domingo, 30 de diciembre de 2012

Malvinas: la negociación, los planes militares y Astiz, según los archivos británicos


Gran Bretaña estuvo a punto de atacar a la flota argentina que se había retirado de la zona de combate y ubicado dentro de las 12 millas de la plataforma continental. La propuesta fue aprobada por Margaret Thatcher, primer ministra del Reino Unido, pero quedó a criterio de los comandantes británicos si advertían que sus barcos corrían peligro.

Las actas de las reuniones en Downing 10, sede del gobierno británico, durante la guerra por las islas Malvinas son muy detalladas y, salvo algunos párrafos que fueron testados y se mantienen en secreto, son muy elocuentes sobre las alternativas del choque armado. La documentación puede ser consultada libremente y fue liberada del secreto al cumplirse treinta años de aquellos acontecimientos.

La documentación argentina se fue conociendo por retazos hasta que el llamado Informe Rattembach, redactado por el general que encabezó la investigación militar, fue liberado por la presidenta Cristina Kirchner este año.

Los documentos británicos están divididos en capítulos en los que se tratan cuestiones diplomáticas, políticas y militares, e n un comité que se reunía casi diariamente y que estaba presidido por Margaret Thatcher y del que participaban el ministro de Defensa, John Nott; el ministro de Relaciones Exteriores, Francis Pym; el ministro de Asuntos Internos, William Whitelaw y los responsables de las fuerzas armadas, especialmente el primer almirante, sir Terence Lewin.

En esas reuniones, se mezclaron temas como las negociaciones diplomáticas con Argentina, a través del secretario de Estado de EE.UU., Alexander Haig; los planes militares para recapturar las Georgias del Sur, primero, y las islas Malvinas, después; qué hacer con el teniente Alfredo Astiz, reclamado por Francia y Suecia por crímenes de lesa humanidad por el secuestro y desaparición de las monjas francesas y de una ciudadana sueca que desapareció en la ESMA; las conflictivas relaciones con la BBC, que se negaba a someterse a una estrategia que afectase la calidad e independencia de su periodismo; y la permanente preocupación del gobierno británico por no afectar las relaciones con Ronald Reagan.

Respecto a este último punto, por ejemplo, los británicos estaban interesados en que, si se llegaba a un acuerdo con la Argentina, los Estados Unidos desplegaran tropas y equipamiento para defender el aeropuerto de Puerto Argentino y disuadir una “segunda invasión” argentina, si las negociaciones finalmente fracasaban. 

Las negociaciones sobre el status final de las islas estuvieron muy presentes en esos días. Había fórmulas de una administración interina y luego una definición sobre la soberanía sobre la que nunca hubo acuerdo porque los británicos insistían con que se debían contemplar los deseos de los isleños, es decir los deseos de pertenecer o no a la comunidad británica, y los argentinos se mantuvieron firmes en que la opinión de los pobladores de las Malvinas no sea fundamental. 

Según la documentación que ahora es pública, el fantasma de la “segunda invasión” estuvo siempre presente.

Una cuestión importante fue la discusión en principios de abril si la fuerza expedicionaria británica debía o no llevar armamento nuclear.

Se convino en ese comité que las “rules of engagement” para el conflicto en el Atlántico Sur excluían ese armamento, pero nadie puede asegurar a ciencia cierta si algunos buques lo portaban.

En cambio, las reglas para los submarinos de propulsión nuclear no se modificaron y éstos participaron del ataque.

Otra cuestión fue la discusión sobre el desembarco en las islas. Finalmente ocurrió en el estrecho de San Carlos, que separa a ambas islas, el 20 de mayo de 1982. En la planificación previa, el almirantazgo británico planteó la existencia de cuatro amenazas: Los barcos argentinos de superficie, que se habían retirado luego del hundimiento del crucero General Belgrano y se mantenían navegando dentro de las 12 millas de plataforma exclusiva, cerca de la costa. Allí se examinó seriamente atacar a la flota argentina , aun dentro de esta zona, si constituía un peligro para los británicos. Sin embargo, en la discusión también se dijo que el peligro que significaba la flota de superficie estaba neutralizado. 

El ministro de Defensa, John Nott, sostuvo en ese comité de guerra que la Armada británica había perdido ya cuatro barcos (luego perdería varios más) y que no se podía permitir que barcos armados con exocets o aviones lanzados desde el continente o desde el portaviones Independencia siguieran operando desde un “santuario” que no se podía atacar por razones políticas. Allí fue cuando se señaló que el hundimiento del portaviones argentino podría tener consecuencias muy negativas en la opinión pública mundial que, en general, apoyaba a Londres.

La fuerza submarina argentina fue considerada como de algún peligro y con capacidad de hacer daño si es que la lanzaban al ataque a cualquier costo. Se adoptaron, según dicen los documentos, muchas medidas antisubmarinas para contrarrestar esa potencial amenaza.

La aviación, un arma letal para los británicos a la que temían con razón, les habían inflingido ya pérdidas grandes. Se analizó cómo neutralizar al único portaaviones argentino, que también se había retirado de la zona de combate, y algunas bases aéreas en el sur, lo que significaba atacar el continente.

Se reconoció que no se tenía la total supremacía aérea en la zona de combate. Se advirtió que habría muchas víctimas y que había que preparar a la opinión pública británica sobre el elevado costo de la operación.

Otro de los capítulos de los documentos se refieren a la situación del entonces teniente Alfredo Astiz, apresado sin luchar en las islas Georgías del Sur, a pesar de que la abundante propaganda argentina sostenía que sus hombres combatirían a morir. Astiz fue llevado a la isla de Ascensión, junto con los otros prisioneros, y se lo retuvo allí para que Francia y Suecia lo interrogasen acerca de su participación en la represión ilegal en la Argentina.

Thatcher dijo que Astiz debía ser interrogado pero que estaba en su derecho no responder a las preguntas francesas y suecas. En ese caso, manifestó la premier deberá ser liberado porque Londres no violará la Convención de Ginebra, que establece el trato de los prisioneros durante la guerra. Varias veces se trató el tema Astiz y se trató con delicadeza porque querían que Francia se mantuviera al lado de Londres y que bloqueara la venta de misiles exocet a la Argentina.

Astiz fue llevado al Reino Unido. Francia entregó diez preguntas para que se le formulasen sobre la desaparición de dos monjas francesas (Astiz fue finalmente condenado en la Argentina por esos crímenes) y Suecia hizo lo propio sobre la desaparición de Dagmar Hagelin.

El marino, que está siendo nuevamente enjuiciado por su particición en el campo de concentración de la ESMA, no respondió a las preguntas, como Thatcher predijo.

Y volvió de regreso a la Argentina.

Noticia publicada por el diario Clarín.

miércoles, 26 de diciembre de 2012

El origen popular de la Argentina


Quiénes son las clases populares? ¿Cuáles han sido sus roles en la historia de nuestro país? ¿Dónde se encuentran los relatos de su pasado? 

Carlo Ginzburg decía que la escasez de testimonios propios de las clases subalternas es el primer obstáculo con el que tropiezan las investigaciones históricas. En efecto, un rápido repaso de la historia oficial de cada nación, seguramente permitiría constatar que esos relatos canónicos han sido concebidos sobre todo a partir de las perspectivas e intereses de las elites políticas y económicas. 

Sin embargo, desde mediados de los años ochenta, en el campo de la historiografía a nivel internacional, parece haberse ganado una batalla orientada a reivindicar el lugar de las clases populares como objeto de estudio y sujeto del relato, y de este modo reparar la laguna acerca del papel que éstas han tenido a la hora de “hacer la historia”.

Hacer la historia

Una colección de historia argentina de reciente aparición, dirigida por el agudo y prestigioso investigador José Carlos Chiaramonte, acerca algunas claves valiosas para adentrarse en esta problemática en términos nacionales. Bajo el título Historia de las clases populares en la Argentina , se han publicado dos tomos: Desde 1516 hasta 1880 , escrito por Gabriel Di Meglio, y Desde 1880 hasta 2003 , por Ezequiel Adamovsky, dos jóvenes historiadores académicos.

Se considera que la invasión española da lugar a la formación de una nueva sociedad, cuya estratificación –diferente de la existente en el continente hasta entonces– marcaría el origen de las clases populares en la Argentina. En esta línea, el tomo de Di Meglio proporciona un panorama original de las clases populares durante la época de la Colonia, ocupándose de los avatares de ese heterogéneo universo compuesto por miembros de tribus indígenas, morenos esclavizados, mulatos, zambos, mestizos y blancos pobres como los gauchos, los peones, los jornaleros, los artesanos, las costureras, etcétera. 

Sin duda, durante este período, el color de piel resulta un factor determinante para definir la pertenencia a las clases populares, dado que todos aquellos que no fueran blancos estaban condenados a padecer condiciones de inferioridad jurídica.

En su libro, Di Meglio reconstruye distintos motines, levantamientos indios y rebeliones de esclavos, y muestra cómo la coyuntura surgida tras las invasiones inglesas termina incidiendo en el protagonismo que las clases populares tendrían a partir del estallido revolucionario. La ruptura del sistema colonial, la necesidad de soldados para la movilización militar y las diferencias internas entre las elites abrieron un espacio que posibilitó, en el terreno político, un nivel de intervención popular inédito hasta el momento. 

En ese contexto, “Patria” debe haber sido un concepto en el cual diversos miembros de distintos grupos del llamado “bajo pueblo” pudieron proyectar convicciones y aspiraciones propias; y fue por ende un concepto decisivo en el alto grado de politización que alcanzaron las clases populares durante este período de lucha revolucionaria. 

Si la historiografía tradicional suele destacar dos grupos en la Revolución de Mayo –los españoles peninsulares y los criollos–, el relato de Di Meglio permite apreciar una imagen bastante más amplia y adecuada de aquella realidad histórica. Por ejemplo, en el Ejército del Norte convergieron plebeyos urbanos, negros y paisanos de Buenos Aires, que formaron el núcleo central, con campesinos de todas las provincias y con indígenas jujeños y altoperuanos. 

Muchos de ellos no sólo luchaban por la Independencia, sino también por mejorar su situación concreta. Hubo militares plebeyos que ascendieron tras su actuación en el combate, campesinos que accedieron al usufructo de tierras y esclavos que consiguieron su libertad. Podemos además imaginar el gran cambio que significaría para las clases populares la disolución del sistema de castas. 

Identidades nacionales

El momento fundacional de la historia de nuestro Estado, simbolizado en el año 1880, resulta revelador para pensar el lugar de las clases populares en los relatos oficiales. En su estudio, Adamovsky sugiere que la contracara del impulso europeizador de los fundadores de la nación habría sido una “verdadera catarata de desprecio” por las culturas de las clases populares locales. Un desprecio que encuentra condensado en la célebre frase de Alberdi: “En América todo lo que no es europeo es bárbaro”. 

Desde 1880 las elites políticas y económicas consolidarían un mito pregnante en el relato canónico de nuestra historia: el crisol de razas. Esa metáfora orientada a homogeneizar las identidades múltiples de los inmigrantes y hacerlas converger en la unificación de la identidad nacional, “los argentinos”, habría implicado, según Adamovsky, el borramiento de la existencia de otras razas que no eran precisamente europeas, y de algún modo lo que sería su perdurable estigmatización a lo largo de nuestra historia. 

Desde esa perspectiva, el mito del crisol parece entrañar el supuesto de que todos los grupos étnicos existentes se fusionaron de algún modo en una “raza” argentina homogénea, cuyo ejemplar sería puramente blanco y europeo. La imagen del crisol (de europeos) vendría a complementarse más tarde con la extendida opinión de que “los argentinos descendimos de los barcos”, una imagen con la cual las clases medias se habrían identificado a tal punto que con el tiempo se volvió una expresión, digamos, del sentido común.
En contraste, el libro plantea que dichas imágenes de nuestra identidad nacional no representan realmente a la mayoría, y que dejan de lado a buena parte de las clases populares –sobre todo los descendientes de indígenas y de africanos en Buenos Aires. A modo probatorio, señala que los estudios genéticos recientes revelan una realidad demográfica distinta, ya que más de un cincuenta por ciento de la población actual de argentinos lleva sangre indígena. 

Protagonismo político

Junto con el primer período de desarrollo del capitalismo en nuestro país, a principios del siglo XX las clases populares parecen recuperar protagonismo político. Esa recomposición política iba de la mano de los trabajadores con oficios de cierta calificación, que tenían más poder de negociación frente a las patronales. En este período despunta la organización sindical de los obreros, se producen las primeras huelgas generales, y en estos sectores se expresa firmemente una cultura del antagonismo de clase. El anarquismo, el socialismo, el sindicalismo revolucionario y el comunismo, teorías y prácticas a menudo traídas de sus lugares de origen por inmigrantes europeos que ya conocían esas formas de organización y de lucha, se van afianzando y se extienden hasta lograr imprimir una ideología clasista incluso en una parte de los sectores medios.

No obstante, el momento de mayor protagonismo de las clases populares remite a los tiempos de Juan Domingo Perón. En este punto, resulta interesante observar que el libro de Adamovsky se permite analizar el fenómeno sin convertirlo, como es usual, en una palestra para la eterna e irresoluble polémica entre peronistas y antiperonistas. Si bien sus apreciaciones acerca de la figura de Perón traslucen una escasa simpatía hacia el líder del movimiento popular, su reconstrucción histórica lo lleva a afirmar que en estos tiempos las clases populares lograron afirmar su propia identidad en la Argentina “blanca y europea” que pretendía seguir excluyéndolas e invisibilizándolas.

Seguramente los historiadores nunca se pondrán de acuerdo acerca de lo que fue el peronismo. Adamovsky lo define como una mezcla entre el “proyecto político de Perón, el interés propio de los dirigentes obreros y el aporte plebeyo y revulsivo de las masas”. También sostiene que el movimiento obrero, que había ido intentado en repetidas ocasiones superar su fragmentación en distintas facciones, pero seguía fragmentado, se convirtió con el peronismo en un sujeto político unificado. Con esa ganancia, sin embargo, de acuerdo a la mirada de este historiador, el sindicalismo “perdió autonomía” atando su destino a la figura de su líder, al mismo tiempo que Perón se habría visto obligado a “sostener la imagen pública de tribuno de la plebe, que no pensaba inicialmente asumir y que no combinada bien con su propia ideología”. 

Pero al margen de las interpretaciones –y aceptando que en el terreno del análisis de la acción de los líderes a veces se vuelve imposible distinguir cuáles son expresiones genuinas de convicciones ideológicas y cuáles producto del mero calculo político–, lo cierto es que el peronismo afectó las jerarquías sociales y los valores que las elites argentinas venían inculcando desde el siglo XIX. Los rasgos de las clases populares que habían sido connotados negativamente, cobraron un carácter afirmativo y se tornaron en cierta forma expresiones de un “orgullo plebeyo”. 

Es de destacar el hecho de que se recuperaran algunas palabras descalificadoras para emplearlas esta vez con un sentido positivo, como hacían aquellos que se llamaban a sí mismos “descamisados”, o como hacía Eva Perón cada vez que se dirigía a sus fieles diciéndoles “mis cabecitas negras” o “mis grasitas”. Así, para bien o para mal según quién lo mire, la experiencia del peronismo y su estética marcaron profundamente la identidad y la ideología de las clases populares en la Argentina.

Lo múltiple, lo diverso, lo yuxtapuesto

Llegado este punto cabría volver al principio: ¿quiénes son las clases populares? La pregunta no es en realidad tan simple de responder. A menudo se dice, retomando a Antonio Gramsci, que la clase dominante tiene una concepción del mundo elaborada y sistemática, políticamente organizada y centralizada, que es hegemónica en tanto consigue imponerse en el conjunto del entramado social. Por el contrario, la visión de las clases subalternas remitiría al registro de lo múltiple, lo diverso y lo yuxtapuesto. 

Por ello, aciertan los autores de estos tomos de la Historia de las clases populares en la Argentina cuando reconocen que “clases populares” es un término “arbitrario y un poco impreciso” (Di Meglio), cuya elección fundamentan ante todo por su carácter político. El término designaría entonces a todos aquellos que están “desposeídos del control de los resortes fundamentales que determinan su existencia”, y que se encuentran sometidos a situaciones de “explotación, opresión, violencia, pobreza, abandono, precariedad o discriminación” (Adamovsky). Así, más allá de las diferencias internas, lo que estas clases compartirían sería una situación común de subalternidad respecto de las elites; es decir, el mundo popular se recorta en contraste con el mundo de la clase dominante. 

Resulta irrebatible que no hay ninguna “esencia” de lo popular, así como tampoco existe un único sujeto, permanente y uniforme a lo largo de la historia, que podamos definir como clases populares de una vez y para siempre. Como bien señaló el historiador inglés E. P. Thompson, la noción de “clase” entraña la noción de relación histórica. Y como cualquier otra relación se trata de un proceso fluido, que elude el intento de detenerlo en seco y formular la existencia de una estructura invariable.

Cada nación puede ser concebida, como propuso el estudioso del nacionalismo Benedict Anderson, “una comunidad imaginada”, y acompañada por el relato de un poder que para gobernar precisa, necesariamente, construir un consenso favorable a sus intereses y lograr que se perciban como intereses generales. Las clases populares pueden ser conservadoras o progresistas, reaccionarias o innovadoras, y en gran medida eso depende de cómo se relacione cada uno de los grupos que las conforman con la cultura hegemónica. Dicha relación puede ser de resistencia, de combate, puede estar orientada a influir en los espacios de poder para obtener reivindicaciones propias, y puede también expresar adaptación o adhesión pasiva a las formaciones políticas dominantes.

Las clases sólo se constituyen en tales como resultado de ciertos procesos de articulación política. En ausencia de este tipo de articulaciones, no existirían las clases propiamente dichas, sino apenas categorías ocupacionales o económicas aisladas unas de otras. De ahí quizá que este recorrido a lo largo de una parte de nuestra historia permita concluir que los momentos de mayor protagonismo y politización de las clases populares han sido aquellos en que éstas han logrado estar más articuladas. En buena medida, los frutos de sus luchas han tenido que ver con su posibilidad de tomar conciencia acerca de experiencias compartidas e intereses comunes, así como también con su capacidad para establecer alianzas y negociar con otros sectores.

Articulo publicado por el diario Clarín.

viernes, 21 de diciembre de 2012

El fin de los tiempos: un repaso por todas las profecías incumplidas

Evidentemente seguimos aquí, y según los cálculos científicos, a los cuales sí hay que prestar atención, vamos a permanecer todavía un largo tiempo, así que mejor nos tomamos este asunto del fin del mundo con humor, y vemos cuántas veces no ha dejado de existir en la Tierra la raza humana. A leer! Y mañana (que seguiremos aquí), si quieren comentan :)

Cada cierto tiempo, un "elegido" aparece con la revelación sobre la fecha en que ocurrirá el fin del mundo, basándose en especulaciones sobre los diferentes textos de la Biblia o cálculos matemáticos, o incluso anunciando el nacimiento de un Anticristo y el año en que su poder caería sobre toda la humanidad.

Las predicciones apocalípticas fallidas son documentadas a lo largo del tiempo por los diferentes escritos realizados por esas mismas personas o sus "obedecidos". Aquí, un listado de las profecías más famosas y que lograron ser documentadas.

Año 90: Menos de 100 años después del nacimiento de Cristo, el Papa Clemente I, elegido en el año 88 y fallecido en el 97, profetizó que el fin del mundo sucedería en cualquier momento de ese año.

Año 365: El obispo y escritor francés Hilario de Poitiers pronosticó ese año como el del fin del mundo, ya que alegaba que el último emperador (Constancio II), que lo había desterrado de Frigia, era el Anticristo, y el responsable del final que se acercaba.

Año 400: El obispo San Martín de Tours desde el año 375 comienza a predicar que el fin del mundo llegaría en el 400. Su escrito aseguraba: “No hay dudas de que el Anticristo ya nació. Firmemente establecido ya en sus primeros años, después de alcanzar la madurez, alcanzará el poder supremo”. Sus cálculos aseguraban que a los 25 años, el Anticristo se adueñaría del mundo y lo destruiría.

Año 999: La inminente llegada del año 1000 provoca una histeria colectiva, que lleva incluso a iniciar guerras contra los paganos del norte de Europa para “convertirlos” antes de la “Segunda venida”. Miles de personas vendieron sus propiedades y descuidaron sus plantaciones para peregrinar a Jerusalén, a la espera de la llegada del Mesías.

Año 1260: El monje italiano Joaquín de Fiore, que vivió entre los años 1135 y 1202, había asegurado que el fin del mundo estaba previsto para este año. Su cálculo para el fin del mundo rezaba que eran 30 generaciones que pasaban antes del fin de la era, y teniendo en cuenta que 42 años es la edad promedio de una persona, al multiplicar 30 por 42 el resultado era 1.260. Tras su muerte, sus seguidores, denominados “Joaquinitas” formaron un movimiento que avalaba esa teoría, aunque al no pasar nada ese año, aplazaron el fin del mundo un año más, hasta el 1290, aduciendo que faltaba una generación.

Año 1284: El Papa Inocencio III, que vivió entre los años 1161 y 1216, aseguró que el fin del mundo estaba previsto para 666 años después de la fundación del Islam, por lo que la suma de esas cifras le daba ese año.

Año 1496: Según los místicos del siglo XV, teniendo en cuenta que el nacimiento de Cristo se produjo en realidad en el año 4 aC, en ese año se estaba viviendo el 1500 después de su nacimiento, lo que llevaba a que el fin de la era antigua llegara en ese momento.

Año 1666: Teniendo en cuenta que esta fecha es la suma del milenio más el Número de la Bestia, y los diferentes conflictos que se sucedían en Inglaterra, todo hacía prever que el fin del mundo llegaba. Incluso, el Gran Incendio de Londres que ocurrió ese año ayudó a acrecentar los rumores y teorías.

Año 1669: Los Antiguos Creyentes de Rusia estaban convencidos de que el fin del mundo sucedería ese año, lo que llevó a que 20.000 de ellos  se inmolaran quemándose, para protegerse de la inminente llegada del supuesto Anticristo.

Años 1843-1844: William Miller, líder del denominado Movimiento Millerita, basado en un minucioso cálculo predijo que la segunda venida de Cristo se produciría entre el 21 de marzo de 1843 y el 21 de marzo de 1844, año durante el cual reunió a miles de devotos, a la espera de su llegada. Tras el fracaso de la profecía, se aseguró que el 22 de octubre de 1844 era la fecha en realidad. Para ese día, reunió a todos sus seguidores en una colina, y tras el fracaso, el hecho es recordado como “La gran decepción”.

Año 1891: El 14 de febrero de 1835, Joseph Smith, fundador de la Iglesia Mormona, aseguró que la segunda venida tendría lugar pasados los 56 años, lo que daba como resultado ese año: "El Salvador haría su aparición aquí en la Tierra y la escena final tendría lugar", según el diario de Oliver Boardman Hamington.

Año 1914: Los Testigos de Jehová creyeron que cada uno de los “siete templos” mencionados en el libro bíblico de Daniel era de 360 días, lo que totalizaba 2.520 días. Ellos interpretaron esto como representativo de 2.520 años, comenzando en el año 607 aC, lo que fija como meta el año 1914, más precisamente el día 1 de octubre. De hecho, consideraron la Primera Guerra Mundial como la batalla del Armagedón. Luego de que transcurriera ese año sin que nada pasara, la revista Watchtower predijo que el año final del mundo sería 1915, 1918, 1920, 1925, 1941, 1975, y por último 1994. No, ninguna se cumplió.

Año 1919: El reconocido meteorólogo italiano Alberto Porta, residente en San Francisco, aseguró que para esa fecha una conjunción de seis planetas causaría una corriente magnética tal que “penetraría el sol, causando grandes explosiones de llamas de gas, que finalmente terminarán con la Tierra”. El terror comenzó a expandirse hacia otros países, y muchas personas fueron las que se suicidaron antes de que tal catástrofe llegara.

Año 1987: Leland Jensen, líder de la secta bahá’í, profetizó que el cometa Halley sería desviado a la órbita de la Tierra el 29 de abril de 1986, y los pedazos del cometa cubrirían la Tierra durante un año. La fuerza de la gravedad del cometa podría causar grandes terremotos, y el 29 de abril de 1987 el cometa se estrellaría contra la Tierra causando una destrucción generalizada.

Año 1999: Varias son las teorías que afirmaban que en ese año el fin del mundo llegaría. Desde las publicaciones de los Testigos de Jehová hasta el lingüista Charles Berlitz, quien predijo una devastación nuclear, el impacto de un asteroide o incluso el cambio de polos. Según una publicación astrológica que circulaba en la India, el mundo desaparecería por una serie de graves desastres naturales el 8 de mayo, predicción que llevó a que una importante cantidad de indios entraran en pánico.
 
Además, los miembros de la secta denominada Iglesia Stella Maris, de Colombia, se reunieron en Sierra Nevada asegurando que el fin del semana del 3-4 de julio de ese año pasarían a ser recogidos por un OVNI que los salvaría del fin del mundo. Sin embargo, el fin del mundo no llegó, pero los más de 30 integrantes de ese culto desaparecieron sin dejar rastros.

Año 2000: Según el arqueólogo Richard W. Noone en su libro 5/5/2000Ice: The Ultimate Disaster, una acumulación de exceso de hielo en la Antártida es la causante de un desequilibrio en la Tierra. Ese desequilibrio cambiaría los polos, lo que podría causar el envío de miles de millones de toneladas de hielo a las cascadas de todos los continentes.

Año 2001: La Academia de Ciencias Unarius, fundada en 1954, aseguró que a fines de este año los “hermanos del espacio” enviarían ovnis a la zona de El Cajón, California, para la inauguración de una nueva era. Sin embargo, en enero de 2002, al ser consultados respecto del error de su profecía, adujeron: "Los hermanos del espacio no aterrizaron porque nosotros, el pueblo de la Tierra, no estamos dispuestos a aceptar los pueblos avanzados de otro planeta".

Año 2003: Este año llegaría el fin del mundo, más precisamente el 5 de mayo, según lo que aseguraba Nuwaubians, un culto a Georgia dirigido por el Dr. Malachi Z. York, que dice ser la encarnación de Dios y un nativo del planeta Rizq, que incluso fue entrevistado por la revista Time en julio de 1999.

Año 2007: Utilizando la numerología, donde mezcló profecías bíblicas, el Y2K, los códigos de la Biblia y la astrología, Thomas Chase confirmó que el Armagedón ocurriría en agosto de este año.

Noticia publicada por el diario Infobae.

jueves, 20 de diciembre de 2012

Las cartas de los soldados nazis que llegarán estas Navidades


En 1941, un grupo de habitantes de la isla británica de Jersey asaltó la oficina de correos del ejército alemán, que ocupó ese territorio durante la Segunda Guerra Mundial.

En aquella acción, los asaltantes robaron las cartas que los soldados iban a enviar a sus familias.

Pero los entresijos de esta acción fueron secretos hasta hace poco.

Ahora, el archivo de Jersey buscó las direcciones actuales y procedió a su entrega, 71 años después.

Este video de BBC Mundo cuenta la historia.


           
   
           
   
           
   
           
   
           
   
           
           
           
   
       

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Con un análisis forense revelan cómo murió un faraón egipcio


Miembros del harén del segundo faraón de la dinastía 20, Ramsés III, que se cree que reinó desde 1186 hasta 1155 antes de Cristo, le cortaron la garganta como parte de un golpe de Estado, según una nueva investigación publicada en British Medical Journal.

El hallazgo de papiros de documentos del juicio a los conspiradores reveló esta teoría.
La conspiración fue encabezada por Tiye, una de sus dos mujeres conocidas, y su hijo, el príncipe Pentawere, que heredaría el trono, pero no está claro si el complot se realizó con éxito.

El destino de Ramsés III fue durante mucho tiempo objeto de arduos debates entre los egiptólogos. Ahora, un equipo de investigadores, dirigido por Albert Zink, del Instituto de Momias y el Hombre de Hielo de la Academia Europea de Bolzano, en Italia, llevó a cabo detallados análisis antropológicos y forenses sobre las momias de Ramsés III y de un hombre desconocido, que se sospecha que era hijo del rey.

Las tomografías computadas de Ramsés III revelaron una herida ancha y profunda en la garganta de la momia, probablemente causada por una cuchilla afilada y que podría haberle causado la muerte inmediata.
Además, los científicos encontraron en el interior de la herida un amuleto de ojo de Horus, probablemente introducido por los embalsamadores egipcios antiguos durante el proceso de momificación para promover la curación.

El cuello fue cubierto por un collar de capas gruesas de lino. El análisis del hombre desconocido reveló una edad de entre 18 y 20 años, mientras que un tórax hinchado y comprimido con pliegues cutáneos alrededor del cuello de la momia sugiere acciones violentas que condujeron a su muerte, como la estrangulación. Los autores creen que el hombre desconocido “es un buen candidato para ser Pentawere”, pero subrayan que la causa de la muerte “sigue siendo un tema de especulación”.

Por último, el análisis de ADN reveló que las momias comparten el mismo linaje parental, “lo que sugiere que eran padre e hijo”, dicen los egiptólogos, concluyendo que Ramsés III “fue asesinado durante la conspiración de su harén cortándole la garganta”.

Noticia publicada por el diario Clarín.