solo unos cuantos disparos de artillería contra Spresiano. ¿Se avecina o se aleja la ofensiva austriaca?” Se avecinaba. Durante la batalla, a las tres de la tarde del 17 de junio de 1918, el comandante Fiore cae en San Mauro di Bavaria, alcanzado en el pecho por disparos de ametralladora. En una carta a su hermana Gemma, había descrito así a quienes combatían por la patria: “Ellos sí van al encuentro de la muerte; ¡pero qué distinta esa muerte de la que golpea al hombre en su casa, después de una larga vida, casi como ley natural! La vida de estos se ve truncada, pero algo suyo permanece para toda la eternidad, permanece su hazaña, que la muerte no logra destruir y que sumerge sus nombres en la inmortalidad”.  

Por Michele Brambilla (La Stampa)

3. Verdún y las consecuencias ambientales

Situado a unos kilómetros de Verdún, el lugar parece un trozo de tundra transportado al este de Francia. Unos cuantos líquenes miserables, unos musgos canijos pegados al sol, cuando, alrededor, el bosque despide hacia el cielo sus múltiples esencias. El claro tiene un sobrenombre muy conocido para los guardas forestales y los cazadores que se acercan a comer allí desde hace generaciones: el lugar de los gases.

Son pocos los que conocen todavía el motivo de ese topónimo. Aquí, después del Armisticio, se transportaron y neutralizaron cientos de miles de obuses sin explotar de los campos de batalla circundantes. Doscientos mil de ellos pertenecían al arsenal químico, del que la Primera Guerra Mundial fue triste laboratorio.

La tierra conserva las secuelas de la operación. En 2004, tres investigadores, los alemanes Tobias Bausinger y Johannes Preuss, de la Universidad Johannes Gutenberg de Maguncia, y el francés Eric Bonnaire, de la Oficina nacional de bosques, emprendieron un análisis del terreno. Su estudio, publicado en 2007, es revelador. El suelo rebosa de metales pesados, cobre, plomo, zinc y, sobre todo, arsénico y perclorato de amonio, que se utilizaban como detonadores de los obuses. La concentración de arsénico es entre 1.000 y 10.000 veces la del medio natural. El suelo está tan contaminado y es tan ácido que solo consiguen sobrevivir en él tres especies vegetales (Holcus lanatus, Pohlia nutans y Cladonia fimbriata). En 2005, las autoridades francesas decidieron cercar el lugar, y en 2012 prohibieron oficialmente el acceso.

El lugar de los gases no es el único legado ambiental de la guerra de 1914-1918. En la antigua línea del frente, en Francia y en Bélgica, muchos lugares conservan los estigmas ecológicos del conflicto. Al acabar la guerra, los poderes públicos delimitaron una zona roja que abarcaba los principales campos de batalla. El Estado compró los terrenos más afectados, plantó bosques en ellos y no volvió a ocuparse de estos santuarios. Bajo la presión de los habitantes, que desconocían los riesgos, poco a poco se empezó a cultivar o a construir otra vez en las demás zonas. «La amnesia es general al cabo de un siglo», dice Jacky Bonnemains, responsable de la asociación ecologista Robin des Bois.

Bonnemains hace una labor de fondo desde hace 14 años. Según él, las armas de la Gran Guerra siguen envenenando a la gente. El arsénico contenido en el suelo llega a las capas freáticas. El plomo de la metralla satura algunos terrenos. Otros materiales no degradables como el mercurio seguirán contaminando durante mucho tiempo, tal vez siempre, el medio ambiente. «Nos encontramos ante un fracaso moral», asegura. «Los franceses, ingleses y alemanes que inventaron las armas químicas se muestran hoy desinteresados».

Los habitantes se enfrentan de forma periódica a problemas de contaminación. En el otoño de 2012, el agua potable de más de 500 municipios de la región de Nord-Pas-de-Calais fue declarada inapropiada para el consumo, debido a un índice anormalmente alto de perclorato de amonio. Más de 400 de ellos sufren todavía restricciones de uso. Las autoridades sanitarias mantienen cierta vaguedad sobre los orígenes de la contaminación, pero la cartografía de los lugares afectados corresponde a la de los combates más duros. Los alcaldes de los municipios no tienen ninguna duda sobre las causas.

Aproximadamente el 15% de los miles de millones de obuses utilizados durante el conflicto no explotaron; muchos de ellos están aún sepultados. De vez en cuando sale alguno a la superficie, en el transcurso de una obra, o bajo la reja de un arado. Entonces se evacúa a la población mientras se procede a neutralizarlo. Una labor casi rutinaria.

La brigada de limpieza de minas de Metz, que cubre tres departamentos de la antigua línea del frente, registra entre 900 y 1.000 peticiones de intervención cada año, y desactiva, solo en esta parte de las antiguas trincheras, de 45 a 60 toneladas de munición. «Somos los basureros de los campos de batalla», dice Christian Cléret, responsable de este equipo de 11 personas, y cuyo padre se dedicaba a lo mismo. Sus descendientes podrán prolongar la tradición: los más pesimistas calculan que se tardarán varios siglos en limpiar del todo la zona. «Hay al menos para varias docenas de años», asegura Cléret.

El artificiero tiene 33 años de experiencia, de modo que sabe evaluar de un golpe de vista el tipo y la peligrosidad de los obuses, las granadas y otras herencias del pasado. «Cuanto más pasa el tiempo, más grave es el problema de la sensibilidad. Las carcasas se han vuelto más frágiles después de haber permanecido tantos años en la tierra húmeda», dice. «Esas condiciones aceleran el proceso de envejecimiento».

Alrededor del 2% de las municiones encontradas son químicas, sobre todo yperita (gas mostaza), fosgeno y difosgeno. Christian Cléret y sus hombres han aprendido a localizarlas. «Cuando tenemos sospechas, procedemos a una radiografía».

Después transportan esas municiones al campamento militar de Suippes, en Marne. Allí hay almacenadas casi 200 toneladas. En 1997, después de que Francia firmara el Convenio que prohíbe almacenar armas químicas, se puso en marcha un proyecto para construir un centro de tratamiento, llamado SECOIA, Sitio de Eliminación de las Cargas de Objetos no Identificados Antiguos. Tras muchos retrasos y rediseños, las obras acaban de empezar, en Mailly-le-Grand. Está previsto que la planta se inaugure en 2016, como pronto. Los obuses químicos se harán estallar en una cámara de detonación estanca y los residuos recuperados se procesarán en otras unidades especializadas.

Después de la guerra, los bandos beligerantes escondieron las municiones no utilizadas, en particular las químicas, en lugares considerados del máximo secreto. No se conoce ningún inventario. En Francia se sumergieron miles de toneladas en el lago de Avrillé (Maine-et-Loire) y otras municiones se enterraron en la sima de Jardel (Doubs). En Bélgica, una parte de la reserva de proyectiles yace frente a las costas de Zeebruge. Está claro que los militares no pensaron en la posteridad. «Cuando la gente quiere librar una guerra, se preocupa poco por las generaciones futuras», observa Jacky Bonnemains.

Benoît Hopquin (Le Monde)

Publicada por el diario El País (España).

martes, 11 de marzo de 2014

Intrigas en la secta del Voynich



Guardado bajo llave por los severos bibliotecarios del Beinecke Rare Book and Manuscript Library de la universidad de Yale yace un misterio sin resolución que ha hipnotizado a locos y genios por siglos. Es el manuscrito Voynich, un texto de 240 páginas, de principios del siglo XV y de autoría desconocida. No se supo de él por varios siglos hasta que apareció, en 1915, en manos de un anticuario polaco –Wilfrid Voynich– de quien tomó el nombre. El librero lo había comprado en 1912 en Italia a unos jesuitas que no sabían muy bien lo que tenían en sus manos. A primera vista, se trata de una pieza estética fascinante

Sus páginas, con ilustraciones de la botánica y la astronomía, evocan una intriga bibliófila a lo Umberto Eco, en la que no faltan el sabio de abadía ni el monje herbolario. Hay complejos esquemas del zodíaco que parecen mandalas y grupos de mujeres desnudas emergiendo de chimeneas y extraños tubos. Uno podría pensar que fueron dibujados por El Bosco o tal vez el visionario William Blake. Pero lo más importante es su texto, en un alfabeto que nadie ha podido decodificar. Hace diez días, sin embargo, las noticias celebraron que un experto echara cierta luz. La BBC , Popular Mechanics y The Guardian anunciaron al mundo: “Manuscrito Voynich por fin descifrado.” ¿Llegaba el fin de un misterio eminentemente borgeano?

El Voynich es un laberinto sin salida. Los mejores criptógrafos de la Segunda Guerra intentaron determinar si estaba escrito en código y, en ese caso, si podrían quebrarlo. Imposible. Hoy en día hay una pequeña y excéntrica cofradía –tanto de académicos de primera categoría como de dementes improvisados– que se ocupa de resolver el enigma. Pero siempre lo hacen al costado de su disciplina oficial, como si fuera un sudoku de lujo o un vicio algo vergonzoso: hay quienes advierten que es suicidio académico investigar el tema. 

En versión literaria, el escritor argentino Daniel Guebel publicó en 2010 la novela El caso Voynich , donde teje una ficción especulativa alrededor de los hechos y misterios que le generó este caso. Además, dos físicos argentinos, Marcelo A. Montemurro, de la Universidad de Manchester, y Damián H. Zanette, del Centro Atómico Bariloche, hicieron un análisis sintáctico-estadístico del Voynich que concluye que se rige por una organización compleja propia de los idiomas reales.

El manuscrito fue noticia a mitad de febrero cuando Stephen Bax, profesor de Lingüística de la universidad de Bedfordshire, descifró diez palabras, para, al parecer, por fin traducir el idioma voynichés. Según Bax, el manuscrito encripta un idioma real que, incluso, se podría hablar hoy. El investigador publicó en su página web un minucioso paper de 62 páginas describiendo su método y detallando sus conclusiones; también subió a YouTube una presentación de Power Point de 47 minutos que tuvo más de 87.000 visitas. 

Un lector apurado hubiera aceptado la hipótesis de Bax y disfrutado de una nota entretenida. Al fin, este manuscrito –sobre el que algunos han argumentado que fue una obra en clave de Leonardo Da Vinci y otros que es un texto dictado por extraterrestres–, simplemente es un manual botánico medieval escrito en el dialecto de una comunidad desaparecida.

Sin embargo, una búsqueda mínima revela que esto ya ha pasado muchas veces (los periodistas también caemos en el laberinto Voynich). El año pasado la revista New Scientist tituló: “Plantas mexicanas podrían resolver el código de un manuscrito incoherente”, aludiendo a la teoría de Arthur Tucker, profesor emérito de botánica de la universidad de Delaware, y Rexford Talbert, especialista en tecnología informática, quienes afirmaban que el Voynich es un documento azteca escrito en un náhuatl arcaico. 

En 2004 la revista WIRED dedicó una larga nota que afirmaba que “Gordon Rugg descifró el misterio de 400 años del manuscrito Voynich.” Rugg, un psicólogo que es profesor en la cátedra de ciencias de computación en la universidad de Keel en Inglaterra, afirmaba que el Voynich es una sofisticada broma perpetuada, probablemente, por Edward Kelley, un ocultista inglés del siglo XVI y creador de un lenguaje codificado con el cual transcribía comunicaciones que hacían llegar “ángeles”.

Estas soluciones al enigma Voynich tienen tres cosas en común: a) han sido elaboradas por gente muy respetada dentro de sus comunidades académicas; b) cada uno abordó el problema –y justificó sus conclusiones– desde la perspectiva de su muy específico campo académico; y c) cada solución es totalmente incompatible con la otra. ¡No hay forma de reconciliarlas! Se contradicen, no pueden coexistir como componentes de una solución final abarcativa y armónica. 

Stephen Bax nos atendió cordialmente por teléfono. Lo primero que le preguntamos: ¿Por qué piensa que nadie ha utilizado su método? (Este emula el desciframiento del Lineal B, “el sistema de escritura usado para escribir el griego micénico, desde el 1600 hasta el 1110 a.C” -citamos Wikipedia.) “Mi aporte se funda en que tengo una percepción muy amplia de diferentes escrituras y lenguajes, en particular de Asia,” contó Bax. “La mayoría de estudiosos se ha enfocado en idiomas europeos, dada la iconografía del manuscrito. Pero el idioma subyacente puede ser de origen cáucaso o de Asia occidental...” Pronto, sin necesidad de que los mencionáramos, Bax fustiga la teoría de Tucker y Talbert: “El problema de ellos es que solamente miraron las plantas y no el idioma en sí. Hay que tener una metodología estricta. Yo miré las plantas junto con la primera palabra de la página donde están dibujadas, porque así es como funcionan los herbarios medievales...” Cuando hablamos con Gordon Rugg, criticó este método con vehemencia. Le preguntamos por qué personas muy inteligentes no pueden ponerse de acuerdo en lo más básico. Y respondió: “Para mí el Voynich fue un caso dentro de un corpus más amplio de investigación. Mi campo no es la criptografía sino los problemas médicos no resueltos. Pero para que mi teoría se tomase en serio necesitaba un caso para demostrar el concepto” (que especialistas a veces no pueden ver una solución evidente que está delante de sus ojos).

Tras esta justificación, y concretamente sobre Bax, declaró: “Mucha gente que ve esto como su oportunidad de ser famoso simplemente por sacar un comunicado de prensa. ¡Bax ni siquiera ha sometido su teoría por la revisión de sus pares! En su paper, Bax dice que tiene lecturas provisorias de diez palabras de un documento que contiene aproximadamente 60.000. Afirmar, en base a esto, que el manuscrito no es una broma es estirar la evidencia más allá del punto de quiebre.” Todos los testimonios están poblados de menciones a Quijotes que se han dado contra el molino del Voynich. Como si cada declaración tuviera un pie de página, que a su vez tuviera otro.

Nos comunicamos con Arthur O. Tucker por correo electrónico para pedirle una entrevista por teléfono. Se negó, pero contestó por escrito: “Desde que el reverendo Hugh O’Neil publicó algo sobre este tema, en 1944, yo soy el primer botánico profesional que ha examinado las plantas. No estoy dispuesto a degradar investigaciones de otros. Los fríos y duros hechos científicos tienen que hablar por sus propios méritos. Esto no se puede transformar y degradar en una cuestión de opiniones, como si fuera un club de debates.” Antes de proceder a defender su teoría, agregó: “La fuerza de una hipótesis es la habilidad de hacer predicciones.” Los tres científicos con quien hablamos enfatizaron este mismo argumento. Este es el punto clave. Pero también es precisamente el punto en que el Voynich da paso a la locura metodológica. Cada uno de los académicos con quienes hablamos, a partir de este sensato postulado, insiste en que su teoría es la que mejor cumple el rigor del método científico. 

Hablamos por fin con Nick Pelling, un experto amateur del tema cuyo blog Cipher Mysteries , es una excelente fuente sobre el Voynich (y que es citado por Bax mismo). Pelling descredita con desdén todas las teorías propuestas hasta ahora. Hablar con él abre otra faceta del problema: la comunidad que se forma alrededor de este enigma. “Antes hubo una rivalidad amistosa entre nosotros. Bromeábamos que cuando alguien lo resolviera íbamos a compartir una pizza. Nadie iba a decir yo lo hice ; íbamos a decir nosotros lo hicimos ” cuenta, nostálgico. “A partir del año 2005 esto desapareció. La comunidad colaborativa, genuina y trabajadora, no existe más.” De todos los estudiosos consultados, Pelling es el más comprometido emocionalmente y, además, el único que ha visto el manuscrito en persona. “Fue un peregrinaje”, sintetizó con genuina solemnidad. Para el resto de los mortales, Internet ofrece el manuscrito completo en pantalla.

El Voynich se parece a un laberinto pero también a un agujero negro. Es un extraño límite cuyo otro lado es, hasta ahora, imposible de conocer. Quienes se acercan a su misterio se les hace imposible salir. Sólo faltan unos cadáveres, la masonería y un discreto emisario del Vaticano para tener una novela digna de Dan Brown. Mientras tanto, como dice Pelling, “la realidad siempre es más extraña que la ficción.” Y para el espanto de todos, siempre cabe la posibilidad de que el Voynich fuera una fabulosa fabricación inventada por un calígrafo en el tedio de su disciplina monacal, un impostor muerto hace siglos.

Publicado por Revista Ñ.

jueves, 6 de marzo de 2014

Salvando los tesoros en la línea de fuego


¿Vieron ya el filme Monument men? Yo todavía no tuve oportunidad. La nota me parece interesante, aunque espero también sus opiniones.

Cuando los alemanes invadieron París, en 1940, el tiro dirigido al arte fue directo al corazón. Y a los museos. Entre 1940 y 1944 enviaron desde esa ciudad a Alemania 29 convoys cargados de 100.000 obras de arte y artefactos importantísimos, saqueados de los mejores museos estatales y colecciones privadas francesas. Las obras de Johannes Vermeer, Auguste Rodin, Peter Rubens, Auguste Renoir, Pablo Picasso, Henri Matisse y Paul Cézanne eran tan sólo una parte de los 5 millones de piezas que desaparecieron en Europa por esos días sombríos, en manos del nacionalsocialismo. Muchas siguen perdidas. Otra gran cantidad suele reaparecer en lugares insólitos: algún museo, el depósito de un marchand, la casa de un coleccionista, el departamento de un heredero … Las obras y los objetos saqueados cambiaron, desde ese momento en los 40, de manos y circulación, pero sólo después de haber pasado un período ocultos en el gran “agujero” del sistema: el mercado negro del arte. Se estima que éste mueve por año entre 4 y 6 mil millones de dólares. 

Fue durante la Segunda Guerra y la ocupación de Francia. Adolf Hitler –desde 1934 Führer y canciller del Reich– trabajaba entonces con su mano derecha, el mariscal Hermann Göring, en el plan de rastrillaje y saqueo –con suma planificación y método– del tesoro cultural de Europa. Se trataba de un robo gigantesco, un expolio sangriento y vergonzante que tiene consecuencias aún hoy. Parte de esta historia es la que cuenta la película recién estrenada Monuments Men (los “Hombres de los Monumentos”), dirigida por George Clooney. En ella asistimos al operativo de un grupo heroico de hombres y mujeres, historiadores del arte, curadores, especialistas, artistas, provenientes sobre todo de los Estados Unidos y del Reino Unido, una especie de brigada cultural que actuó entre 1943 y 1951. Tenían el objetivo de salvar los monumentos, el patrimonio arquitectónico y las obras de arte de los que Hitler y su ejército se empeñaban en apropiarse. Sin embargo, Hollywood cuenta apenas un retazo de esa misión. Por estos días, el Smithsonian Institute de Washington exhibe una gran cantidad de documentos y fotografías originales de esa brigada en su On the front line to save Europe’s art, 1942-1946 ( En el frente para salvar el arte europeo, 1942-1946 ; algunos de sus materiales ilustran estas páginas). También la National Gallery of Art de Washington expone ahora The Monuments Men and the National Gallery of art (Los Hombres de Monumentos y la Galería Nacional de Arte). A diferencia de lo que puede verse en la película, en estas muestras se exponen cartas, listas escritas a mano, testimonios y documentos reales vinculados a los Monuments Men y a todas las personas que trabajaron con ellos, en especial la historiadora del arte francesa Rose Valland. El objetivo de las dos exposiciones es familiarizar al público con estos archivos.

Las manifestaciones coinciden: el expolio ejercido por las fuerzas del nazismo apuntaba tanto a aquellos trabajos considerados “obras maestras” –pinacotecas del Renacimiento y el Neoclasicismo, y hasta la misma Gioconda de Leonardo Da Vinci–, como también a otras obras que Hitler consideraba los adefesios y aberraciones más grandes de la Historia, vinculadas con las vanguardias. Hablamos de las obras de Paul Klee, Vassily Kandinsky, Marc Chagall, Pablo Picasso, Emil Nolde y George Grosz, entre otros, etiquetadas por Hitler como “arte degenerado”. 

El Führer tenía un gusto estético conservador bien acendrado. En 1937, cuatro años después de subir al poder, encargó una “gran exposición de arte alemán” en la Casa del Arte Alemán de Munich. En ella se mostraba el “nuevo” y “verdadero” arte alemán, seleccionado entre 15.000 obras enviadas por artistas alemanes. En los trabajos de escultores como Arno Breker y Joseph Thorak, se lanzaba el estilo que luego se identificaría como propio del nacionalsocialismo. Al día siguiente de inaugurada la exposición, Hitler abrió otra más sobre la misma calle, llamada Arte degenerado , con Joseph Goebbels –su ministro de Propaganda- como curador. 

El objetivo de esta segunda muestra, formada por 730 trabajos de artistas vanguardistas proscriptos, era dar de baja al “bolchevismo del arte judío”, mostrando “lo malo” que era (aun cuando sólo 6 de los 112 artistas exhibidos eran judíos). Las obras de Oskar Kokoschka, Franz Marc, Max Beckmann, los cubistas, surrealistas, fauvistas, expresionistas, dadaístas y hasta los impresionistas eran descritos en el folleto de la muestra como “lienzo torturado”, “putrefacción espiritual”, “fantasías enfermizas”, “deficientes inútiles”.

Una vez saqueadas en los territorios ocupados, las obras clásicas favoritas de Hitler, las que él consideraba “obras maestras”, fueron escondidas en lugares insólitos del Reich, como la vieja salina de Altaussee, en los Alpes suizos, al resguardo de la guerra y hasta tanto pudieran ser exhibidas en el proyectado Führermuseum, el mayor legado del líder al pueblo alemán.

Neologismos para un delito antiguo


La experiencia del exitoso rescate de la Segunda Guerra marcó a fuego la historia de las instituciones museísticas en los EE.UU., aunque en ocasiones la recuperación y el saqueo se turnan o se distinguen con una línea muy fina. En sólo 4 días –entre el 8 y el 12 de abril del 2003, durante la invasión comandada por los EE.UU.–, desaparecieron cerca de 15.000 piezas del extraordinario Museo de Bagdad, de un inmenso valor patrimonial para el país y la historia del islam. Se formó un equipo similar, aunque mucho más limitado, al de los Hombres de los Monumentos. Una docena de expertos, comandados por el coronel Matthew Bogdanos, fueron enviados a Irak para recuperar y detener el incesante “goteo” de piezas. La destrucción y robo llevado a cabo en esta institución había sido directamente luctuoso para la memoria humana. 
 
Con la intención de incentivar su devolución, el equipo prometió no perseguir ni encarcelar a quienes las devolvieran y así, de a poco comenzaron a reaparecer los objetos, envueltos en bolsas de basura (una vasija de cerámica fechada 6.000 aC.), en baúles de coches (el Vaso Sagrado de Warka, 3.200 aC.). Otros, en cambio, se incautaron en mercados internacionales de antigüedades de Jordania, Líbano, Siria, Kuwait, Arabia Saudita y, desde luego, Nueva York. Ocurre que el tráfico de antigüedades también responde a una demanda específica. Es a raíz de ella, en el clásico juego de retroalimentación, que se crean los mercados negros de arte y piezas arqueológicas.

Asimismo, se debe tener en cuenta que las obras y piezas cambian tanto de dueño, que su origen ilícito acaba por diluirse, dado que en su rotación de propietarios no se detallan la procedencia, sus dueños anteriores ni el lugar del hallazgo –de ahí la importancia del inventario y la catalogación, pues ambos consignan el recorrido de cada objeto. 

Los museos lo saben de sobra. En 1999 el Reino Unido puso en marcha el proyecto “Investigación de los museos del Reino Unido, sobre la procedencia durante el período 1933-45”, cuyo objetivo es realizar un inventario de las obras ingresadas a las principales pinacotecas británicas y de los Estados Unidos durante el período en el que Hitler estuvo en el poder. Por su parte, Alemania creó el “Cuerpo de coordinación de Magdeburg”, institución que desempeña una función central en relación a los temas del patrimonio cultural y el arte apropiado por los nazis. 

Los Monuments Men originales y hoy recreados en el cine lograron recuperar decenas de miles de obras y piezas robadas. Aunque muchas otras fueron devoradas por el “agujero negro”, de vez en cuando alguna se materializa …. Ocurrió hace poco, en un ajado departamento de Munich, donde la policía descubrió 1.500 de las obras confiscadas por los nazis durante la Segunda Guerra. Se trata de obras pertenecientes al “arte degenerado”: telas de Chagall, Picasso, Matisse… En total suman cerca de mil millones de euros. El dueño del departamento es Cornelius Gurlitt, hijo del galerista Hildebrand Gurlitt, a cuyas manos llegaron en las décadas del 30 y el 40. En el enorme lote se encuentra el retrato de una mujer desconocida, de Henri Matisse, que pertenecía al coleccionista judío Paul Rosenberg, uno de los mayores marchands de Europa por entonces junto a su hermano, Léonce, obligado a abandonar la pieza durante la invasión a Francia.

Memoricidio y bibliocausto


Todas las obras y acciones mencionadas hasta ahora se relacionan con una práctica muy antigua: la del saqueo. Siempre corriendo en paralelo a las guerras y conflictos, el saqueo tiene origen remoto. En el año 333 aC., por ejemplo, durante la batalla de Issos, cuando Alejandro Magno entró victorioso en el campamento del gran rey del Imperio de Persia Darío III, adornó la carpa en donde instaló una tina para darse un baño de inmersión luego de la victoria, con los mejores tapices persas recién saqueados. Fue el Imperio romano el que desarrolló el coleccionismo de obras de arte, sobre todo a partir de los saqueos de Siracusa (212 aC.) y de Corinto (146 aC.). Con sus botines llenaron los templos de Roma de obras griegas. Tanto Pompeyo como Cicerón y Julio César se enorgullecían, también, de sus propias colecciones, hechas a pura batalla. 
 
Este arcano cultural del botín del conquistador está en la base de los museos modernos, que al exhibirlos narraban la historia de los pueblos conquistados. Esto se aplica sobre todo a las instituciones etnográficas. Su emblema y modelo central es el British Museum de Londres, donde se aloja desde 1802 la fundamental Piedra de Rosetta, la pieza que facilitó la clave para la comprensión de la escritura jeroglífica egipcia. Hallada por un soldado de la campaña francesa en 1799, en el delta del Nilo, cuando las tropas inglesas derrotaron a las francesas, la Piedra terminó en posesión británica. Actualmente es el objeto más visitado del museo. Egipto reclama su repatriación desde 2003, aunque no parece haber voluntad alguna de devolverla.

De hecho, si bien se ha expandido y profundizado la conciencia de patrimonio nacional intransferible, al calor del fin del colonialismo y el sistema de derecho internacional, como las Naciones Unidas, lo que hace que el saqueo nos resulte abominable en el plano de la ética y para el consenso global, tampoco está todavía resuelto. Es que allí entra en juego el valor simbólico. Este ha sido el caso frecuente durante situaciones de conflicto. La situación de destrucción puede llegar a ser tan grave a veces, que durante las últimas décadas se ha inventado toda una terminología y neologismos para nombrar esas prácticas destructivas. Hoy hablamos de memoricidio y de bibliocausto. 

Es evidente: existe todo un sistema de complicidades de saqueos, robos, compra, venta y canje de obras de arte y objetos arqueológicos, que incluye a circuitos de profesionales VIP. Algunas veces, el sistema tuvo áreas manchadas con sangre; pero hablar sobre eso tarda. Al mercado negro se le puede pedir de todo, menos testimonios, pruebas. Con el tiempo es la Historia la que define: entonces el tabú cae. Y ya no hay ingenuidad posible.

Publicada por Revista Ñ.