viernes, 21 de noviembre de 2008

El trabajo en la Edad Media - Parte I

A partir de hoy vamos a estar compartiendo una serie de entradas que componen, en el orden en que serán publicadas, un trabajo de investigación que realizamos en el marco del Profesorado con mi compañera de estudios y amiga Lorena M.

Es una serie larga, así que probablemente tenga su propia etiqueta, como para poder ordenarla después aquellos que se interesen en el tema, además de que, como es costumbre, iremos mechando las noticias más interesantes sobre temas históricos.

Al final de la serie, en la última entrega, haremos la lista de la bibliografía consultada en la elaboración del trabajo. Esperamos que lo disfruten.

Breve caracterización de la sociedad rural.

Hablar de sociedad feudal, para todo el Occidente cristiano es una generalidad bastante común, pero debemos tener en cuenta que el feudalismo no se da con el mismo rigor en todas partes: fue más habitual en el norte de Francia. Ciertas formas generales de la vida económica condicionan este mundo feudal y por esto tiene un tipo de desarrollo particular.

Si bien hemos sido ilustrados –y con lujo de detalle- por diversos autores acerca de la naturaleza, función y mecanismos del feudalismo, resulta oportuno hacer aquí mención a este punto.

Para Susana Bianchi se trata de “la organización de la sociedad en dos grupos sociales fundamentales: señores y campesinos. Los campesinos eran los productores directos (…) El objetivo principal de esta economía campesina era la subsistencia. Sin embargo, tenían que producir un volumen mayor al requerido (para la subsistencia) ya que también tenían que proveer el sustento de la nobleza, el clero y otros sectores que no trabajaban directamente la tierra, pasando el excedente a esos grupos sociales directamente (sic) o a través del mercado (…)”.

Al igual que Bianchi, Heers sostiene que se trata de una economía de subsistencia, con intercambios muy limitados, donde la moneda, muy escasa, circula poco; en la cual el campo predomina sobre la ciudad. Esta ausencia de civilización urbana, sobre todo en el norte de Francia, es uno de los rasgos más característicos de Occidente en ese período .

Bianchi ve, por su parte, en la situación de los hombres y mujeres del campo la variada situación jurídica legal que otros autores observan:
Colonos. Jurídicamente libres, aunque en los hechos su libertad es limitada. Vivían en la propiedad del señor. Los matrimonios debían tener el visto bueno del señor, la heredad del feudo la determinaba el señor. Al contraer matrimonio, la mujer era “atraída” a la casa de su esposo, quien –de solicitarlo el señor- tenía que prestar servicio militar. Un colono podía acceder a Tribunales de Justicia, y en ellos estaba facultado para demandar y ser demandado, testificar, etc. Los colonos contaban con una pequeña parcela de tierra (manso) que explotaban para sí mismos. Para Guy Bois, son la “capa inferior de hombres libres desprovistos de patrimonio e impelidos a ponerse al servicio de hombres más acomodados, o al servicio de una abadía”
Los campesinos libres eran propietarios de entre tres y cinco mansos, y configuraban la “espina dorsal de la economía rural” . Podían elegir pasar al vasallaje. Debían cumplir servicio militar, pero no todos se sumaban al contingente militar, sino que pertrechaban a uno entre varios. En una muestra cabal de la avaricia y codicia de los señores feudales, el servicio militar recaía con más fuerza sobre los campesinos libres para que tuvieran que abandonar sus campos, de forma que estos valieran menos y/o se vieran obligados a pasar al vasallaje. Dhondt afirma que “se obligaba al campesino a prestar servicio militar con más frecuencia y durante más tiempo de lo que la ley prescribía” . De ello, que podamos afirmar sin temor que la relación con los señores los ponía en franca desventaja.
Los ricos: Los menos ricos contaban con al menos 12 mansos. Se trataba de funcionarios eclesiales, nobles, etc. Algunos ricos tenían unas 1000 hectáreas (un manso son 10), se ubicaban por debajo de la realeza, eran los que estaban mejor preparados para la guerra, defendían a la corona, que les pagaba con más tierras. Tenían el poder “de hecho”.

Como iremos viendo con mayor profundidad, “la estratificación surgía de la polarización de fortunas entre un aldeano más pobre y otro más rico, entre quien sólo contaba con sus manos y rústicos instrumentos para trabajar la tierra y quien contaba con una o dos yuntas de bueyes, o entre quienes tenían una parcela más extensa y los minifundistas que debían completar su sustento trabajando la tierra de los más ricos. Sin embargo (…) las barreras sociales que los separaban de los señores resultaban infranqueables” configurando lo que para Bianchi podría definirse como una especie de conciencia de clase .

Para Dhondt, en cambio, tal conciencia no existe. El autor señalado pone blanco sobre negro en lo referente a las estratificaciones en la vida rural y relata, por ejemplo, las prerrogativas de que gozaba un boyero (bouvier), quienes percibían una remuneración consistente en “sueldo, alimentos y la autorización para utilizar el arado del señor en determinados días”.

La importancia que el autor da a tal ventaja radica en que, al igual que señala Bianchi, un bracero (gens de bras) no podría nunca “llegar a acceder a los niveles superiores del orden social”.
Hay, finalmente, una pregunta que nos queda por contestar respecto de las relaciones sociales en la comunidad rural, y es aquella que nos plantea el origen de la autoridad del señor sobre dicha comunidad.

Bianchi plantea que “los señores fundaban sus derechos, en parte, en el dominio de las tierras que habían obtenido por derecho de conquista o por otorgamiento del rey. Pero fundamentalmente se consideraba que esos derechos se basaban en la protección que, mediante las armas, los señores ofrecían a los campesinos (…)” .

Al respecto, tal conducta y convicción está perfectamente ilustrada por las fuentes que han llegado hasta nosotros:
(…) V. A cambio de estas sernas y censos nos comprometemos a garantizar y proteger a los hombres y mujeres de Pagnant y a sus bienes –doquier que estuviesen-, y ni nosotros ni los nuestros podremos exigirles otros servicios forzosos, fuera de los que nos quisieren dar de buen grado (…)
La fuente, entonces, pone de relieve prestaciones y contraprestaciones entre el señor y sus sometidos.