jueves, 14 de enero de 2010

Los Estados Absolutistas, el caso inglés

En su obra ya citada en entradas anteriores, Anderson indica que, a pesar de haber tenido monarquías feudales más fuertes que las francesas, el absolutismo inglés fue más débil y de menor duración, mientras que aquellas alcanzaron gran plenitud, lo que no ocurrió en el reino de la Gran Bretaña.
 
Lo que es un aspecto singular de Inglaterra es la evolución de sus instituciones parlamentarias. En este país se desarrollaron los Parliaments, instituciones colectivas únicas y “entremezcladas”, es decir, sin la distinción tripartita de nobles, clérigos y burgueses, y ya desde el siglo XIII las ciudades tenían representación en el Parlamento inglés, centralizado tempranamente como su monarquía.
 
Señala el autor la distinción, dentro del Parlamento, entre Lores y Comunes es una evolución posterior, que no encierra una división estamental, sino intraclasista.
 
Estos parlamentos, que se reunían en Londres, aseguraron una limitación en el poder legislativo del rey: “se aceptó que ningún monarca podía decretar nuevas leyes sin el consentimiento del Parliament” , grafica Anderson.
 
Por otra parte, los aspectos judiciales y administrativos se distinguen de sus similares continentales en el hecho de que en ellos se da una fusión de la monarquía y la nobleza. El autor explica que esto se debe a la pervivencia de tribunales populares prefeudales, que configuraron un “terreno común sobre el que podía edificarse la mezcla de ambas”  instancias.
A esta unidad en los distintos aspectos de la vida política, administrativa y judicial debemos agregarle que, a instancias de monarcas fuertes, como ya señalamos, se produce otra particularidad.
 
Aún cuando la nobleza medieval inglesa es caracterizada por el autor como una tan voraz, feroz y guerrera como cualquier otra en Europa, la capacidad administrativa de los monarcas propicia el predominio inglés sobre la mayor parte de la Guerra de los Cien Años. 
 
“La lealtad de la nobleza inglesa –explica Anderson- estaba cimentada (…) en las victoriosas campañas exteriores” . Esto no cambió hasta que Carlos VII e Francia promovió la reorganización del sistema feudal francés; y “el penoso colapso final del periodo inglés en Francia fue el estallido de la Guerra de las Dos Rosas en Inglaterra” , enfrentamiento civil que culminó con la llegada de la dinastía de los Tudor.
 
Sobre el final del siglo XV, con el poder de la dinastía consolidado y la seguridad interior garantizada, Enrique VII desechó la institución del Parlamento, que hasta ese momento había celebrado sus reuniones anualmente. 
 
Con la Star Chamber y la Justice of the Peace, la monarquía se proveyó de herramientas para, con la primera, reprimir revueltas y sediciones y, con la segunda, reforzar la administración local.
 
Además, se ampliaron los dominios reales, se cuadruplicó su producto y se explotó al máximo posible los privilegios feudales y los derechos de aduanas. De este modo, a comienzos del siglo XVI el horizonte de Enrique VIII era prometedor.
 
Este monarca no aportó demasiados cambios. Efectivamente, Anderson señala dos breves campañas bélicas contra Francia como hechos principales en los primeros veinte años del reinado de Enrique VIII.
 
Sin embargo, dado que no tenía sucesor de sangre, Enrique decide divorciarse de su esposa española. Ello le acarrea problemas tanto con la Iglesia católica como con Carlos V de España. A fin de asegurarse el apoyo de la clase terrateniente en un verdadero asunto de Estado, Enrique VIII convocó nuevamente a un Parlamento, el más largo de la historia, del que quería obtener aprobación para realizar la incautación política de la Iglesia por el Estado en Inglaterra.
 
Ciertamente, al obtener finalmente el control de la Iglesia reformada, el poder del monarca se vio revitalizado; relanzado el gobierno, en términos más actuales.
 
Asimismo, los Parlamentos de la Reforma en Inglaterra, privaron a los señores del poder de designar a los Justice of the Peace, Gales fue incorporado legal y administrativamente al reino y, más llamativo, se decidió la disolución de los monasterios y la expropiación de sus tierras.
 
Al mismo tiempo, Cromwell amplió y reorganizó la burocracia, y sentó las bases  de un consejo privado de carácter regular, que poco después fue proclamado oficialmente “como organismo ejecutivo interno de la monarquía (…) Un Statute of Proclamations, destinado claramente a conferir al monarca poderes legislativos extraordinarios, emancipándola en el futuro de su sujeción al Parlamento (aunque) fue neutralizado finalmente por los comunes”.
 
Aunque el aparato represivo fue creciendo durante el reinado de Enrique VIII, y el poder personal de este monarca es equiparable al de Francisco I de Francia, Inglaterra no tenía, como aquella, un aparato militar sólido.
 
Las Compaignes d’Ordennance francesas y los Tercios españoles eran ejemplos de fuerzas militares regulares y modernas, junto a la utilización de mercenarios, porque “la construcción de un ejército fuerte era una condición indispensable para la supervivencia de las monarquías renacentistas del continente” . Sin embargo, la monarquía inglesa no alcanzaba a desentrañar esta realidad, aún cuando la posición internacional inglesa había cambiado radicalmente, cuando España y Francia se disputaban el territorio italiano e Inglaterra se veía distanciada de ellas . Inglaterra no tenía protagonismo militar a la par de sus competidores, y no había llegado aún el momento de su supremacía marina.
 
En 1543 Enrique VIII lanzó la que sería su última acción importante, una invasión a Francia en alianza con el imperio. La operación resultó un desastre con consecuencias de largo plazo. 
 
La suba de los costos de la expedición militar provocó diversos coletazos, como la devaluación de la moneda, la venta de las propiedades agrarias obtenidas de los monasterios y el fortalecimiento de la gentry, que adquiría esas propiedades.
 
Además, la clase noble se desmilitarizó acelerada y prematuramente, produciéndose una disociación entre la nobleza y la función militar que la había caracterizado en la Edad Media. A raíz de ello, la aristocracia se volcó gradualmente hacia las actividades comerciales.
 
La producción lanera se hallaba en alza, y la producción rural de paños, en paralelo con la otra, “proporcionaba salidas naturales para las inversiones de la gentry”.
 
Tras la fracasada incursión de Enrique VIII en Francia, se produjo una profunda miseria popular en el campo debido a las también desafortunadas medidas económicas destinadas a solventar la expedición.
 
En este marco, la minoría de edad de Eduardo VI representa una regresión en la estabilidad y poder de la monarquía, con verdadero peligro de desintegración; pero la llegada de Isabel al trono logró restablecer el estado anterior de cosas: “domesticó” a la Iglesia Anglicana y realzó la autoridad real sobre la base de la popularidad de la figura de la reina.
 
Sin producir grandes reformas, Isabel debió sin embargo enfrentar las inquietudes surgidas de un Parlamento que aumentó en tamaña, y dentro del cual la proporción de la nobleza rural creció también. Los planteos de carácter religioso y la oposición en temas fiscales obligaron a la reina a vender tierras nuevamente, para cortar la dependencia.
 
Por otra parte, todavía inferior militarmente, Inglaterra no podía trazar objetivos expansionistas, y su política exterior se limitó a unas metas “negativas”.
 
Anderson indica que Inglaterra debió limitarse a impedir que otros concreten sus objetivos, más que pelear por los suyos propios, y que su resonante victoria sobre la Armada Invencible española no la pudo capitalizar en tierra. Se dedicó, sin embargo, a la conquista de “la pobre y primitiva Irlanda” . Con sus vaivenes, esta guerra de conquista tomó varios años, sobre todo debido a que buena parte de la isla había quedado formalmente fuera del control de los monarcas Tudor, y porque los jefes que comandaban los clanes eran fieles católicos que se oponían a la anglicanización y llamaron al papado y a España. Finalmente, Inglaterra prevaleció en la disputa gracias a sus técnicas “despiadadas” para masacrar a la insurgencia.
 
El gran avance, en todo caso, llegó con el siglo XVI y el lento giro hacia el equipamiento y la expansión navales. Tanto los viejos barcos de guerra a remo como los buques comerciales fueron sustituidos por “grandes barcos de guerra equipados con armas de fuego. En el nuevo tipo de navíos de guerra, las velas sustituyeron a los remos y los soldados comenzaron a dejar sitio a los cañones” .
 
A mediados del siglo, sin embargo, Inglaterra se vio superada también en este plano, ahora por la aparición del galeón en España y Portugal. Pero a fin de la década de 1570 el Consejo Naval “impulsó una rápida modernización y expansión de la flota real. Los galeones de poco calado fueron equipados con cañones de largo alcance, situados en plataformas muy manejables, y destinados a hundir a las naves enemigas, en una batalla en movimiento, desde la mayor distancia posible” .
 
Estos y otros cambios promovidos en este contexto fueron los que proveyeron a Inglaterra de su dominio naval. Pero no solo a nivel militar, sino que su flota comercial cobró también relevancia. De hecho, la función de las embarcaciones era dual: los cañones se desmontaban de ser necesario para dar lugar a las mercaderías.
 
Finalmente, Anderson señala que “la armada se convirtió así no sólo en el ‘mayor’ instrumento del aparato coercitivo inglés, sino en un instrumento ‘ambidextro’, con profundas consecuencias sobre la naturaleza de la clase gobernante” , ya que los terratenientes se desarrollaron en forma paralela al capital mercantil de los puertos.

Fuente y citas: Perry Anderson. El estado absolutista. FCE, 1992

martes, 12 de enero de 2010

Nuevos hallazgos sugieren que no fueron esclavos quienes construyeron las pirámides

Nuevas tumbas encontradas en Giza apoyan la visión de que las Grandes Pirámides fueron construidas por trabajadores libres y no por esclavos, como se cree ampliamente, dijo el jefe de arqueología de Egipto el domingo.

Películas y la prensa han representado largamente a esclavos trabajando duro en el desierto para construir las gigantescas pirámides, sólo para encontrar una muerte miserable al finalizar sus esfuerzos.

"Estas tumbas fueron construidas al lado de la pirámide del rey, lo que indica que esta gente no era por ningún motivo esclava", dijo en un comunicado Zahi Hawass, el arqueólogo que encabeza el equipo de excavación egipcio.

"Si eran esclavos, no se les permitiría construir tumbas al lado de la de su rey". agregó.

Hawass dijo que la colección de tumbas de trabajadores, de las cuales algunas fueron encontradas en la década de 1990, estaban entre los hallazgos más significativos en los siglos XX y XXI.

Las tumbas pertenecieron a los trabajadores que construyeron las pirámides de Khufu y Khafre.

Anteriormente, Hawass encontró rayados en las paredes hechos por los trabajadores, llamándose a sí mismos "amigos de Khufu", otra señal de que no eran esclavos.

Las tumbas, en la meseta de Giza en el extremo oeste de El Cairo, tienen 4.510 años de antigüedad y se ubican a la entrada de una necrópolis de un kilómetro de largo.

Hawass dijo que se ha encontrado evidencia que muestra que los granjeros en el Delta y el Alto Egipto habían enviado 21 búfalos y 23 ovejas a la meseta cada día para alimentar a los constructores.

Se cree que cerca de 10.000 personas trabajaron en las construcciones, o casi un décimo de las estimaciones del historiador griego Heródoto de 100.000 obreros.

Los granjeros fueron exentos de pagar impuestos al Gobierno del antiguo Egipto, evidencia que según Hawass subraya el hecho de que estaban participando en un proyecto nacional.

El primer descubrimiento de tumbas de obreros en 1990 se produjo accidentalmente, cuando un caballo tropezó con una estructura de ladrillo a 10 metros de la zona funeraria.

Noticia de Reuters publicada por Yahoo!

lunes, 11 de enero de 2010

Una aproximación a la conformación del Estado Absolutista en Francia

La conformación del Estado Absolutista francés está signada por varios factores individuales y distintivos. El primer factor que Anderson menciona es la lenta extensión, por parte de la dinastía de los Capeto, de los derechos de soberanía, hacia el exterior de su “base” de la Isla de Francia. 

Si bien “los lejanos condados y ducados de Francia siempre habían prestado lealtad nominal a la dinastía central (… y ello) permitía una jerarquía jurídica que facilitaría más adelante la transición política”, es bien cierto también que el poder de la monarquía se diluía conforme se agrandaba la distancia entre París y los territorios periféricos.



Es preciso señalar que, como toda dinastía, los Capeto tenían enemigos políticos; en este caso se trata de la Casa de Borgoña, un ducado del norte. 

Otro factor problemático en la conformación estatal francesa es la densa población, que con veinte millones de habitantes en el sigloXVI dobla a España, esta abundante población no es problemática en sí, sino por la variedad que la vida presenta en las distintas regiones del territorio francés, lo cual implica asimismo una gran variedad regional en el sistema político administrativo. 

La centralización, en Francia, se va a producir entonces de modo “convulsivo”, y signada por las repetidas interrupciones que significaron “recaídas en la desintegración y en la anarquía provincial”. 

Finalmente, esta lenta centralización, que Anderson caracteriza como “concéntrica”, llegó a su fin con el fin de la dinastía de los Capeto. La consecuencia inmediata de la caída de esta dinastía fue la violencia y la guerra. 

Justamente, es la Guerra de los Cien Años la que inicia un proceso de tres rupturas políticas. Este conflicto dejó como herencia, además del territorio arrasado, una “emancipación fiscal y militar de la monarquía de los límites del anterior sistema político medieval. En efecto, la guerra sólo pudo ser ganada gracias al abandono del sistema señorial de servicios de caballería (…) y con la creación de un ejército regular pagado, cuya artillería fue el arma decisiva de la victoria”. 

Además, la ya mencionada taille royale aparece también en esta época, en 1439 precisamente. Al año siguiente, este tributo se regulariza y se convierte en la taille des gens d’armes, de la cual estaban exentos el clero y la nobleza, ésta con carácter hereditario. Adelantándonos un poco a las conclusiones, entonces, tras este muy prolongado conflicto, aparecen dos de los elementos distintivos del Estado absolutista: ejército y sistema fiscal incipientes. 

Si bien “el aparato coactivo y fiscal del Estado Central todavía era muy pequeño” , la monarquía aparece reforzada por “las compagnies d’ordennance, capitaneadas por la aristocracia, y un impuesto fiscal directo que no estaba sujeto a ningún control representativo”. 

Sin embargo, lo que la monarquía no tenía era una nueva administración que se ajustara al ámbito nacional. Con esta idea, y por la necesidad de crear aceptación para los nuevos impuestos necesarios para el sostenimiento de la estructura absolutista, apareció con Carlos VII (1422 – 1461) la convocatoria a los Estados Generales. 

El problema con que se topó la monarquía fue que los diputados regionales llegaban con instrucciones de no apoyar la implementación de nuevos impuestos nacionales, los cuales tampoco tenían apoyo de la nobleza, que no obtenía nada de ellos. 

Fortalecidos por “el acaparamiento sistemático de los gobiernos municipales (…) la exacción arbitraria de mayores impuestos y la represión de las intrigas aristocráticas” , los monarcas dejaron de convocar paulatinamente a los Estados Generales, truncándose de este modo la posibilidad de un Parlamento nacional. 

Tardó, todavía, algunas décadas la monarquía para terminar de asentarse y convertirse en “absoluta”. Anderson señala que luego de 1517 los Estados Generales no fueron convocados nunca más y la política exterior se convirtió en un terreno exclusivo de la monarquía, aunque reyes como Francisco I y Enrique II consultaban con frecuencia a las Asambleas Regionales y respetaban los privilegios de la nobleza. 

La monarquía evitó el ocio de la nobleza, y se embarcó en la empresa de conquistar Italia, en la que Francia fue derrotada por España, quedando rubricada la devolución de territorios por ambas partes y, sobre todo, la renuncia por parte de Francia a cualquier ambición en Italia. Fue un tratado importante por los firmantes (Inglaterra, Francia y España) y por la duración de casi un siglo de los acuerdos alcanzados. 

Tras esta aventura bélica, la monarquía podría haberse visto fortalecida, pero el fallecimiento de Enrique II desató en Francia terribles luchas internas. Conflictos de carácter religioso que acompañaron a la Reforma; luchas por el control de la corona entre los hugonotes y la Santa Liga; y las guerras de religión, fogoneadas por los linajes rivales de Guisa, Montmercy y Borbón. 

Estas tres casas incrementaron sus filas de combatientes gracias a la delicada situación de los propietarios rurales más pobres que, al margen de las convicciones religiosas que los dividían, entraron al conflicto como cuadros militares. 

Anderson explica que se ha barajado la hipótesis de que las orientaciones comerciales hacia mercados internos y externos influyera en la división, pero que es más probable que “la pauta geográfica general del protestantismo reflejara el tradicional separatismo regional del sur”. 

Sin embargo, y a pesar de los numerosos detalles que podríamos enunciar respecto de las disputas religiosas, teñidas por otra parte de tintes económicos y políticos, lo destacable es que dichas disputas se extienden provocando una devastación cada vez mayor en el mundo rural, lo que traerá aparejados levantamientos no religiosos en la última década del siglo XVI. 

Frente a la amenaza de las masas populares levantadas, “la nobleza comenzó a cerrar filas (…) Enrique IV aceptó tácticamente el catolicismo, reunión a los patrocinadores aristocráticos de la Liga, aisló a los comités y suprimió las rebeliones campesinas. Las guerras de religión terminaron con la reafirmación del Estado real”. 

A partir de aquí, Anderson señala una serie de pautas que dan la idea de que el Estado absolutista alcanzó su madurez:

• Los particularismos regionales tradicionales tenían representación en los parlements provinciales.
• Crecía en distintos puntos una burocracia comercial que controlaba los municipios.
• París reconstruida se convirtió en la capital permanente del Reino
• Se conservó la paz exterior
• Se duplicaron los ingresos a las arcas reales, a través de impuestos indirectos y de una mayor racionalización del gasto.
• Se implementó la paulette, la venta de cargos, que fue creciendo progresivamente, pasando de representar el ocho por ciento del ingreso al treinta y ocho por ciento a mediados de la década de 1620.
• Al mismo tiempo, Richelieu y sus sucesores se empeñaron en la racionalización administrativa, a fin de asegurar el control y la intervención real directos. 

El mismo Armand-Jean du Plessis conde y cardenal de Richelieu fue importante en la modernización del Estado, ya que fue quien con el fin antes mencionado terminó de aplastar a los hugonotes al capturar La Rochelle, abolió dignidades militares medievales, suprimió los Estados en cada lugar que fue posible e implementó la figura del intendant, un cargo de funcionario omnímodo designado directamente por el rey, cargo que se podía revocar, pero no comprar: “representaron el nuevo poder el Estado absolutista en los rincones más alejados del reino”, indica Anderson. 

La nueva modalidad del Estado francés tenía en sí algunas contradicciones y tensiones, pero facilitó la aceptación gradual por parte de la nobleza y su integración al nuevo “molde”, en tanto que la creciente burguesía se sumaba también, al calor de la rentabilidad que ofrecía la compra de cargos públicos. 

Asimismo, la burguesía adoptó también la tendencia a adquirir títulos nobiliarios y con ellos exención impositiva. La consecuencia es que el peso enorme del aparato burocrático racional recayó sobre las masas populares urbanas y rurales. 

La intervención francesa en la Guerra de los Treinta Años fue soportada por las masas, así como la imposición militar de los intendants en distintas regiones del reino. Cuando el peso fue insoportable, nuevamente se produjeron levantamientos, entre los cuales “la Fronda puede considerarse como la ‘cresta’ más alta de esta larga ola de rebeliones populares, en la que durante un breve periodo algunos sectores de la alta nobleza, de la magistratura de los titulares de cargos y de la burguesía municipal utilizaron a las masas descontentas para sus propios fines”. 

Muchos de los elementos disgregantes que marcaron a las guerras de religión aparecieron también en la Fronda. De hecho, Anderson señala que “el país pareció una vez más caer en pedazos a medida que las provincias se desvinculaban de París”. 

Sin embargo, el autor aclara luego que, para la monarquía, resultó este alzamiento menos peligroso que los enfrentamientos religiosos. Y ello se debe a que las clases propietarias estaban ahora más unidas, y se condujeron de manera “más solidaria” contra las masas. 

La consecuencia inmediata de la fronda para el nuevo estilo monárquico fue que, al acabar los enfrentamientos, “una selecta élite burocrática estaba entrenada y preparada” para la conducción del Estado, por lo cual la aristocracia quedó asentada bajo el absolutismo consumado de Luis XIV. Bajo este rey, el absolutismo francés alcanzó su plenitud. 

Para finalizar esta parte, es conveniente señalar dos aspectos: por un lado, entender la plenitud del sistema absolutista francés en términos de centralización del aparato administrativo, coercitivo, militar, diplomático y fiscal bajo la égida de un soberano que, a través de un cuerpo selecto de funcionarios designados a dedo, ejercía en el territorio la autoridad real. 

En segundo término, Luis XIV apuntaba a “un propósito específico: el objetivo superior de la expansión militar” , ligado a un fuerte y ambicioso programa mercantilista. 

Fuente y citas: Perry Anderson. El estado absolutista. FCE, 1992

sábado, 2 de enero de 2010

Datan en el siglo IX el origen del castellano

Ponerle fecha y lugar de nacimiento al castellano ha sido uno de los mayores desafíos para los lingüistas. Hasta ahora, se situaba su origen en las Glosas Silenses o Emilianenses, textos escritos en los márgenes de obras redactadas en latín, y que se guardaron desde el siglo XI en que fueron escritas en los monasterios de Santo Domingo de Silos (silenses) y San Millán de la Cogolla (emilianenses). Pero un estudio del Instituto de la Lengua de Castilla y León dirigido por Gonzalo Santonja, adelanta las primeras palabras del español más de un siglo.

Santonja avanzó algunos de sus descubrimientos, que serán próximamente presentados con detalle, y que señalan a los Cartularios de Valpuesta como la expresión escrita más antigua del castellano, que dataría del siglo IX. Aunque habitualmente se utiliza la denominación de cartulario para un documento escrito por dos o tres personas a lo largo del tiempo, en este caso se trata de un compendio de documentos. El director del Instituto Castellano y Leonés de la Lengua (ILCYL) se ha mostrado «muy satisfecho» por el resultado del estudio, dada la dificultad de analizar este compendio de documentos que fueron agrupados por un clérigo del santuario de Valpuesta con todos los textos que iba encontrando, y que se guardaban desde dos siglos antes en el norte de la provincia de Burgos, informa Efe.

La complejidad del estudio estriba en que se trata de escritos realizados durante diferentes momentos por más de una treintena de personas, lo que ha hecho «muy difícil identificar la mano» que elaboró cada uno de estos textos y el momento en el que se fueron modificando. Santonja insistió en que no se trata del origen del español, sino del registro escrito más antiguo que se conoce hasta ahora «porque el español nació en la calle, no en un monasterio ni debajo de ninguna piedra».

Localismos y «patochadas»

Para este experto, los «localismos» que pretenden vincular el nacimiento del idioma a un monasterio concreto son «patochadas». «Las lenguas son del pueblo y es paradójico que haya quien diga que todas nacen en la calle y luego afirmen que el español nació en tal o cual monasterio», aseguró. Uno de los trabajos realizados por el Instituto, inaugurado hace nueve años pero con sólo dos de funcionamiento, está relacionado también con el surgimiento de las lenguas romances. Para Santonja resulta decisivo el descubrimiento de la importancia de las pizarras visigóticas, que permiten entender «la disolución del latín y la formación de las nuevas estructuras prerromances».

La memoria de las glosas

Aunque podría cambiar si se prueban las conclusiones de este reciente estudio dirigido por Gonzalo Santonja, hasta la actualidad se apuntaba a las glosas como el texto fundacional del castellano. Dichas glosas tenían una finalidad explicativa y buscaban aclarar el significado de algunos pasajes de textos latinos, como el

Códice Aemilianensis, a través de los cuales los monjes pretendían acercar al pueblo llano la lengua que éste ya hablaba: el español. Las glosas emilianenses se guardaban en San Millán de la Cogolla, en La Rioja, por entonces parte del Reino de Navarra, lo que las convirtió en excepcionales, ya que contenían apuntes en castellano, euskera y latín.


Publicada por El Castellano.