lunes, 28 de diciembre de 2009

¿Qué pasó con 2009?


Y no, el título no está equivocado. Lógicamente, la pregunta suele ser "¿qué pasó en 2009?", y entoces hacemos un repaso de lo más saliente del año, lo más lindo, lo más feo, lo mejor, lo peor, y el prolongado etcétera que, estoy seguro, ya conocen.

En términos del blog, ese repaso va a llegar a su debido tiempo, que no es ahora.  Allí veremos cuáles fueron las entradas que más gustaron, las más comentadas y todo eso.

El título de hoy apunta a dos cosas. Por un lado, desde una opción personal, me pregunto qué pasó con este año porque, la verdad, se fue volando. Tanto que si me pongo a pensar tengo un montón de recuerdos de cosas que sé perfectamente que hice, pero... no me doy cuenta cómo tuve tiempo, si el tiempo pasó tan rápido.

Por otro lado, y acá nos ponemos un poquito más serios, fue un año plagado de exageraciones. Contemos un poco:

Las elecciones (sí, fueron este año, aunque no parezca) fueron muestra de la exageración de la ¿clase política? de nuestro querido país. Exagerados en los discursos, en las agresiones a los rivales, en las promesas de vendetta política (Léase Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, y puntualmente, un señor con un tatuaje en el cuello -innombrable él- diciendo que este Congreso que asumió en diciembre modificaría la norma, con lo cual, la conformación anterior del Congreso de la Nación -de la que este personaje fomaba parte- carecía de autoridad porque sus propios miembros la dinamitaban).

Además, ahora están exagerando todos otra vez porque ya se están peleando para ver quiénes serán candidatos a presidente dentro de... Casi dos años. Muchachos: la Ley Electoral marca un periodo de campaña de 60 días (si no me equivoco) antes de la elección, ahora mismo faltan más de 500 días. ¿Alguien tiene un almanaque?.

Los medios de comunicación, mi Dios. Con un poco de tiempo (Cosa que este año no tenemos, je) y un par de cerebros que sé que hay en la platea lectora de este espacio, nos hacemos el festín de la década, que termina, dicho sea de paso. La inseguridad alimentó horas y horas de pavadas que siguen circulando incólumes en el imaginario de los que eligen no tener una mirada crítica, y que son muchos. Sin embargo, a los dos o tres voceros de entidades no gubernamentales que escuché decir que el problema es de fondo, que las soluciones son de largo plazo y que en el camino hay que generar puestos de trabajo y mejorar la calidad educativa, a esos dos o tres, los vi una vez, nada más. ¿Porque se equivocaron? No, al contrario, porque tienen razón, pero a la prensa infame de este país que amo le conviene demonizar al gobierno inútil, a la juventud, al pobre, al desempleado, al viejo y a todo otro, cualquiera que sea, que resulte antipático y/o incongruente con los intereses que marca la agenda del día. ¿Qué marca la agenda mediática? El pobre niño rico, hijo maltratado del chocolatero autóctono (Bastante lejos de Wonka, igualmente), la solidaridad de ocasión, y a precio de oferta porque se caía el 20 aniversario del programa de un tipo que debería haber seguido trabajando de cadete y decenas de bizarradas más, como la "gran aparición del año", que es un señor con peluca poco graciosa, vestidos de vedette de segunda y movimientos de baile tan elásticos como una vara de hierro. Como se ve, todo muy constructivo.

Hay otras cosas, por supuesto, pero no puedo dejar de pensar en todo esto, y ni siquiera son las cosas que yo miro en TV, ni siquiera son los políticos que me interesa esuchar (porque que los hay, los hay), pero en esta última entrada del año quería reflejar mi extrañeza ante este cuadro, porque noto además que esto tiende a acentuarse.

En fin, no ha sido, después de todo, un mal año (al menos para mí). Que la ironía no les impida ver que desde acá despedimos el año con alegría, que lo que criticamos es porque está la seguridad de que se puede hacer algo mejor, y que tenemos la expectativa, y la necesidad compartida con muchos argentinos y latinoamericanos, de que 2010 sea mucho mejor.

Les dejo un cordial saludo, un abrazo fuerte y les deseo sólo cosas buenas.

lunes, 21 de diciembre de 2009

"La historia ya debe ocuparse de los años 70"

"La violencia de los años 70 es un objeto apasionante y doloroso, porque las heridas son muy recientes. Pero han pasado ya los 30 años que antes se consideraban de rigor para abordar el pasado, y es necesario tratarlos."
La mirada sobre el pasado reciente es hoy un desafío, según la visión de la historiadora María Sáenz Quesada, que casi en un movimiento natural acaba de asumir como directora de la revista Todo es Historia, heredera del lugar que durante 42 años ocupó Félix Luna, fallecido el mes pasado.

"Como historiador, uno sabe que son trabajos que después van a ser superados cuando aparezca mayor documentación. Pero no sólo debe dejarse este campo al periodismo, sino que el historiador profesional también debe intervenir", explica, en una entrevista con La Nacion, la investigadora y miembro de las academias de la Historia y de Educación.
Sáenz Quesada publicó sus primeros trabajos como recién egresada de la carrera de historia en la revista y siguió colaborando hasta 1985, cuando asumió el cargo de subdirectora que tuvo hasta este mes. En esos años, varios de sus artículos en la revista crecieron hasta convertirse en libros. "Me formé mucho a través de las posibilidades que ofrecía la revista, porque a Félix Luna le interesaba tanto la gente consagrada como los nuevos entusiastas de la historia", dijo.

Ahora, Sáenz Quesada, ex secretaria de Cultura de la ciudad, aspira a que su impronta en Todo es h istoria pase por ampliar la mirada a los países latinoamericanos y renovar el vínculo con los lectores a través de Internet. Cuenta que es "incesante" el tránsito de lectores en la redacción, que acceden al servicio de consulta y fotocopiado, sobre todo de los números que llama "clásicos": el dedicado a la historia de la Suprema Corte, otro sobre la Campaña del Desierto, todo lo que se publique sobre los masones y sobre los jesuitas, "que aparecen envueltos por el misterio", y la Patagonia, "que tiene un especial atractivo, por lo que tiene de confín".

-En algún momento, hubo un debate fuerte que oponía academia vs. historia de divulgación. ¿Cómo se ubica usted en esa discusión?

-Hoy se tiene conciencia clara de que la historia académica debe ser también comunicada al lector común, a la gente culta, al estudiante, al interesado por su país. Porque si no, otro lo va a hacer. Y lo van a hacer seguramente con intereses parciales o más bastardos, no con el interés que debe guiar al historiador, que es lograr la verdad en la medida de lo posible. Cuando nos acercamos al Bicentenario, creo que esta diferencia entre quien comunica y divulga con un interés por la verdad y por la seriedad, y aquel que lo hace con intereses partidistas o personalistas se va a ver claramente.

-¿Qué análisis hace del interés de la historia y el periodismo por abordar el pasado reciente?

-Me parece natural. La violencia en la Argentina y en otros países, en los años 70, es un objeto apasionante y doloroso, porque las heridas son muy recientes. Hay que recordar que de aquellos hechos han pasado ya los 30 años que antes se consideraban de rigor para abordar el pasado, y es necesario tratarlos. Como historiador, uno sabe que son trabajos que luego van a ser superados cuando aparezca mayor documentación. Pero no sólo debe dejarse este campo al periodismo, sino que el historiador profesional también debe intervenir.
-¿Hay también dificultades para mantener una distancia emocional y política en estos temas?

-Sabemos que el historiador no puede ser una persona aséptica, no conviene que lo sea. Su compromiso con la historia contemporánea de su país es positivo. Es necesario abordar esa historia con honestidad intelectual, informar al lector la postura política que uno tiene. Luego, tratar de ver dónde está la verdad con la mayor honestidad posible.

-¿Con qué orientación usted cree que el país debería encarar el tiempo del Bicentenario?

-Con una mentalidad abierta, desprovista de prejuicios. Trataría de mirar este proceso con tolerancia, conociendo que no hay santos ni seres malvados, sino seres humanos puestos en coyunturas cuyo desenlace no conocen, que en algunos casos son figuras notables.

-Parece haber un espíritu más pesimista en estos días.

-Sí, no creo que debamos ponernos frente al Bicentenario en una actitud de que somos un país fracasado; que lo único bueno es lo que pasó en 1910, como dicen ciertos sectores, o que todo lo malo sucedió en 1910, como dicen en las esferas oficiales. Tener un espíritu de equilibrio y de optimismo. Estamos tan necesitados de replantearnos nuestras instituciones, si vamos a respetarlas más o si vamos a convertirnos en un país de gente dividida y enfrentada. Somos un país sectorial, corporativo, un país crispado. Creo que sería un buen momento para buscar alguna concordia en la mirada objetiva, optimista y también emotiva sobre lo que pasó en 1810. Cada uno puede encontrar el modo de vincularse con esa época, con el propio gusto por ser argentinos, algo que también vale la pena decir.

-¿Qué impronta le gustaría darle a la revista con su dirección?

-Creo que debe mantener las líneas generales que le dio Félix Luna desde su fundación. Primero, estar centrada en la historia argentina, pero a mí siempre me interesó introducir temas de historia latinoamericana, sobre todo de los países vecinos. Otro punto es extender nuestra relación con los lectores a través de la página web. Y vamos a continuar con esta característica que le dio Luna de ser una revista nacional y federal, con la historia de las provincias escrita por la gente del lugar.
Sánchez Quesada es licenciada en historia, tiene 69 años, escribió, entre otros títulos, Mujeres de Rosas (1991), Mariquita Sánchez, vida política y sentimental (1995), La Argentina, historia del país y de su gente (2001) y La Libertadora. De Perón a Frondizi, 1955-1958 (2007). Es asidua colaboradora de La Nacion desde 1995. Fue secretaria de Cultura de la ciudad de Buenos Aires.
Noticia publicada por el diario La Nación.

viernes, 11 de diciembre de 2009

Apuntes - El debate que generó la transición del feudalismo al capitalismo

Georg Iggers señala, en su investigación denominada La ciencia histórica en el siglo XX. Las tendencias actuales. Una visión panorámica y crítica del debate internacional, que tras la Segunda Guerra Mundial, surgieron en la historiográfica marxista dos corrientes principales, una estructuralista y la otra culturalista.


En la primera de estas dos corrientes el mencionado investigador alemán sitúa a autores como Maurice Dobb, Paul Sweezy, Guy de Bois, Robert Brenner e Immanuel Wallerstein, que tienen como preocupación central “la transición del feudalismo como formación social al capitalismo”[1].

Los dos primeros autores mencionados se interesaron en el problema al punto de formar parte de un debate historiográfico suscitado en la década de 1950 acerca de la naturaleza de esta transición.

Los otros participantes de esta disputa intelectual fueron Kohachiro Takahashi y John Merrington.

Dobb, primero de los autores intervinientes en la discusión que analizaremos, estudia internamente al sistema feudal, y si bien tiene en cuenta en dicho análisis a la burguesía y al comercio, no creía que estos factores afectaran sustancialmente al sistema feudal.

Para él, la crisis del siglo XIV es una prueba de la ineficacia del sistema feudal y su improductividad, haciendo hincapié en la presión que el productor rural sufría para obtener más excedente. Es destacable que la productividad del sistema feudal tiene como objetivo primordial la subsistencia, no existía según sus postulados una mentalidad comercial, que destinara el excedente a la comercialización.

Dobb, cuya postura es considerada endogenista, sostenía que las relaciones de fuerza existentes entre la clase campesina, la clase señorial y el poder real eran importantes al definir el feudalismo como una obligación impuesta al productor.

Por otra parte, eran los productores independientes, los que poco a poco se enriquecen, quienes tenían interés en llevar las transformaciones que se avecinaban hasta sus últimas consecuencias. ¿Cuáles son estas transformaciones? Pues bien, de acuerdo con este autor, el gran capital comercial que se asoció al poder para mantener el sistema que le daba ganancias, el cual configuraba un factor externo que en algunos casos adelantaba y en otros retrasaba el proceso de transformación política. Estos productores independientes eran tenidos en cuenta por Dobb como un factor revolucionario.

Sweezy, por el contrario, sostenía que el modo de producción feudal no se definía por la servidumbre, para él no tenía un principio motor interno ni se caracterizaba por un bajo nivel técnico. El feudalismo, para Sweezy, se define por las relaciones de intercambio.

El comercio, que modifica la actitud de los productores, reveló la ineptitud del sistema feudal para la producción del mercado. Al ser el comercio un factor claramente externo al sistema feudal de producción, este autor es considerado un circulacionista.

Este autor consideraba inadecuado el sistema de producción feudal debido a la existencia de técnicas primitivas, la estricta separación entre producción y consumo, la regencia de normas y reglas consuetudinarias y la incapacidad del poder señorial de mantener bajo control a la fuerza de trabajo.

Para Sweezy era también importante la expansión ultramarina, factor –nuevamente externo- que permite la llegada de artículos de lujo y otros como el tabaco y seda, lo cual provocó la búsqueda de nuevos mercados en los que colocar tales mercancías.

Sostenía, además, que el campesinado empezó a abandonar el trabajo rural para buscar nuevos horizontes en las ciudades, y mientras antes se producía para la subsistencia, este patrón cambió, generando que la producción fuera a parar al mercado. Por eso, para Sweezy, el agente revolucionario eran las ciudades con sus comerciantes.

Takahashi refuta la tesis de Sweezy al afirmar que, si bien la crisis era producto de la desintegración del sistema feudal por el comercio, la atención que Sweezy pone en este factor es exagerada.

Takahashi prefería explicar la crisis por las relaciones que se establecen con el modo de producción feudal, haciendo un análisis del proceso histórico global; y si bien apoya la idea de que el comercio coadyuva en la transición, ponía el acento en un mercado interno más unificado.

Consideraba que no era posible hablar de una sociedad capitalista cuando el poder estaba en las manos de la aristocracia feudal: no era suficiente analizar las condiciones económicas materiales sin tener en cuenta la superestructura jurídico política.

Por último, Merrington marcaba la paradoja que presentó el crecimiento urbano. Para él, la ciudad en el feudalismo es una exterioridad interna. Externa al modo de producción feudal; interna por su estrecha relación con el sistema de producción feudal.

Si bien el capitalismo comercial tenía efectos disolventes sobre el modo de producción feudal, no era para Merrington un elemento que pudiera explicar la transición.

Según este autor, el capital mercantil no tuvo un desarrollo autónomo, y el crecimiento de las ciudades feudales estuvo vinculado con la economía del señorío. Al respecto, se diferenciaba tanto de Dobb como de Sweezy al señalar que la economía del feudo es dinámica, y que el motor de ese dinamismo estaba dado por la lucha entre el siervo y su señor, señalando además que la ciudad es parte de la economía feudal.

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[1] Iggers (1998), 76


Fuentes: Iggers, Georg. La ciencia histórica en el siglo XX. Las tendencias actuales. Una visión panorámica y crítica del debate internacional. Idea, 1998.
 
Apuntes de la cátedra de Historia y Cultura Moderna.

domingo, 6 de diciembre de 2009

La construcción de las libertades en la modernidad

F. Braudel indica que  “el destino de Europa ha estado determinado desde siempre por el desarrollo obstinado de las libertades particulares (…). Claro está que estas libertades sólo han podido plantearse al constituirse Europa como un espacio homogéneo y protegido” .
El autor señala que, si se pudiera hacer una compilación de todo el conocimiento sobre Europa desde el siglo V hasta la actualidad, y luego atravesar ese conocimiento con una palabra, esa palabra sería “libertad”.
Para él, las libertades son “un conjunto de franquicias, de privilegios, al amparo de los cuales se sitúa una determinada colectividad de personas o de intereses para (…) atacar a los otros” .
Braudel plantea diferentes tipos de libertad. En primer término, se refiere a la libertad de los campesinos, sobre la que señala que fue una de las primeras en apuntar, pero que no se realizó completamente, ni siquiera hoy. Esta libertad es concebida como el acceso del campesino a la tierra sin intermediarios de por medio.
La lucha por esta libertad, y de las aristocracias terratenientes por mantener sus privilegios sobre las tierras y los campesinos, ha acarreado como es de esperarse diversos enfrentamientos generados a partir de los levantamientos campesinos, contando la Jacquerie (1358) como una de los más famosos.
Estas sublevaciones “son siempre dominadas y aplastadas. Pero su amenaza, siempre latente, permitió a los campesinos salvaguardar una parte de las libertades y de las prerrogativas conseguidas” , lo que nos deja frente al panorama de una liberación de carácter progresivo, marcada por la violencia.
Podría señalarse siguiendo los razonamientos de Braudel que la Revolución Francesa,  con del desgravamiento de los derechos feudales culminó con esta evolución hacia un campesinado libre.
Por otro lado el autor menciona las libertades urbanas, cuestión que como veremos aparece como central en la conformación del EFA.
Braudel indica que luego de la extensa regresión que caracterizó los primeros siglos de la Edad Media, hacia el siglo X las ciudades apenas existían. Sin embargo, entre los siglos XI y XIII con los cambios que se producen en la economía europea, las ciudades parecen “volver a la vida”.
Quizás resulte importante aclarar que no dejó en ningún momento de haber centros urbanos, pero que el “apenas” que Braudel menciona refiere a lo limitado y escaso de la vida ciudadana, debido principalmente a la preeminencia del mundo rural.
Pues bien, como se señalaba, las ciudades comienzan a resurgir, de la mano de las manufacturas artesanales, de los movimientos demográficos, del mayor alcance del comercio. Algunas de ellas logran tal grado de desarrollo económico que se convierten  en lo que el autor denomina “ciudades-estado” : ciudades libres, establecidas principalmente en Italia y los Países Bajos, tales como Venecia, Génova, Florencia, Gante y Brujas.
Estas ciudades, dueñas de un dinamismo incontestable, no se parecen en nada al pesado aparato burocrático de los Estados absolutos. Sin embargo, para que estos surgieran, y la organización centralizada a la que Anderson refiere pudiera concretarse,
“hace falta que éstas se sometan, renuncien a algunos de sus privilegios , para poder salvaguardar otros. En compensación a la pérdida de sus libertades, se les abre el nuevo campo del Estado moderno (…) Se afirma una economía territorial que viene a sustituir a la economía urbana, que constituía un estadio precedente. Pero la economía territorial continúa siendo de dirección urbana. Las ciudades, junto con el Estado, siguen dirigiendo el juego” .
A pesar, de cualquier modo, de los ejemplos de ciudades poderosas e independientes que señalábamos más arriba, la Monarquía moderna tiene como centros de desarrollo España, Francia e Inglaterra, con soberanos de un nuevo tipo, cabezas de una monarquía que “se niega enseguida a reconocer ninguna autoridad superior” .
Por último, el autor se refiere a las libertades individuales las cuales, reafirma, no podemos concebir desde la óptica contemporánea, a riesgo de que al hacerlo la respuesta sea contundentemente negativa y pesimista.
Braudel afirma entonces que
“El movimiento intelectual del Renacimiento, y también el de la reforma (en la medida en que plantea el principio de una libertad de interpretación individual de la revelación), han puesto las bases de la libertad de conciencia. El Renacimiento y el humanismo afirman el respeto y la grandeza del hombre como individuo, exaltan su inteligencia, su poder personales”.
Para poder entrecruzar los razonamientos de Braudel y Anderson sería entonces conveniente trazar ejes que nos permitan articular ambas propuestas. Tomando la propuesta del segundo autor respecto de las libertades, establecemos los tres tipos correspondientes a las libertades campesinas, (tomando al campesinado como grupo con características e intereses comunes) ciudadanas (tomando a la ciudad como un todo que persigue determinados objetivos económicos de prosperidad y determinados objetivos políticos de independencia y autodeterminación) y las libertades personales.
Ya se ha dicho en la consigna anterior que el EFA no es más que una nueva versión del feudalismo, reciclado y organizado de modo que pudiera hacer frente a la amenaza de la burguesía comercial, surgida en el seno de las ciudades, que empiezan a mostrar características modernas, y en algunos casos ya son modernas.
Desde este punto de vista, resulta sencillo establecer la relación existente entre las propuestas de ambos autores: Anderson apunta sobre todo la reorganización de la aristocracia en torno de las modalidades feudales, y Braudel señala los diversos conflictos en pos de las libertades del campesinado: se establece una lucha que, poco a poco, va garantizando diferentes libertades al campesinado que, sin embargo, continúa gobernado por el poder feudal.
Respecto de las libertades y privilegios que las ciudades alcanzan y luchan por sostener, los planteos de ambos autores son similares, aún cuando el punto de partida de ambos es diferente.
Anderson establece claramente el predominio de la monarquía absoluta a través de la organización burocrática y jurídica; Braudel, por su parte, llega a la misma conclusión refiriendo el modo en que las ciudades se pliegan al nuevo modelo estatal territorial en la búsqueda de preservar sus intereses. No es curioso que ambos autores hagan mención, cada uno por las razones señaladas, de la venta de cargos a los señores nobles que poco a poco van reacomodándose en el nuevo modelo, al mismo tiempo que continúan ejerciendo su viejo oficio guerrero en la nueva estructura estatal.
Otra coincidencia entre ambos eruditos está en el señalamiento de que la estructura del EFA es pesada; más aún, nos queda la impresión de que se trata de una modalidad de gobierno caracterizada por la poca agilidad.
Finalmente, y acerca de las libertades individuales, en Anderson podemos ver cómo la reaparición del derecho romano viene a establecer la libertad individual en términos legales, por ejemplo con la propiedad privada. En Braudel, la libertad del pensamiento, la individualidad del cogito y la virtú, más parecida al poder y la gloria que a la virtud de los antiguos griegos, determinan  un nuevo modelo de hombre, nuevos paradigmas para concebirlo.
Para Braudel, la Revolución Francesa, que abolió los derechos feudales, no logró de terminar de cerrar la cuestión de los derechos individuales, porque el patrón continuó explotando a los empleados. Sin embargo, podemos decir desde una posición favorecida por la distancia temporal, que sin lugar a dudas coadyuvó en la lucha por alcanzar y sostener los derechos y libertades individuales.

Fuentes: 
Anderson, Perry. El Estado Absolutista. FCE, México. 1992
Braudel, Fernand. Las civilizaciones actuales. 

sábado, 5 de diciembre de 2009

Destacan el rol del Estado como tutor del patrimonio cultural

"No alcanza con obligar a una comunidad a que proteja su patrimonio cultural, sino que hay que motivarla a que se sienta identificada con esos testimonios materiales o inmateriales, que la distinguen de otras, y que definen su memoria y su esencia", sostuvo Giuseppe Proietti, secretario general del Ministerio de Bienes y Actividades Culturales de Italia. El funcionario fue el orador principal del Seminario Regional sobre Tráfico Ilícito y Restitución de Bienes Culturales en América Latina que, organizado por la Cancillería y la Secretaría de Cultura de la Nación, comenzó el lunes 30/11/09 y terminó el jueves 03/12/09.

El encuentro convocó a representantes de más de diez países de Latinoamérica, Italia y Francia, y se desarrolló en medio de oradores preparando sus ponencias, varios idiomas interactuando en las charlas de café, recomendaciones para ir al teatro a ver el musical "Piaf" e invitaciones a bailar tango.

En general, los disertantes coincidieron en señalar el rol del Estado como tutor del patrimonio cultural de un país, la importancia de la cooperación internacional para prevenir el intercambio ilegal de bienes y la necesidad de una legislación aplicada.

Giusseppe Proietti destacó la necesidad de incluir, desde las primeras etapas del sistema educativo, la valoración del patrimonio. "Es la forma en la que un pueblo se reconoce, contiene su identidad y distingue las fases de su desarrollo", definió. A la vez, el funcionario italiano subrayó la importancia de que el Estado desarrolle legislación aplicada al tema y de que, a través de instituciones especializadas, se haga cargo de la tutela de lo que es considerado patrimonio de cada país, tal como se estableció en la Convención para prohibir el tráfico ilícito de bienes culturales de la UNESCO, que data del año 1970. Sin embargo, sostuvo que mientras las leyes no estén desarrolladas ampliamente, los acuerdos internacionales consensuados pueden suplir ese vacío.

Proietti vinculó el gran desarrollo que tiene el tutelaje estatal en Italia con la estratificación de su cultura: "La Roma clásica, el Renacimiento, los pequeños Estados que actualmente constituyen la República, habitaron la misma tierra y se descubren en cada pueblito. Por pequeña que sea una comunidad, la iglesia, el palacio o el castillo se constituyen en polos que nuclean a todos sus habitantes y que los hacen sentirse propios de ese lugar".

En cuanto a la situación latinoamericana, el funcionario hizo referencia a las conquistas española y portuguesa como causas de que el patrimonio autóctono se viera opacado, o al menos intervenido por las tradiciones europeas, y señaló la necesidad de revalorizarlo. Por otro lado, enfatizó en las posibilidades económicas que, por la vía de la explotación turística, abren una preservación adecuada del patrimonio. Para cerrar, volviendo a la problemática general del seminario, Proietti remató: "No es justo que el habitante de un país no pueda ver su propio patrimonio cultural, que le permite reconocerse en el mundo. Hay que desarrollar métodos cada vez más incisivos contra el tráfico ilícito".

Argentina y la región, sensibles al saqueo
Alberto Petrina, Director Nacional de Patrimonio y Museos de la Nación, sostuvo que la Argentina y la región en general fueron históricamente sensibles al saqueo patrimonial, de doble dimensión: "En un primer momento hay un saqueo físico, imperial, los conquistadores se llevan lo que encuentran; luego, el saqueo es espiritual y tiene que ver con la identidad, algo que nos perteneció es mostrado en un museo a miles de kilómetros", denunció.

A modo de ejemplo, comentó la subasta de una máscara tafí en Francia, que salió ilegalmente del país en los años 50 y que el Estado intenta recuperar. Se trata de una máscara, que según expertos ha sido tallada en el período temprano, entre los años 100 a.C. y 500 d.C. (aunque en el catálogo figura como del período formativo, anterior al temprano), que perteneció al pueblo Tafí, en la zona de Tucumán. Petrina también mencionó la exhibición de una corona del emperador mexicano Moctezuma en Viena. "La piezas que permiten que culturas como la maya, la azteca o la africana estén a la altura de Grecia o de Roma, no están en su lugar de origen para que la comunidad pueda valorarlas como propias, sino en los países centrales; hay una debate abierto allí, y hay que darlo", concluyó.

Noticia publicada por el diario Clarín.

jueves, 3 de diciembre de 2009

El Estado Feudal Absoluto: nuevo caparazón político de la nobleza

Durante los siglos XIV y XV tiene lugar en la Europa medieval una larga crisis de la economía y la sociedad. Esta crisis puso en evidencia las falencias del sistema de producción feudal.
Para Perry Anderson, el resultado de las convulsiones políticas continentales de esta época es el surgimiento del Estado Feudal Absoluto (EFA).
Respecto de la naturaleza histórica del EFA, el autor cita a Federico Engels, quien aseguró en su momento que dicha forma de administración era “el producto de un equilibrio de clase entre la vieja nobleza feudal y la nueva burguesía urbana” .
Así, la monarquía absoluta de los siglos XVII y XVIII aparece como una fuerza mediadora “que mantenía el nivel de la balanza entre la nobleza y el estado llano” .
El mencionado Engels decía que “la nobleza feudal fue obligada a comprender que el periodo de su dominación social y política había llegado a su fin” , mientras que para Carlos Marx las estructuras del nuevo Estado eran específicamente burguesas: “la burocracia no era más que el medio para preparar la dominación de clase de la burguesía” .
Todas estas reflexiones, que Anderson cuenta en su análisis, parecen conducir a un análisis correcto de los aspectos de la transición del feudalismo al capitalismo, y de los sistemas políticos que caracterizaron dicha transición.
Los monarcas absolutos introdujeron instituciones tales como la diplomacia y el ejército permanentes, un sistema “nacional” impositivo, bosquejaron los comienzos de un sistema, también nacional, de comercio y buscaron el ordenamiento legal con la introducción del derecho codificado.
Una de los aspectos que más dificultades genera en el análisis del EFA, es que por todas estas medidas, estos Estados aparecen como eminentemente capitalistas, si a ello sumamos el fin de la servidumbre, pareciera ser cierto.
Sin embargo,
“el fin de la servidumbre no significó por sí mismo la desaparición de las relaciones feudales en el campo (…) es evidente que la coerción privada extraeconómica, la dependencia personal y la combinación del productor inmediato con los instrumentos de producción, no desaparecieron necesariamente cuando el excedente rural dejó de ser extraído en forma de trabajo o de entregas en especie para convertirse en renta en dinero” .
Al respecto, Marx dice que esta transformación (renta en trabajo por renta en capital) no altera en absoluto las relaciones de carácter feudal. Es solamente, como se señala, la transformación del plusproducto en dinero.
Muy por el contrario de lo que podría parecer una minimización del carácter feudal de la “era” del EFA, Anderson señala que “los señores que continuaron siendo propietarios de los medios de producción fundamentales en cualquier sociedad preindustrial fueron, desde luego, los nobles terratenientes” . Esta aristocracia feudal, que había dominado durante la Edad Media, dominaba ahora también, y nunca fue desalojada de este privilegiado sitial de poder político.
En conclusión, para Anderson, se trata de que
“los cambios en las formas de explotación feudal que acaecieron al final de la época medieval (…) son precisamente los que modifican las formas del Estado. El Absolutismo fue esencialmente eso: un aparato potenciado y reorganizado de dominación feudal, destinado a mantener a las masas campesinas en su posición social tradicional (…) el Estado absolutista nunca fue un árbitro entre la aristocracia y la burguesía (…)” 
sino el nuevo caparazón político de la nobleza.
Christopher Hill, citado por Anderson, indica que la monarquía absoluta fue diferente de la monarquía feudal, pero coincide en que la nobleza mantiene su condición de clase dominante.
El autor indica, además, que esta nueva forma del poder nobiliario “estuvo determinada a su vez por el desarrollo de la producción e intercambio de mercancías”, afirmación que Louis Althusser vindica al afirmar que la monarquía absoluta es una forma nueva, en tanto necesaria para la adaptación de la nobleza en una época de desarrollo de la economía de mercado.
Otro problema a considerar aquí es el del origen del Estado Feudal Absoluto. Cuando, como se indica más arriba, las cargas empiezan a conmutar por una renta en dinero, apareció el peligro de disolución de “la unidad celular de la opresión política y económica del campesinado” .
“El poder de clase de los señores feudales quedó, pues, directamente amenazado por la desaparición gradual de la servidumbre. El resultado fue un desplazamiento de la coerción política en sentido ascendente hacia una cima centralizada y militarizada: el Estado absolutista. La coerción, diluida en el plano de la aldea, se concentró en el plano ‘nacional’” .
Anderson atribuye, de este modo, al EFA la “función política permanente (de) represión de las masas campesinas y plebeyas en la base de la jerarquía social” .
El autor señala por otro lado que la llegada del Absolutismo estuvo signada por los conflictos y rupturas –si cabe el término-. De este modo, los aristócratas que paulatinamente perdieron derechos políticos ganaron por el lado de la propiedad.
Esos mismos aristócratas debían, asimismo, prepararse para la burguesía mercantil que se desarrollaba en las ciudades medievales, un antagonista nuevo que se había desarrollado gracias a la “dispersión. Jerárquica de la soberanía en el modo de producción feudal” .
Es decir, que el decaimiento del poder feudal en el mundo rural facilita el ascenso, sin dominación feudal directa, de la burguesía comercial en las ciudades.
La burguesía, que se ve beneficiada por una serie de avances tecnológicos y comerciales,  estaba desarrollando manufacturas a un volumen considerable.
Todos estos elementos, para el citado Engels, debieron cristalizarse en una articulación política nueva, pero “el orden estatal siguió siendo feudal mientras la sociedad se hacía cada vez más burguesa” .
Entre los elementos que el absolutismo desarrolla Anderson indica que el derecho romano fue redescubierto hacia el siglo XII, momento a partir del cual empiezan a extenderse gradualmente, hacia el exterior de Italia,  los conceptos legales contenidos en esta codificación.
Anderson afirma que “la recuperación e introducción del derecho civil clásico favoreció, fundamentalmente, el desarrollo del capital libre en la ciudad y en el campo, puesto que (…) su concepción de una propiedad privada (es) absoluta e incondicional” .
Sin embargo, y a pesar de que el autor habla de “redescubrimiento”, la extendida práctica del derecho consuetudinario, el introducido por la costumbre, no suprimió nunca la práctica del derecho romano.
En paralelo con lo que se señaló como crecimiento tecnológico y económico preindustrial de  la burguesía comercial, el derecho referido a esta rama de la vida ciudadana también se fue desarrollando, debido seguramente al alto dinamismo que había alcanzado el intercambio comercial. Sin embargo, “no había aquí tampoco ningún marco uniforme de teoría ni procedimiento legales” .
Por lo tanto, “la recepción del derecho romano en la Europa renacentista fue, pues, un signo de la expansión de las relaciones capitalistas en las ciudades y en el campo: económicamente, respondía a los intereses vitales de la burguesía comercial y manufacturera” , indica Anderson.
En el terreno político, la reaparición del derecho romano se corresponde con las exigencias constitucionales de los Estados feudales reorganizados.
El derecho romano tiene dos aristas. Por un lado, el derecho privado, o ius, y el derecho público, o lex. Estas aristas o esferas del derecho romano quedan plasmadas en, por un lado, el auge de la propiedad privada y por el aumento del poder discrecional del monarca, basado este último en la frase de Ulpiano que indica que “la voluntad del príncipe tiene fuerza de ley” .
El nuevo aparato estatal necesitaba de esta herramienta legal; por eso, del mismo modo que el Papado implementó diversos contr0les administrativos puertas adentro de la institución eclesiástica, una nueva clase de burócratas semiprofesionales, entrenados en el derecho romano, proveyeron el instrumento legal al Absolutismo.
“Estos burócratas – juristas (explica Anderson) fueron los celosos defensores del centralismo real en el crítico primer siglo de la construcción del Estado absolutista” .
La burocracia jurídica fue, para este autor, una de las patas en que se apoyó y reforzó el dominio de la clase feudal tradicional, y esta “modernización” que la burocracia jurídica viene a proponer configura un “reforzamiento del dominio de la clase feudal tradicional” .
Otro tema a atender en lo referente a los elementos que el EFA desarrolla es el del ejército, que pasa a ser profesional y permanente.  En primer lugar, Anderson indica que estas nuevas fuerzas armadas eran muy superiores numéricamente a sus antecesoras, y que además la organización interna de la cadena de mandos es uno de los factores que cambia más drásticamente en el transcurso de los siglos XVI y XVII.
Estos ejércitos eran “una masa mixta en la que los mercenarios extranjeros desempeñaban un papel constante y central” ; siendo los suizos los mercenarios más cotizados, por ponerlo de alguna manera.
La importancia y preeminencia de los mercenarios extranjeros tiene como base la negativa sistemática de la clase noble a armar a sus campesinos en masa. Una razón es que pensaban imposible adiestrar a los hombres en las artes bélicas y mantenerlos en obediencia a la ley al mismo tiempo. Ello nos da para pensar, a título reflexivo y sobre la base de las relaciones siempre asimétricas entre nobleza y campesinado, en el temor de que el arma propia se vuelva en contra.
Otro tema de peso a atender es que los mercenarios la mayoría de las veces desconocían incluso la lengua del “país” al que servían. Por tanto, poco les temblaría el pulso a la hora de reprimir rebeliones sociales.
La mecánica del mercenario extranjero se mantuvo en alto índice incluso hasta finales del siglo XVIII, indica Anderson, cuando los principales estados contaban entre sus filas hasta un tercio de ellos en sus filas.
De la mano con el ejército viene la guerra (cuál sería su objeto, si no). El autor indica que ésta es “el modo más racional y más rápido de que disponía cualquier clase dominante en el feudalismo para expandir  la extracción de excedente” . Se desprende de la guerra un objetivo económico, toda vez que, como Anderson señala, la tierra se puede subdividir, mas no es un bien que se pueda multiplicar.
Si se tiene en cuenta, además, que la nobleza tuvo como profesión la guerra debido a su posición social y la necesidad de conservarla, vemos en el ejército permanente, en sus nuevas técnicas y organización interna, un elemento más que nos permite acordar con el autor cuando señalaba que el EFA es el nuevo envoltorio de la dominación feudal reciclada.
Los Estados absolutistas, afirma Anderson, “eran máquinas construidas especialmente para el campo de batalla. Es significativo que el primer impuesto regular de ámbito nacional establecido en Francia, la taille royale, se recaudara para financiar las primeras unidades regulares de Europa” ; mientras en España el 80 por ciento de la recaudación tributaria se dedicaba a la maquinaria militar.
A propósito de la recaudación tributaria, indicaremos que tanto la burocracia civil como el sistema de impuestos “parecen representar una transición hacia la administración legal racional de Weber, en contraste con la jungla de dependencias particularistas de la Baja Edad Media” ; pero que al mismo tiempo lleva consigo la paradoja de la venta de cargos, que en general eran adquiridos por la aristocracia.
Los tenedores de cargos recuperaban la inversión con prebendas y los privilegios, ya que además, no existía la figura del sujeto fiscal. Los aristócratas seguían librándose del pago de impuestos, y el peso de la guerra, que el sistema nacional de impuestos financiaba, caía siempre sobre los sectores populares.
Otros dos elementos desarrollados durante el absolutísimo, y que aparecen en el análisis de Anderson son  el mercantilismo y la diplomacia.
Respecto del primero diremos que se trata de una doctrine económica y política. Representa la intervención coherente del Estado en busca de su propio beneficio y engrandecimiento. Para que tales acontecieran, resultaba necesario eliminar las barreras particularistas, con el fin de conformar un mercado interno unificado.
Un rasgo característico del mercantilismo reside en la firme creencia de que existía una cantidad limitada de riqueza en el mundo. Por lo tanto, los Estados prohibieron la exportación de metales preciosos y moneda, con la convicción de que si se debilitaban otros se fortalecerían, lo cual rompería el precario equilibrio –prácticamente inexistente, por otra parte, ya que la maquinaria bélica nueva tuvo mucha actividad en esta época-.
Por el contrario,  el autor indica que el mercantilismo es esencialmente “belicista al hacer hincapié en la necesidad y rentabilidad de la guerra” .
“Las teorías mercantilistas de la riqueza y de la guerra estaban, por supuesto, conceptualmente interconectadas: el modelo de suma nula de comercio mundial que inspiraba su proteccionismo económico se derivaba del modelo de suma nula política internacional, inherente a su belicismo” , abunda el autor.
Del segundo instrumento mencionado, la diplomacia, podemos afirmar que era una herramienta utilizada para “tantear” las debilidades o puntos ciegos de los estados, o por el contrario de los peligros que este podría encarnar.
Mientras en la Edad Media las embajadas eran viajes de salutación, sin regularidad ni retribución,  las nuevas monarquías produjeron “un sistema formalizado de presión e intercambio interestatal, con el establecimiento de la nueva institución de las embajadas recíprocamente asentadas en el extranjero” .
Para Ermolao Barbaro, un embajador veneciano que trazó las primeras teorías, la función del embajador consistía en brindar todo consejo que contribuyera al engrandecimiento del Estado.
Anderson señala que el mecanismo supremo de la diplomacia era el matrimonio, “espejo pacífico de la guerra, que tantas veces provocó. (Sin embargo) Las maniobras matrimoniales, menos costosas como vías de expansión que la agresión armada, proporcionaban resultados menos inmediatos” . Tal vez por eso muchas veces prevaleciera la guerra, camino mucho más corto para la consecución de los objetivos expansionistas.

Fuente: Anderson, Perry. El Estado Absolutista. FCE, México. 1992