viernes, 17 de julio de 2009

Descanso



Estimados amigos y amigas, ya han visto con seguridad que el ritmo de entrega ha ido decreciendo paulatinamente. No vamos a desgranar aquí el cúmulo de razones que me han llevado a tener que optar, pero la principal de ellas es que, como no pude tomarme vacaciones en el verano, el cansancio se ha ido acumulando, y no hay finta que valga.


Por eso, con el receso de invierno que llega el lunes (oficialmente, digo, no esta situación de suspensión de clases por la gripe A H1N1), me voy a tomar unos días para reagrupar fuerzas y terminar el año bien arriba, como corresponde.


A tod@s les dejo un cálido abrazo, y espero reencontranos a la vuelta.

jueves, 16 de julio de 2009

Es sobreviviente de Auschwitz y a los 81 años terminó su doctorado


Medio siglo. Ese tiempo había transcurrido desde que Eliezer había dejado atrás el horror. Pero los años como prisionero en Auschwitz habían quedado en un rincón de su memoria. Fueron sus nietos los que insistieron hasta convencerlo de plasmar sus vivencias en un documento que trascendiera sus días. Así, Eliezer Schmartz decidió cerrar el círculo. Sus recuerdos, verdaderos registros históricos en primera persona, se convirtieron en una teoría sobre el trabajo forzado en los campos de concentración del nazismo y su relación con el desarrollo industrial. Entonces su propia historia de vida alimentó la tesis que le permitió, a los 81 años, obtener el doctorado en planeamiento urbano en la Universidad de Haifa, al norte de Israel.

Al definir su propia vida, Schwartz no duda en asegurar que "nunca tuvo un curso lineal ni lógico". Y es cierto. Con sólo 16 años cayó en manos del ejercito nazi y fue trasladado a Auschwitz. Luego pasó un año yendo de un campo de concentración a otro. Su liberación llegó junto con el final de la Segunda Guerra Mundial. "Decidí volver a mi pueblo en Hungría, pero como ningún miembro de mi familia había vuelto, me fui a Israel", explica Schwartz.

Su derrotero por los campos de concentración nazis le permitió conocer de cerca su funcionamiento. Y aunque admite que intentó distanciarse emocionalmente de su historia personal, sus experiencias le dieron un valor agregado a su tesis. "Yo trabajé en la adaptación de minas para industrias subterráneas. Estuve allí. Conozco de qué manera se manejaba todo el proceso porque mi familiaridad con el tema es de primera mano. Esa es una fuente de información a la que ningún otro historiador tiene acceso", explica.

Pasaron casi 57 años hasta que Eliezer se decidió a hacer algo con todo este caudal de experiencias y planteó una incógnita que siempre había rondado su mente: de qué manera se relacionaba el campo de concentración de Auschwitz con la instalación de un parque industrial de gran magnitud a tres kilómetros de distancia.

La tesis, denominada "Trabajadores forzados en el Tercer Reich", plantea que el origen de los campos de concentración está directamente relacionado con la instalación de nuevos polos industriales. Y que este proyecto de industrialización del nazismo demandaba trabajo esclavo.

De acuerdo al trabajo de Schwartz, la cantidad de prisioneros en Auschwitz tuvo un crecimiento exponencial a partir de 1940 y este mismo proceso se reflejaba en los libros internos de la fábrica: se necesitaban más y más obreros. En palabras de Schwartz, "este proyecto tuvo una contribución crítica en el crecimiento de la capacidad de Auschwitz y en su transformación en un reservorio de fuerza de trabajo para la industria nazi y posteriormente, en un centro de exterminación".

El interrogante final que plantea Schwartz es porqué fueron necesarios tantos trabajadores esclavos. La respuesta radica en un manejo poco profesional y la falta de capacidad organizativa de los alemanes. "De todas formas, esto es incomprensible, si consideramos que se trataba de un complejo industrial alemán", desafía Schwartz. "Para entender cómo es posible que personas consideradas tan meticulosas y precisas puedan hacer el trabajo de manera tan desorganizada, tendrán que leer el estudio", finalizó el hombre que a los 81 años pudo finalmente sacar las fantasmas de su memoria.

Noticia publicada por el diario Clarín.

martes, 14 de julio de 2009

La mafia macedonia saquea los tesoros

Macedonia es un país pequeño cuyo suelo se ha llenado de orificios y también de delincuentes culturales. A través de su breve territorio se han hallado miles de yacimientos arqueológicos que no sólo han sacado a la luz tesoros históricos sino también mafias de excavadores ilegales. Las mafias debieron haber notado que en Macedonia hay una proporción matemática que les podría engordar el salario: en un territorio de 25 mil kilómetros cuadrados, se encuentran 10 mil yacimientos arqueológicos. Por ese motivo, desde hace algunos años, este país pobre se ha vuelto la vedette de la arqueología y, por ende, de los saqueos. Desde que Macedonia obtuvo su independencia en 1991, las mafias han expoliado más de un millón de piezas.

“Diferentes recipientes, estatuas, vasos antiguos, collares, diademas, pendientes, brazaletes, miles de monedas acuñadas, todo eso es el blanco de los excavadores ilegales”, señaló Pasko Kuzman, responsable de la Dirección para la Protección del Patrimonio Cultural. Los mafiosos están succionando todos los lujos del pasado. La gama de hallazgos puede ir desde los huesos de un dinosaurio hasta los antiguos poblados neolíticos. Eso sí, el mercado tiene una clasificación: los valores más altos se los llevan los restos de las ciudades de la antigüedad imperial macedonia, del imperio romano y del bizantino.

Los productos de las excavaciones los envuelven y los ponen en las narices de los coleccionistas exóticos que, según las investigaciones del departamento de crimen arqueológico de la policía macedonia, son de origen teutón. Las rarezas hacen salivar a los alemanes y a los austríacos. Una moneda antigua puede tener un costo de 20 mil euros. Un pendiente de la época romana vale 400 euros. Claro que las puntas de lanza de esa misma época, muy abundantes en Europa, no les sacan suspiros a los coleccionistas y tienen el precio de un caramelo: están saliendo a cien euros.

Macedonia, desesperada, viendo que le sacan de las entrañas sus únicas joyas, armó una lucha sin fronteras. Pasko Kusman, el policía arqueológico, dio el mensaje: “Si no tenemos arqueólogos suficientes, solicitaremos ayuda a nuestros vecinos de los Balcanes. Debemos poner fin a las exhumaciones ilegales. Sólo en Marvinci ha sido destruido un millar de tumbas”. Pero las mafias no planean detenerse y han invadido con grúas el país. En lo que va del año, ya se han presentado siete denuncias penales por delitos de este tipo. En 2008, en total, sólo se habían registrado cinco.

La psicosis invadió a tal punto a los arqueólogos que están legalizados que ahora se sospecha de todos, y los propios obreros que cavan hoyos son mirados con recelo. En Marvinci, a 180 kilómetros de la capital, Skopie, entre los 500 obreros que trabajan allí se han infiltrado arqueólogos disfrazados que pasan cavando al Sol más dispuestos a detectar un delincuente que la sandalia de un emperador. Sucede que hay mucha riqueza en juego. “Aquí hemos exhumado los restos de una antigua sacerdotisa. Y más allá, otra igual fue desenterrada hace un año por unos ilegales”, señaló un arqueólogo.

El gobierno se vio en la obligación de invertir en los ladrones: en los próximos cuatro años destinará 20 millones de euros para defender su patrimonio y reducir las actividades ilegales. Y así se da la paradoja de que uno de los países más pobres de Europa tenga que poner dinero para poder defender sus únicas riquezas.

Noticia publicada por el diario Crítica.

lunes, 13 de julio de 2009

Las epidemias y sus historias

Qué hacer frente a una epidemia o pandemia, esa parece ser la cuestión. Si se informan los casos, cómo se lo hace, quién combate la enfermedad, hasta dónde debe darse el aislamiento, cómo adaptar la vida cotidiana a la emergencia. Estos son tan sólo algunos de los debates que hoy provoca el ingreso al país de la denominada gripe A. Y ante ellos se pone en juego un manojo de estrategias, a veces certeras y otras tantas erróneas. La situación sanitaria y su impacto social implican desde hace meses en el país una novedad. Sin embargo las epidemias y sus efectos tienen historia.

Así lo evidencian los estudios realizados por especialistas en historia social. Las epidemias de cólera de fin del siglo XIX (1867. 1887 y 1894/95), la bubónica en el comienzo de 1900 y la de polio primero en 1930 y luego en 1950 son una muestra de cómo una epidemia también ataca la ilusión de que un enemigo externo, en este caso una enfermedad, obliga a una alianza entre los distintos sectores de una sociedad.

Municipios contra provincias y éstas contra la Nación, la discusión entre los médicos y los laboratorios, el rol de los medios de comunicación, las instituciones de la sociedad civil y sus múltiples propuestas conforman y conformaron un escenario tenso ante la aparición de una enfermedad desconocida.

Agustina Prieto es docente universitaria e investigadora del Consejo de Investigaciones de la Universidad Nacional de Rosario (UNR). Con diversos artículos publicados, donde analizó las epidemias de relevancia que afectaron a Rosario, advierte que este tipo de enfermedades "hacen un corte transversal de una sociedad, permiten ver qué pasa, cuáles son los conflictos sociales y políticos, evidentes y latentes".

"Además, las epidemias suelen crear situaciones e instituciones nuevas —agrega Prieto—. Las que yo estudié, que ocurrieron en la segunda mitad del siglo XIX y a principios de 1900 en Rosario, tuvieron una gran incidencia en la profesionalización de la medicina y produjeron consecuencias importantes en el desarrollo de la infraestructura urbana. Obras que estaban planificadas antes de la segunda epidemia de cólera, cuando se da la segunda se terminan de hacer, como la instalación de agua corriente".

—Ante una epidemia existe la ilusión de una alianza entre los distintos sectores, pero eso raras veces ocurre.

—Es sólo una ilusión. En las experiencias que yo estudié ocurrió exactamente lo contrario. Fue una arena de conflicto, incluso violento en algunos casos. Uno podría marcar diversas esferas. Entre el Estado y los médicos, pero a su vez entre las distintas jurisdicciones del Estado, por ejemplo entre la Nación y los municipios, y también puertas adentro del sector médico. En esto es clave entender que una epidemia siempre se produce porque hay algo que todavía no se conoce científicamente.

—¿Esos debates se cerraron en el pasado o aún continúan?

—En las epidemias de la segunda mitad del siglo XIX había un debate muy fuerte respecto del contagio. Una corriente de médicos planteaba que ante una situación de epidemia había que aislar a una ciudad o a un país por completo. Otra sostenía que debía actuarse sobre el foco específico, que podía ser un barco o un barrio, y en relación a un país, una ciudad, pero establecer cuarentenas generales. Ese fue un tema de debate científico muy crispado que además tuvo siempre proyecciones políticas. Porque, por ejemplo, imponer una cuarentena a una ciudad o un país implica aislarlos económicamente. En principio, uno puede decir que esa discusión es del ámbito científico: pero no, tiene proyecciones políticas muy importantes. Y en el caso de Rosario fue un debate que se resolvió de manera muy agresiva.

—¿En qué caso en particular?

—La epidemia más conocida, y sobre la cual se puede trabajar mejor, es la de peste bubónica, porque fue una epidemia sobre la cual la prensa decidió informar.

—¿En otras situaciones se decidió no informar?

— Sí, en la de cólera que hubo en 1895 los diarios de Rosario decidieron que no iban a informar sobre el desarrollo de la peste para no generar alarma y sobre todo para evitar que se pusiera un cordón sanitario. Entonces lo que sucedió es que los diarios de Buenos Aires informaban sobre lo que pasaba en Rosario mientras que en los diarios locales sólo había información sobre la epidemia en Montevideo o Río de Janeiro, pero nada de la ciudad. La decisión de no informar se hizo pública. Yo la seguí a través del diario El Municipio, que es el que hace la propuesta de no informar. Aparecen diferentes registros de muertos. En Rosario había médicos enviados por la Nación y por otro lado médicos del municipio. En el diario se podía ver que en un lugar aparecía que había muerto tal cantidad de personas, con nombre y apellido, de una cantidad de cosas distintas. Después, en otro lugar del diario aparecían listados de muertos según la Municipalidad, donde daban sólo el número y los nombres de los médicos que habían hecho las autopsias, que coincidían con los que estaban al frente de la campaña por la epidemia. Entonces, es evidente que hay gente que se está muriendo de cólera pero lo que el diario hace es no decir que se está muriendo de cólera, sino señalar simplemente que hay una cantidad de gente que se murió y no dice de qué.

—¿Esa situación cambió en enero de 1900, cuando apareció la peste bubónica?

— Sí, cuando la prensa se moderniza y empieza a mantenerse a través de los suscriptores y los lectores, entonces la epidemia es un gran tema. En enero de 1900 sí deciden publicar la información sobre peste bubónica. Es un tema que dispara la venta de diarios. Pero los diarios lo que deciden, de común acuerdo, es que hay una suerte de complot de los exportadores de Buenos Aires para cerrar el puerto de Rosario y creen que de ese complot participan los médicos de Buenos Aires. Entonces, los médicos que vienen del Departamento Nacional de Higiene son muy maltratados. Lo que hacen los diarios en Rosario es hablar mucho de la epidemia pero para señalar los errores de aquellos que han inventado que hay una epidemia en la ciudad.

—¿Pero igual la ciudad terminó aislada, la Nación dispuso un cordón sanitario?

—En realidad, antes hubo otros cordones sanitarios, pero este tuvo características espectaculares. El primer caso se conoció a través de un diario británico, porque un cónsul se lo pasó a un corresponsal. Lo dispone el gobierno nacional el 24 de enero. Se envían tropas del ejército para controlar el ingreso a la ciudad. Mientras tanto, hacia adentro se había decidido incendiar un millar de casillas en Refinería, donde estaba el foco. Se bañó y desinfectó a 24 mil personas, el 20 por ciento de la población. Seguramente fue espectacular. Además del cordón sanitario el gobierno de Julio A. Roca define que sólo el Ministerio del Interior de la Nación está autorizado en el país a mencionar que hay una epidemia. O sea, a partir de entonces hasta que el gobierno de la Nación no definía que había una epidemia nadie podía hablar de ella públicamente. Lo que se hace con esto es evitar debates entre los médicos y los distintos niveles de gobierno, algo que había ocurrido con las epidemias de cólera anteriores. Roca establece que eso no se debate más públicamente, hay una autoridad sanitaria que depende de la Nación, que es quien la determina. Muchos países actuaron así, no fue un invento argentino. Esto provoca otro problema: las autoridades sanitarias rosarinas piden resolver la situación desde la ciudad.

—¿Y cómo impactó en Rosario el aislamiento dispuesto por el gobierno nacional cuando se detectó peste bubónica?

—Cayó muy mal, fue pésimo para los rosarinos. Porque trajo consecuencias de pérdidas, se paró la economía. Ahora esa discusión retorna. Se cierran las escuelas pero no los shoppings. Claro, con las escuelas no pasa nada en términos económicos pero sí con las actividades comerciales.

—También ante las epidemias hubo debates científicos, que tuvieron proyecciones políticas y económicas.

—Sí, y no fue menos tenso. Definir si una determinada enfermedad se contagia o no, y cómo se contagia, es un debate científico pero que a su vez tiene proyecciones políticas y económicas. Son políticas porque son económicas. Por ejemplo, hay un debate en Rosario que se da durante la epidemia de cólera en el verano de 1894/95 en el que los médicos están divididos. Porque hay una parte de ellos que dice que es una revivencia de la ocurrida en el 87, sobre todo en la zona de Refinería, y que por alguna razón eso resurge. Pero hay otra hipótesis que dice que no, que a esa epidemia la trajeron unos trabajadores golondrinas de Brasil. Eso tiene una proyección económica y política clarísima. Decir que el cólera es autóctono es señalar al puerto local como infectado. Entonces si Rosario es puerto infectado, eso puede hacer que los otros países lo rechacen y elijan otro.

—¿La figura del médico fue clave en aquellas epidemias?

—En esa época se los llamaba higienistas y ese es otro tema. Aunque el higienismo tuvo mucha prédica y mucha presencia, la mayoría no era higienista. Los higienistas eran una minoría. Estaban convencidos de que la higiene pública encerraba la clave de una sociedad armónica. Ellos exigían tener poder político y ese es el origen en parte del problema entre los higienistas de Rosario y los de la Nación. Algo de eso pasó con la bubónica en la primera etapa. En Rosario, la Municipalidad quemó las casillas antes de que venga la Nación, hace una campaña pero no lo dice, porque tenían la convicción de que ahí había ratas e iba a ocurrir una epidemia, pero lo hacen sin decirlo para que no se cierre el puerto.

Noticia publicada por el diario La Capital.